
Ceguera temporal
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"No sé qué pasó, vine a una fiesta y me voy contento..."
(Conclusión del gobernador de San Juan, José Luis Gioja, cuando se retiraba de la quinta de San Vicente, tras los incidentes ocurridos durante el traslado de los restos de Juan Domingo Perón.)
Curiosas cegueras temporales, las de algunos justicialistas y su apéndice, los sindicalistas. De no ser porque lo ocurrido en San Vicente fue un escándalo de bajísima estofa, que avergonzó a todos los argentinos de bien, hasta daría pie para esbozar esa sonrisa condescendiente con la cual son recibidas ciertas tomaduras de pelo.
Llovían pedradas y botellazos, subían y bajaban los palos sobre las humanidades de cuantos tenían apariencia de discrepar con las opiniones de las patotas que los empuñaban y en todos los oídos atentos seguía repiqueteando el seco sonido de varios pistoletazos impiadosos. Sin embargo, un gremialista le preguntaba a su interlocutor: "¿Qué incidentes?"; un veteranísimo político inventaba sobre la marcha el neologismo "gorilear", y la primera autoridad sanjuanina daba la impresión de haber pasado esa tarde encaramado en una nube, ensimismado en angelicales reflexiones.
Patético. Aislarse, abstraerse, mirar a otro lado, o "darse un baño de parafina -según decía un extinto y añorado periodista- para que todo nos resbale". Al fin y al cabo, practicar sin pausas el tristemente célebre "¡no te metás!". Antigua y endémica plaga social.
En la conciencia de quienes se desentendieron del áspero tumulto que se desarrollaba ante sus propios ojos -mientras pretendían ignorarlo- ya estaba haciendo lo suyo, es probable, el remordimiento por haber alentado la realización del acto que culminó con tan afrentosa desmesura. Pero ni siquiera el sentimiento contrito podría explicar esa conveniente ceguera temporal que ni siquiera el mejor de los oculistas curaría.





