Celibato: ¿De eso no se habla?

Se estima que más de 150.000 sacerdotes en todo el mundo --de un total de unos 400.000--dejaron los hábitos por una mujer. En la Argentina, se calcula que son cerca de 1000. Aunque para la Iglesia el celibato es sagrado, voces internas y externas buscan abrir el debate Por Teresa Bausili
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16 de septiembre de 2007  

El padre Sante Sguotti fue el último en echar leña al fuego de un debate que de manera recurrente recorre los nervios de la Iglesia hasta el corazón del Vaticano. Anunció días atrás a los fieles del poblado de Monterosso, cerca de Padova, en Italia, su amor por una mujer separada. De inmediato el espinoso tema del celibato sacerdotal asomó otra vez a la superficie, con más ecos mediáticos que resonancias en los pasillos del Vaticano, es cierto.

Es que pocos asuntos exasperan tanto a la Santa Sede. De hecho, la respuesta del Vaticano cada vez que la cuestión cobra estado público y se alza como un signo de interrogación que apela a la más alta jerarquía de la Iglesia es, siempre, terminante: la norma que prohíbe el casamiento de los curas no se discute. Lo reiteró el papa Benedicto XVI esta semana en Austria, donde la edad promedio del clero es de 64 años y la escasez de sacerdotes empujó al movimiento progresista Wir sind Kirche ("Nosotros somos la Iglesia") a exigir al Pontífice la supresión del celibato obligatorio. Pedidos como éste no son infrecuentes. Asoman de tanto en tanto por todo el mundo católico. De hecho, el tema es causa de no pocas divisiones en la Iglesia, de deserciones y de acaloradas discusiones desde hace casi tantos años como los que tiene la prohibición.

Aunque no existen cifras oficiales, se estima que más de 150.000 sacerdotes en todo el mundo -de un total de unos 400.000- dejaron los hábitos por una mujer. Lo dice, entre otros, Clelia Luro, viuda del combativo obispo Jerónimo Podestá y presidenta honoraria de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados, que forma parte de la Confederación Internacional de Curas Casados (fundada en Ariccia, Italia, en 1985).

Luro no se anima a arriesgar cifras sobre la Argentina, pero sostiene que el porcentaje sería similar al que exhibe el panorama mundial. Miguel Angel Broggi Carranza, quien durante 24 años -hasta que se enamoró de Marta, su esposa- fue cura en la diócesis de Santa María, en Córdoba, tiene otros cálculos. Fundador del centro Verdad en Libertad, que intenta brindar unión y apoyo a los sacerdotes casados del país, Broggi estima que en la Argentina hay cerca de 1000 curas que colgaron la sotana, aunque sólo contabilizó 500.

Bendición, no pecado

Existen organizaciones similares en muchos países, como Tiempo de obrar, tiempo de hablar, en España, Vocatio ("Vocación"), de Italia, y Rumos ("Rumbos"), en Brasil, donde un informe reciente determinó que el 41 por ciento de los sacerdotes infringió el celibato, aun estando en ejercicio de su ministerio. Para escándalo de la Iglesia argentina, fue algo similar lo que ocurrió con Podestá, obispo de Avellaneda entre 1962 y 1967.

"La llegada de Clelia a mi vida es una gracia de Dios y no un pecado", repetía el obispo a quien quisiera escucharlo. En una época de creciente agitación política, este defensor de la Teología de la Liberación protagonizó una historia de amor tan audaz como no conocía el país desde el trágico romance entre Camila O Gorman y el presbítero Ladislao Gutiérrez, ambos fusilados en 1848. El "obispo rojo" -como lo llamaba Onganía- conoció a Clelia en 1966, a los 45 años, cuando para muchos estaba llamado a convertirse en cardenal primado. Ella tenía 39 años, seis hijas y un divorcio a cuestas. Se integró a su diócesis como su secretaria, primero, y como su compañera de vida y de lucha, después.

Luego de varios cruces con el Vaticano, y tras negarse a romper su relación amorosa, en 1972 Podestá fue finalmente suspendido "ad divinis". Así y todo, siempre reivindicó su condición sacerdotal (que de hecho nunca se pierde) e incluso continuó celebrando misa en el patio de su casa, entre amigos. Hasta su muerte, siete años atrás, continuó también con su prédica a favor del celibato opcional. Ahora, su viuda opina que ella fue simplemente una excusa. "La figura de Jerónimo molestaba en el país porque denunciaba las injusticias sociales, porque hablaba de derechos humanos y de libertad de conciencia", afirma Clelia desde su vieja casona de la avenida Gaona, la misma donde vivió con Jerónimo tras regresar del exilio en 1982.

En realidad, casos polémicos en relación con el celibato nunca faltaron. Uno de los más explosivos de los últimos tiempos es el del arzobispo africano Emmanuel Milingo, que el año pasado presentó su asociación Married Priests Now! ("¡Sacerdotes Casados Ya!") con el objetivo de promover la eliminación del celibato. Casado, arrepentido y arrepentido del arrepentimiento, Milingo provocó la furia del Vaticano al ordenar como sacerdotes a otros cuatro religiosos también casados. En 2001, el ex arzobispo de Lusaka (Zambia) se casó con una acupunturista de origen coreano, María Sung, en una ceremonia oficiada por la secta Moon. Unos meses después anuló su matrimonio para recuperar su relación con Juan Pablo II, para poco después volver a reivindicar su compromiso con Sung.

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"Creo que de acá a 10 años vamos a ver curas casados -aventura Roberto Di Stefano, historiador especializado en catolicismo-, pero va a suceder de a poco. La primera medida, motivada por la escasez de clero, va a ser empezar a ordenar hombres casados. Eso sí: no sucederá con este Papa, que es un papa de transición".

Que a la Iglesia le falta sangre nueva es una realidad insoslayable. Según el último informe de las Obras Misionales Pontificias, si en 1978 -año en que Juan Pablo II fue designado Papa- había un sacerdote por cada 1800 católicos, en 2004 había uno por cada 2700.

La Argentina no es excepción. No se sabe a ciencia cierta cuántos sacerdotes hay en ejercicio -las últimas estadísticas de la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA) son del año 2000 y hablan de 5648 curas para atender unas 11.500 parroquias-, pero se sabe que, en los últimos 10 años, las vocaciones sacerdotales cayeron un 20 por ciento en nuestro país. La obligación del celibato es la explicación que más se cita.

"Esta es una opción de vida que me ha hecho pleno en la entrega a Dios y a los demás. Sostener su supresión es tan ridículo como pedir la abolición del matrimonio por la evidencia de tantas rupturas", dice el padre Guillermo Marcó, director de la Pastoral Universitaria del Arzobispado de Buenos Aires. Las deserciones sacerdotales, asegura, no son tantas como los fracasos matrimoniales, producto, dice, de la falta de compromisos para toda la vida. "Porque el compromiso del celibato es comparable con el compromiso matrimonial. Claro que es más fácil cuestionar el celibato que el matrimonio".

Si bien en términos oficiales la Iglesia no parece dispuesta a abrir el debate, internamente la discusión existe aunque aún no logra instalarse. La hermana Liliana Marzano, presidenta de la Conferencia Argentina de Religiosas y Religiosos (Confar), que nuclea a 217 de las 395 congregaciones de nuestro país, lo expresa a su manera: "La castidad es un voto para el amor, para tender puentes hacia muchas personas, para llegar a donde otros no pueden por estar en cosas más concretas. De todas formas, también creo que hay que poder replantearse en la Iglesia el tema del celibato sacerdotal. Creo que nos debemos la posiblidad de debatir el que sea optativo y no una condición sine qua non para el ejercicio del ministerio."

Carlos Avellaneda, de 52 años, párroco de Nuestra Señora de la Guardia, de Florida, y formador de seminaristas durante 15 años también cree que el celibato aún hoy es importante. "Un cura de antes te decía que se hacía cura para trabajar por Dios. Entre los chicos de hoy, en cambio, escuchás cosas como ´yo me hice cura para ser feliz ". Lo que sucede, explica, es que vivimos "en una cultura muy egocéntrica y narcisista, que busca la gratificación inmediata."

Otra, muy distinta, es la opinión del padre José Amado Aguirre, cordobés, abogado y ex juez de los tribunales eclesiásticos. La suya es una voz desde el interior de la Iglesia a favor del celibato opcional. A su entender, los curas tienen derecho a formar familia porque "teológicamente no se puede pretender dar más ´jerarquía sobrenatural al celibato que al sacramento del matrimonio". Y menos aún, dice, "se puede pretender exigir como condición excluyente el celibato obligatorio para obtener la ´vocación sacerdotal . Esto sería, y es, en lenguaje forense, un chantaje".

Otros tiempos

Una de las principales razones por las que el celibato genera tanta polémica radica en que esta tradición no constituye un dogma de fe, sino una medida disciplinar. ¿Qué significa esto? Básicamente, que la Iglesia lo podría cambiar si así lo quisiera. De hecho, en los primeros siglos del cristianismo, el celibato no era una exigencia. Casi todos los apóstoles y sus discípulos fueron hombres casados y en los evangelios no hay indicación alguna al respecto (San Pablo sí recomienda elegir para obispo "a hombres de una sola mujer"). También hubo papas casados

"Recién con el concilio de Letrán, en el siglo XII, se establece que el matrimonio de un clérigo es inválido", señala Roberto Di Stefano. ¿Por qué? Los siglos XI y XII, explica, son testigos de la lucha entre el poder secular, del emperador, y el poder de la Iglesia. Esta última pelea por su autonomía y quiere evitar a toda costa que sus propiedades pasen a manos laicas. Y la mejor forma de hacerlo era mediante el celibato, que evitaba la descendencia y, con ella, la posible transmisión hereditaria de esos bienes eclesiásticos.

Más tarde, en el concilio de Trento (1545-1563), dice Di Stefano, la exigencia del celibato se vuelve a afirmar, pero la motivación, señala, ya no es económica, sino que ahora se busca separar a fieles y clérigos por medio del establecimiento del carácter sacramental de la ordenación sacerdotal. De acuerdo con el historiadior, uno de los problemas de la Iglesia en esa época era la corrupción del clero, además de la poca diferenciación que existía entre clérigos y fieles: algunos sacerdotes iban a cazar, se vestían igual que el pueblo, se inscribían como mercenarios en ejércitos, tenían distintos oficios (de carniceros a abogados). De modo que se intentó crear un nuevo clero, y para ello se declaró que la ordenación sacerdotal tenía la fuerza de un sacramento. Se establecía así un abismo insalvable entre laicos y clérigos.

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De haber podido casarse, ¿hubiera seguido siendo cura? Delfor "Pocho" Brizuela no duda: "Claro que sí". El mismo hombre que asoma ahora a la arena política de La Rioja, como candidato a intendente de la capital provincial por el oficialismo, un año atrás dejó helados a sus fieles de la parroquia de El Chamical, un pueblo riojano de 14.000 habitantes. En plena misa anunció su retiro porque, explicó, se había enamorado de una mujer, docente, separada y madre de dos adolescentes.

Lejos de poner el grito en el cielo, la mayor parte de los feligreses aplaudió su sinceridad. "La gente tomó mi decisión con naturalidad, porque que el hombre y la mujer estén juntos es el orden natural", señala Brizuela, para quien "ser sacerdote y padre de familia son cosas perfectamente compatibles. De hecho, asegura que en el pueblo lo siguen llamando padre, le preguntan sobre la Biblia y le piden su bendición. "La Iglesia como institución podría abrir la discusión del celibato, pero sus tiempos son muy lentos", añade.

En realidad, desde hace unos 15 años que la Iglesia cuenta con cientos de sacerdotes casados entre sus filas. Se trata de aquellos curas anglicanos que, descontentos con la ordenación de mujeres en su confesión, se convirtieron al catolicismo. Muchos de esos curas anglicanos estaban casados, pese a lo cual Roma no les puso impedimentos para jurar obediencia al Papa.

En rigor, el celibato sólo es obligatorio en la Iglesia Católica que practica el rito latino. Porque la misma Iglesia Católica, en aquellos países donde predomina el rito oriental (el Líbano, Egipto y Armenia, entre otros), ordena sacerdotes a hombres casados (una vez ordenados ya no se pueden casar, y deben ser célibes para ser obispos).

En la Argentina hay unos 700.000 maronitas . Su obispo, Charbel Mehri, de origen libanés e integrante de la Conferencia Episcopal, señala que, aunque tienen libertad para casarse, la mayoría de los sacerdotes maronitas elige ser célibes. "La gente los aprecia más. Los ve como personas consagradas íntegramente a Dios, que no tienen que dividir su tiempo entre la parroquia y la familia", dice.

A esto alude Damián Rodríguez Alcobendas, de 50 años y sacerdote desde hace 26, al afirmar que él se hizo cura para consagrarse "100 por ciento a Dios". Y añade, respecto del celibato opcional: "Hay una pregunta que pocos se hacen y es quién mantendría a la familia del cura, quién pagaría por el colegio de sus hijos, por ejemplo. ¿La parroquia? ¿El propio cura? En ese caso el sacerdote tendría que salir a trabajar, y entonces tendríamos un cura part-time ."

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Desde que dejó el sacerdocio, a fines de los 60, Alejandro Mayol cultivó el perfil bajo, sin siquiera participar de los movimientos de curas casados. "Lo suyo había sido un escandalete tras otro dentro de la Iglesia, y prefería no abrir un nuevo frente de choque", explica Beatriz, su mujer, en la casa que ambos comparten en Villa Martelli. Los "escandaletes" a los que se refiere se resumen, en realidad, a ciertas actitudes "transgresoras" para la época: Mayol tocaba la guitarra en misa, tenía un programa de televisión (Trampolín a la vida, que se emitía por canal 7) y, más "grave", llegó a publicar una nota titulada "Iglesia, ¿corset del hombre nuevo?" en una revista que él mismo impulsaba (pero que tuvo que dar de baja tras esa controvertida publicación). Sin embargo, como en el caso de Podestá, de Broggi Carranza, de "Pocho" Brizuela y de tantos otros, el escándalo mayúsculo fue el haberse enamorado.

Cuando se conocieron, Beatriz acababa de terminar el colegio, quería ser periodista y comulgaba todos los días en la iglesia de San Telmo, donde Mayol era cura. Ella también tocaba la guitarra y participaba en coros. Juntos iban a misas de universitarios, a la capilla del Instituto del Cáncer, a las reuniones de la JUC, y en 1966 comenzaron a cursar la carrera de Sociología. Se casaron en marzo del 69, y años después Alejandro pidió al Vaticano lo que se llama reducción al estado laical.

Mayol continuó con sus grandes pasiones, la religión y la música, escribiendo temas de corte religioso y produciendo obras musicales ("La Pasión según San Juan", por ejemplo, se representa en Madariaga desde hace 22 años). Pero, padre de cuatro hijos, había bocas que alimentar, así que hizo de todo, desde atender un negocio que vendía pececitos hasta ocupar un cargo en la secretaría de Cultura de Florencio Varela.

¿Qué piensa del celibato? "¡Ahora estoy de acuerdo!", dice Mayol, y suelta una carcajada. Después se pone serio y aclara: "El celibato tiene una enorme grandeza, y hay gente que lo lleva con mucha dignidad. Pero no es algo que esté hecho para todos, y de hecho la Iglesia está perdiendo gente valiosísima por este tema. Sinceramente creo que debería ser opcional".

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