La realidad, en carne viva. Claves para entender la obra de Santiago Sierra

3000 huecos de 1.80 x 50 x 50 cm cada uno (2002)
3000 huecos de 1.80 x 50 x 50 cm cada uno (2002) Fuente: LA NACION - Crédito: Gentileza Bienal BP.17
Una performance del artista español inspirada en la crisis humanitaria en Siria será una de protagonistas de la Bienal BP.17, que comenzó ayer
Marina Oybin
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14 de mayo de 2017  

Santiago Sierra (Madrid, 1966), uno de los artistas más singulares, controvertidos y prolíficos del panorama del arte actual, interpela al espectador hasta dejarlo contra las cuerdas. Con sus performances, instalaciones, fotografías y videos reflexiona sobre el racismo, las injusticias sociales, el trabajo alienado, la explotación en el capitalismo, el poder del dinero y la exclusión social.

Rechazó los 30.000 euros del Premio Nacional de Artes Plásticas, otorgado por el Ministerio de Cultura. Entre los motivos, dijo que él no era parte de ese “Estado empeñado en el desmontaje del Estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local”.

En esta edición de la Bienal de Performance presentará en el Centro Cultural Recoleta, del 27 al 29 de mayo, Los nombres de los caídos en el conflicto sirio desde el 15 de marzo de 2011 hasta el 31 de diciembre de 2016, una performance de 56 horas y 43 minutos en la que un hombre y una mujer leerán los nombres de los muertos en el conflicto en ese país.

A continuación, algunas claves para entender la obra de este artista imprescindible.

Forma de 600 x 57 x 52 cm construida para ser mantenida en perpendicular a una pared (2001)
Forma de 600 x 57 x 52 cm construida para ser mantenida en perpendicular a una pared (2001) Fuente: LA NACION - Crédito: Gentileza Bienal BP.17

El hombre como engranaje

Muchas obras de Sierra ponen el foco en el rol ocupa el hombre en el mercado. En 8 personas remuneradas para permanecer en el interior de cajas de cartón, los protagonistas de la performance están encerrados, inmóviles, en cajas; el público no sabe que están allí. La obra se vincula con los contenedores de frutas procedentes de Centroamérica que llevan a personas en su interior. El artista alude a los trabajadores que intentan llegar a la frontera norte de México para entrar a Estados Unidos.

“Tiene que ver con cajas, con ataúdes, y también con la movilidad y la imposibilidad de conseguirla: del mismo modo que se puede paralizar a un vigilante de un museo durante horas”, dijo el artista.

Trabajo alienado

Al igual que en La familia obrera (1968), de Oscar Bony, en la obra de Sierra es clave la concepción marxista de la venta de la fuerza de trabajo por un término de tiempo determinado, a cambio de un salario que permite la reproducción de la fuerza de trabajo. Así, lleva al paroxismo los conceptos de explotación e injusticia social.

“El trabajo no está destinado al disfrute, sino a lo mortuorio”, sostiene. En Personas remuneradas durante una jornada de 360 horas continuas (2000), construyó en el PS1 de Nueva York un muro sobre la pared original de la sala, dejando una distancia entre ambos. En ese espacio, una persona permaneció acostada, sin lugar para moverse, durante 360 horas ininterrupidas (dos semanas). Cobró diez dólares la hora y fue alimentada por un hueco abierto en el muro.

También hizo obras como Forma de 600 x 57 x 52 cm para ser mantenida en perpendicular a una pared (Zúrich, 2001) y Muro de una galería arrancado, inclinado a 60 grados del suelo y sostenido por 5 personas (Ciudad de México, 2000).

Sierra quería tocar un límite: pensaba que los trabajadores contratados desistirían al poco tiempo de la agotadora tarea de sostener el muro de la galería. Pero no. Durante cinco días se esforzaron denodadamente por cumplir el objetivo.

Paradojas democráticas

Sierra investigó las “paradojas democráticas”. Para dejar bien clara su postura contra las políticas migratorias de su país, en 2003 tapió con su instalación Palabra tapada el pabellón español en la Bienal de Venecia, e impidió el acceso a quienes no presentaran DNI o pasaporte español. Afuera quedaron desde ministros hasta coleccionistas con entrada vip a cualquier sitio del mundo.

Construyó módulos con excrementos humanos que recogen los trabajadores de una casta considerada menor en las ciudades hindúes de Nueva Delhi y de Jaipur, y les pagó a inmigrantes legales para que pasaran cuatro horas encerrados en una barcaza de transporte de mercancías en altamar.

La obra 3000 huecos de 180 x 50 x 50 cm cada uno (Cádiz, 2002) muestra a hombres cavando pozos, acaso su propia tumba. Hace alusión a los trabajadores que buscan un lugar en el mundo. Migrantes que, dice el artista, van en barcos y mueren frente a las costas o más tarde, explotados.

En Los penetrados, un video de 45 minutos donde se muestran combinaciones posibles de penetración anal entre hombres y mujeres de raza blanca y negra, recurre al sexo como símbolo del miedo a la inmigración.

Las cifras de la guerra

En 25 veteranos, 2205 crímenes de Estado (Madrid, 2016), expuso las fotografías de veteranos de diversas guerras de espaldas contra una pared, mientras en otra sala se proyectaban y enumeraban los nombres de más de dos mil personas, en su mayoría civiles, que murieron entre julio y agosto de 2014 cuando el ejército israelí lanzó la operación Margen Protector sobre el territorio de Gaza.

Sierra no puede recuperar los rostros de las víctimas –por eso las imágenes permanecen de espaldas, anónimas–, pero logra humanizar a las víctimas que la guerra reduce a simples cifras.

Construir la identidad

Si el trabajo construye identidad, Sierra pone en evidencia una y otra vez los procesos de mercantilización que cosifican a las personas. Lo hace, por dar un ejemplo, con 10 personas remuneradas para masturbarse y Línea de 10 pulgadas rasurada sobre las cabezas de 2 heroinómanos remunerados con una dosis cada uno.

En México les pagó a dos mendigos para exponerlos en una galería y amplificar con altavoces su súplica continua. Y en Chiapas, a once mujeres indias que no hablaban español les pidió que repitieran, una y otra vez la frase “estoy siendo remunerada para decir algo cuyo significado ignoro”.

La plusvalía del arte

En Guatemala llevó al público de una galería de arte, sin decirle a dónde iría, a una de las zonas más marginales de la ciudad para que confrontara su realidad con la de otros. Así, el público devino parte de la obra.

En Birmingham, Inglaterra, contrató a un homeless para decir frente a una cámara de video: “Mi participación en este proyecto puede generar unos beneficios de 72.000 dólares; yo estoy cobrando 5 libras”.

Una de las objeciones que le hicieron a Sierra es que reproduce aquello que critica: les paga a personas de escasos recursos para hacer obras que le dan dinero y prestigio internacional. El artista responde, redoblando la apuesta: “Hay un mundo del arte con grandes beneficios y otro que no –sostiene–. Nosotros pertenecemos a un grupo privilegiado de trabajadores cuyo trabajo rebosa plusvalía”.

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