Columba Bush, la mujer nacida en México que podría llegar a ser primera dama de los EE.UU.

Renuente a la exposición pública, la esposa de Jeb es un enigma y, también, la carta de los republicanos para atraer el voto latino
Silvia Pisani
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24 de mayo de 2015  

Washington.- Es posible que, de saber que se están escribiendo estas líneas sobre ella, lo detestara. A los 62 años, Columba Bush no sólo repele la política, sino que rechaza todo lo que sea el primer plano y la exposición pública con una firmeza rayana en el fanatismo. Lisa y llanamente se le hace difícil de tolerar.

Es el suyo un desprecio tan evidente y poderoso que su sola experiencia -que en otro mortal no significaría nada más que un sentimiento comprensible- en su caso la vuelve un personaje de contradicción. Porque en el horizonte posible de esta mujer nacida en una casa muy pobre de México y que, según sus propias palabras, prefiere una tarde viendo telenovelas a una noche de la mejor gala, figura la probabilidad de convertirse en la próxima primera dama de los Estados Unidos. Una posición que, si bien no tiene funciones específicas, catapulta a quien la detente a un escrutinio extremo en la mirada pública y a una exposición internacional de primerísimo grado.

Eso es lo que podría acontecer a esta mujer nacida en un suburbio de la ciudad de León, en Guanajuato. Que tiene al español como su primera lengua y que adora desayunar huevos rancheros y sazonar todo lo que caiga en su plato con salsa Tabasco, un aditamento infaltable en cualquier cocina que se precie en su país de origen. La historia oficial dice que Columba vivió sus primeros años en este país con pasaporte mexicano y que sólo adoptó la nacionalidad norteamericana cuando ya llevaba más de diez años en la familia Bush.

"No fue una decisión sencilla", confesó a un periodista del Herald, de Miami, en alusión a esa nueva documentación que le permitió, entre otras cosas, emitir voto en la elección presidencial de su suegro, George H. Bush, el primero en la dinastía en ocupar el Salón Oval y también conocido como "Bush 41", para diferenciarse de su hijo, el ex presidente George W. Bush, a quien se apela como "Bush 43".

Lejos de esa enumeración dinástica, lo de Columba tiene el sello no sólo de lo impensado, sino de lo inédito y rompedor. Un rasgo que comparte con quien, en caso de que el destino la alcance, sería su predecesora. Porque si Michelle Obama fue la primera mujer negra en llegar a la Casa Blanca, Columba sería la primera de origen hispano. Algo que le confiere un sello de especial dimensión política en un país donde millones de personas de ese origen permanecen a la sombra, como inmigrantes indocumentados, y reclaman un estatus de ciudadanía que aún se les hace esquivo.

Perfil poliédrico

El sello migratorio suma al perfil poliédrico de esta mujer menudísima. La impensada coronación de un largo viaje que arrancó en la pobreza y la precariedad de una familia desmembrada, de la que se separó casi de niña, así como un vínculo complejo con un padre de rasgos violentos. José María Garnica Rodríguez fue un inmigrante indocumentado que trabajó como cosechador temporario, y con el que Columba puso distancia. A tal extremo fue el quiebre que no se le permitió conocer a los tres nietos que compartió con Bush 41, padre del Bush 43 y, aunque es muy pronto para saberlo, si la hoy verde esperanza de muchos republicanos se confirma, padre también de quien podría ser el número 45. Esto es, John Ellis Bush (conocido como Jeb, por el apócope de sus tres iniciales), el hermano menor de la dinastía, ex gobernador de Florida y, desde hace 41 años, marido de Columba Garnica Gallo, la dueña de una trayectoria vital que le ha valido el mote de "Cenicienta de la Casa Blanca".

La mujer que desde el origen más humilde penetró una de las familias más poderosas de la política norteamericana. Un derrotero que, sin tener en cuenta todo lo demás y todo lo que aún falta, ya valdría por sí mismo como argumento de una telenovela mexicana, de esas por las que siente, al parecer, verdadera fascinación.

"Entiendo que la figura de Columba genere interés. Pero lo que hay que entender es que se trata de una persona a la que no le gusta la exposición y que nunca buscó lo que le está ocurriendo", dice Alejandro Cárdenas, un estratega republicano que se define como "amigo de la familia" y que, al igual que otros, funciona como portavoz oficioso de la rara pareja que integran el ex gobernador de Florida y su mujer.

Se sabe que nadie entiende un matrimonio desde afuera y que ese mundo de dos es único y comprensible en su dinámica sólo para quien lo integra. Aun así, son muchos los que en el mundillo político de este país se preguntan por el escaso terreno común que parece tener la actividad extrafamiliar de cada uno de estos Bush. "Si uno se mueve con los clichés de hoy en día, podría decirse que Columba es todo lo opuesto al personaje de Claire Underwood", dijo a la nacion un analista político local, en relación con el rol femenino de la taquillera serie que tiene por trama la carrera por la Casa Blanca. Si esa figura de ficción vive y respira por la ambición política de su cónyuge, a Columba la cuestión le repele como un veneno. "Nunca hablo de política con Jeb. Sí de la familia, de nuestros hijos, de perros, de gatos. De cosas simples", confesó una vez. Al extremo rechaza esa vida que cuando Jeb fue gobernador de Florida, entre 1999 y 2007, parte de ese tiempo Columba abandonó la vida en la residencia oficial de Tallahassee, la capital del estado, para recluirse en Miami, con su madre y su hermana, en una vida anónima y serena. ¿Podrá hacer lo mismo si llega a la Casa Blanca? O, incluso mucho antes, ¿soportaría la presión de una campaña presidencial en la que todo candidato y su entorno son diseccionados por la opinión pública?

Ésa es la pregunta que buena parte de la prensa local empezó a hacerse. Una inquietud que se tradujo en costosos reportajes de investigación sobre el perfil de esta mujer y que, al mismo tiempo que indagaba sobre un misterio, revelaba la creciente certeza de que, pese a que aún no hay anuncio formal, habrá un tercer Bush en carrera por la Casa Blanca. Algo que a muchos enerva por el tufillo a política de dinastías. Pero eso es otra historia. Por lo pronto, lejos de todo aire de cortesana, la vida de Columba tiene más de telenovela. Se conoció con Bush en una plaza de León y fue amor a primera vista. Se casaron a los dos años. Ella apenas tenía 21, él, un par más. "Mi vida puede medirse como a.C. y d.C.", dijo Jeb, por "antes y después de Colomba". Cuando ella entró en la familia Bush apenas si hablaba inglés. "No le debe haber sido fácil", apuesta más de uno.

Su obsesión son sus tres hijos: George, Noelle y Jeb junior. Permanece atenta a Noelle, hoy de 31 años, que hasta hace poco lidió con problemas de drogas, algo por lo que ella culpa, en buena medida, a la vida política. En su costado oscuro está la familia paterna y un pasado doloroso. No habla de eso, pero sí dio apoyo a víctimas de la violencia doméstica. También anida allí cierta compulsión por las compras, especialmente, alhajas. Miles de dólares en una sola tarde, según revelaciones de la prensa local.

Para algunos, Columba podría operar como un activo de campaña con el mundo hispano. Otros lo ponen muy en duda. Ella seguramente preferiría una vida en anonimato y que no hubiera razón alguna para conjeturar al respecto. Pero en eso parece no tener la suerte de Cenicienta, que, después de todo, también se hizo famosa.

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