El desafío de gobernar sin globalización y sin populismo

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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2 de noviembre de 2019  

Hay mucha incertidumbre en torno a la transición, pero seguramente también una certeza: el regreso del peronismo al gobierno ocurre en un momento histórico de extrema adversidad a nivel local y global. Podría comparárselo, hasta cierto punto, con la situación que enfrentó Menem en 1989. Sin embargo, a su gobierno lo aguardaba un lustro de relativa recuperación económica mundial que repercutiría en el país, algo improbable ahora. Había también un Estado con más patrimonio. Y la sociedad argentina poseía una frescura democrática que ya perdió. La adversidad abarca diferentes aspectos de la vida social y económica, provocando el debilitamiento del prestigio de las elites y las instituciones. Por eso, cuando se examina la realidad en sus múltiples dimensiones, predomina el pesimismo. Pobreza, inflación, recesión, deuda y ausencia dramática de financiamiento condicionan el frente interno. En el externo, la región está sumida en un estancamiento económico severo y convulsionada por la protesta social y el desencanto. Esta situación es compleja y no afecta solo a América Latina. Atraviesa el orbe, con independencia de los regímenes políticos, extendiendo el malestar a países tan recónditos como el Líbano e Irak o a ciudades con alto PBI per cápita, como París y Hong Kong. Lo que se llamó "la política de la ira" hace tres años para explicar el ascenso de Trump continúa en pleno auge.

En línea con estos análisis, que reverdecen en la actualidad, dos historiadores de la Universidad de Princeton, Jeremy Adelman y Pablo Pryluka, publicaron esta semana en el sitio web de Project Syndicate un artículo titulado "The politics of frustration in Latin America", en el que recapitulan la situación política y social del continente, buscando una explicación general de la frustración que envuelve a las distintas naciones. Los autores reparan en el agotamiento del plazo otorgado por las sociedades a las elites, explicando que las mejoras materiales ocurridas en la primera década del siglo y las promesas de mayor bonanza que estas propiciaron son ahora insostenibles. Con la economía estancada desde hace casi una década y los precios de los bienes exportables a la baja, el financiamiento de las mejoras se truncó. El retraimiento del comercio internacional golpeó la región, tornando insostenible el reparto económico. Aumentó la desigualdad en lugar del bienestar. Escriben Adelman y Pryluka: "Algo fundamental ha cambiado. América Latina no puede ligar su fortuna a las promesas de la globalización, que se desvanecen. Tampoco puede volver al populismo antiguo. La única certeza es que la tolerancia del público es corta. Muchos años de promesas han superado las expectativas en un momento en que el futuro parece especialmente sombrío".

Observando las particularidades nacionales, los historiadores de Princeton reparan una vez más en la excepcionalidad argentina: "Hasta ahora, el caso atípico es la Argentina, donde el malestar social se está canalizando a través de elecciones". La sublimación electoral que atravesamos les merece, no obstante, reparos. Con cierta prevención, afirman acerca de nuestra primavera: "Sin embargo, vale la pena recordar que muchos de los que votaron por los peronistas alguna vez votaron por las reformas de libre mercado de Macri. No está claro cuánto esperarán a que las promesas de Alberto Fernández den frutos. Si bien el nuevo presidente es un astuto pragmático, incluso él sabe que las lealtades de los votantes, especialmente cuando están presionadas al límite de la subsistencia, son inestables".

La historia pareciera repetirse, aunque con el dramatismo del tiempo que se agota. El largo aguante de los votantes que sostuvieron a Macri a pesar de las promesas incumplidas se traslada ahora con premura al nuevo presidente, cuyo dilema es extremadamente difícil de resolver. Sin recursos, debe dar respuesta urgente a demandas contradictorias: las de la sociedad, económicamente exhausta, y las de los acreedores de la abultada deuda pública. No puede recurrir al financiamiento externo de Macri ni a la emisión de Cristina. Tampoco dispone de la soja de Néstor o de las privatizaciones de Menem. Y las exportaciones solo prosperarán con el tiempo, si se actúa con rigor y tenacidad. Su desafío es ciclópeo: gobernar sin los beneficios de la globalización y sin las ligerezas del populismo económico.

La proeza será preservar la gobernabilidad mientras se consiguen los recursos. Ganar tiempo, un bien escaso. ¿Cuáles podrían ser los medios para lograrlo? Sin agotar el tema, se sugieren aquí tres, que son improbables aunque no imposibles. Primero, acuerdos básicos dentro del gobierno y con la oposición, para desarrollar una política económica consensuada. Segundo, sintonía fina, para privilegiar a los que no pueden esperar y postergar a los que sí pueden, aunque chillen. Y tercero, un liderazgo decidido, para desplazar a los autoritarios y a los corruptos, que terminarán apropiándose del poder si no les ponen un límite infranqueable ya mismo.

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