La difícil reelección y el problema más inquietante

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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12 de octubre de 2019  

Cuando la crisis de abril de 2018 mostró que la reelección no iba a ser fácil, el Gobierno se aferró a la llamada "teoría de los tres tercios". Este argumento afirmaba que Cambiemos poseía una tercera parte del electorado, el kirchnerismo una porción similar y el resto estaba conformado por el entonces llamado "peronismo federal" y los votantes independientes. En los cálculos de la mesa chica se estimaba, sin embargo, que esta no era una distribución de adhesiones que les otorgaba la misma chance de triunfo a las dos fuerzas principales, sino que favorecía claramente las aspiraciones de reelección de Macri y le permitiría alcanzar ese objetivo en la primera vuelta. El cálculo parecía sencillo y convincente: partimos de nuestro tercio, escalamos hasta el 40% o más y le sacamos al segundo la ventaja requerida para evitar el ballottage. Eran otros tiempos, cuando los pronósticos se basaban en dos premisas que el oficialismo creyó inamovibles: el Presidente capearía el temporal manteniendo la popularidad y el peronismo continuaría dividido.

Lo que siguió, en cambio, fue un calvario. La aceleración de la crisis, con el retiro masivo de los fondos de inversión, las devaluaciones, el salto inflacionario y la llegada del FMI, provocó que el prestigio del Gobierno se desplomara hasta retroceder a una situación inversa a la de noviembre de 2017, después de ganar las elecciones legislativas: de tener el apoyo de dos tercios del electorado y el rechazo de un tercio, Macri pasó a ser desaprobado por dos tercios y aprobado solo por uno. Aunque los funcionarios siguieran creyendo, con imbatible e ingenuo optimismo, que a partir de ese piso se podía alcanzar la reelección en primera vuelta, otros indicadores mostraron cómo el estado de ánimo de la sociedad también se desplomaba, entrando en una zona de sombra que se extendería hasta el presente. Algunos datos fueron contundentes: en noviembre de 2018 el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella registró el valor más bajo desde la crisis de 2002. Solo en aquel momento crítico la retracción de los consumidores había sido mayor a la observada once meses atrás.

Hubo que esperar todavía un año para que a la recesión y la inflación desatadas por la crisis se les sumara un hecho letal para las posibilidades del Gobierno, que sus máximos dirigentes habían descartado: la unificación del peronismo. Esta se inició cuando en abril Cristina le propuso a Alberto Fernández encabezar la fórmula presidencial, lo que generó un efecto cascada que en esencia consistió en desactivar el recelo que ella provocaba. Por un lado, el de un contingente significativo de votantes que no simpatizaban con su estilo; por el otro, el de los gobernadores, sindicalistas y otras figuras importantes, como Sergio Massa, que veían en la expresidenta un límite para alcanzar la unión. Los resultados de las PASO comparados con la primera vuelta de 2015, cuando el peronismo concurrió dividido, no dejan lugar a dudas sobre los beneficios de la unidad. Mientras que en ambas elecciones Macri obtuvo casi el mismo porcentaje de votos (34% en 2015, 33% ahora), Alberto Fernández logró 12 puntos más que Scioli (49% contra 37%), que provinieron del electorado que había apoyado a Massa hace 4 años. El resto lo capturó Lavagna.

Si se analizan los resultados en términos de oferta y demanda electoral, se comprueba la gran dificultad que enfrenta el oficialismo para lograr la reelección. Del lado de la demanda es claro que el desencanto hizo retroceder a Macri a sus mínimos, que podría descontar avanzando sobre los votos de Lavagna y de candidatos menores. Pero es poco lo que puede conseguir allí: la mayoría de los que optaron por terceros partidos mantienen firme su decisión. Además, es ilusorio poner las esperanzas en los que no concurrieron a las PASO. La evidencia indica que votarán como los demás electores. Por otra parte, a pesar de los anabólicos al consumo que introdujo el Gobierno, contradiciendo su programa, los indicadores de opinión no han variado sustancialmente. Son adversos a Macri por un enojo inamovible que se debe a causas económicas. La demanda del Presidente escasea y la oferta alternativa está unificada: límites casi imposibles de superar aunque lo aclamen multitudes con fervor religioso aguardando un milagro. El misticismo es la fase superior del macrismo, pero parece que no alcanzará.

Sin embargo, la lucha de Macri tiene sentido aunque no pudiera ser reelegido. De los resultados que logre dependerán la fortaleza de la oposición y su capacidad de liderarla. No es lo mismo sacar el 33% que el 38%. Y algo parecido, y acaso crucial, le ocurre a Alberto Fernández: si obtiene más del 50% afianzará un caudal electoral propio, ganando autonomía frente a Cristina y su imprevisible conducta. Si eso ocurriera lograría un respaldo significativo para empezar a resolver el problema político más inquietante de los próximos tiempos: quién gobernará la Argentina si regresa el peronismo.

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