De laberintos y grietas se sale por arriba

Juan J. Llach
Juan J. Llach PARA LA NACION
La sociedad y la economía, y sobre todo los más pobres, aliviarían sus padecimientos con pactos firmes entre las principales fuerzas políticas
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13 de agosto de 2019  

La imprevista contundencia de la derrota de Juntos por el Cambio en las PASO ha puesto otra vez a la Argentina en una encrucijada llena de acechanzas. Aunque no es imposible revertir el resultado en la primera vuelta del 27 de octubre, hoy parece difícil.

La sociedad y la economía, y sobre todo los más pobres, aliviarían sus padecimientos con acuerdos firmes entre las principales fuerzas políticas. No es cierto que en la Argentina no los haya habido, lo que muestra que son posibles. En este siglo tenemos dos ejemplos. Uno es el Diálogo Argentino de 2002, amplio y lleno de propuestas y en un contexto aún más complejo que el actual. Otro es el de 2017, del que resultaron dos leyes muy importantes: la reforma impositiva y el consenso fiscal, acordado previamente entre la Nación y las provincias. Es relevante detenerse en el Diálogo Argentino. El presidente Duhalde prometió que las conclusiones del diálogo serían su programa de gobierno, pero abandonó rápidamente ese rumbo. Mucho mejor habría sido el siglo XXI argentino si esa promesa se hubiera cumplido.

La mejor señal que podría dar hoy la Argentina, hacia afuera y hacia adentro, es votar, con el apoyo de las fuerzas mayoritarias en el Congreso, una reforma de la ley de responsabilidad fiscal que mejore la 27.428, votada hace dos años. Por ejemplo, incluyendo sanciones de cumplimiento efectivo a los funcionarios públicos responsables de los desvíos. Se puede discutir si incluir o no las cuestiones de la deuda pública.

El Gobierno no parece muy entusiasmado en acordar, y me parece un error. Sería mejor para todos lograr algunos acuerdos, estos u otros. Quienes "primeriaran" saldrían ganando. Al peronismo, sobre todo al triunfante Frente de Todos, se le abren dos caminos. Uno es similar al de comienzos de 1989 y al de 2001, impulsando un dólar "recontraalto" para, una vez en el poder, controlar precios, aumentar el gasto público y el déficit y dar lugar así a un festival de consumo insostenible con final de crisis. Confiar en evitar ese final por un eventual viento de cola como el de 2002 en adelante es una apuesta casi seguro perdedora. Ojalá fuéramos en esto como Portugal. Contra la leyenda que circula hoy, la imprescindible corrección fiscal la hizo desde 2011 una coalición centrista, pero se mantuvo en pie cuando el partido socialista llegó al poder en 2015. La otra alternativa del peronismo es avenirse a acuerdos, que serían valiosos cualquiera sea el resultado de las próximas elecciones. Aspectos parciales de lo hecho por el peronismo en el plan de estabilización de Perón en 1952, rara vez citado o estudiado, muestran indicios de esto. Es difícil conjeturar el rumbo de la principal oposición. Ilusionó escuchar a Alberto Fernández decir el domingo: "A partir de hoy se acabó el concepto de venganza y de grieta". Pero al día siguiente se mostró renuente a acordar, aunque, al mismo tiempo, desde su entorno se prometió cumplir con las obligaciones de la Argentina, algo no creído todavía por los mercados.

La cuestión fiscal está en el corazón del fracaso argentino, que es el mal manejo de las cuentas públicas, causa principal, aunque no única, de la igualmente crónica y destructiva alta inflación. Pero la carencia de acuerdos alcanza también a una estrategia de desarrollo sostenible. Es una buena oportunidad para terminar de elaborarla y difundirla. Hay materia prima, en cuestiones institucionales, de educación, obra pública, apertura de mercados externos o el posible acuerdo de libre comercio Unión Europea-Mercosur. Se podrían agregar, entre otras, mejoras de las políticas sociales y de ciencia y tecnología. En fin, esta estrategia debe diferenciarse claramente de cualquiera de las del pasado por la sencilla razón de que ninguna funcionó bien. Un elemento nuevo, todavía incipiente, es el de la productividad inclusiva, mostrando que inclusión y crecimiento no son excluyentes, sino todo lo contrario.

En fin, es bueno recordar que para salir de los laberintos (o de las grietas) de Marechal, es necesario hacerlo por arriba, pero la salida no está garantizada.

Economista y sociólogio. IAE- Universidad Austral

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