La trampa recurrente de evitarlas reformas necesarias

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
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27 de agosto de 2019  

Desde la recuperación de la democracia, la sociedad argentina está atrapada en un juego de suma cero que ha determinado la caída en la pobreza de millones de nuestros compatriotas. Aun coincidiendo con quienes remontan al Rodrigazo el inicio de los años pobres del país, los acontecimientos vividos desde 1983 son suficientes para explicar nuestro retroceso. En ese año comenzó la trayectoria histórica democrática, la cuarta gran trayectoria de nuestra historia luego de las trayectorias liberal, nacionalista y populista, signada por el triunfo de una nueva coalición sociopolítica que tuvo la fuerza necesaria para liquidar el predominio del poder militar. La llegada de la democracia alentó la esperanza de que bajo el imperio de la Constitución Nacional se consolidaría una época de desarrollo y equidad. Lamentablemente, esa esperanza se vio frustrada y una interminable secuencia de crisis políticas y económicas nos condujo al presente, cuando por enésima vez hemos caído en una trampa que no es una fatalidad del destino de los argentinos, sino el resultado de nuestra incapacidad para evitarla.

¿Cuál es la trampa histórica en la que vivimos prisioneros desde 1983? Es una trampa sencilla de explicar, pero dificilísima de desmontar. Consiste en la imposibilidad de hacer las reformas estructurales que el país requiere para salir de su penoso estancamiento. Esta trampa se desarrolla en un ciclo repetido que se asemeja a una tragedia griega clásica. El primer episodio se desarrolla durante los gobiernos peronistas y kirchneristas, que acostumbran al pueblo a vivir por encima de sus posibilidades. Sus políticas económicas no son sustentables y generan desequilibrios macroeconómicos que se suman a los acumulados por la economía argentina desde hace décadas. Pero la clave de estos gobiernos es que no intentan acometer reformas estructurales para reducir el peso y la ineficiencia del Estado y se limitan a dejarles una pesadísima herencia a sus sucesores. Es el componente populista de la trampa. Y, lo que es peor, al ser sucedidos por gobiernos no peronistas que despiertan mayor confianza en el mundo, sus desastres económicos no concluyen con el estallido de una crisis. Es decir, el populismo contribuye a perpetuar la trampa por partida doble: por su negativa a hacer reformas y por dejarles incubadas crisis gravísimas a gobiernos no populistas.

El segundo episodio se produce con la llegada de un gobierno no peronista. En términos generales, están en minoría en el Congreso, controlan pocas provincias y el poder sindical responde al peronismo. La suma de esas carencias disminuye dramáticamente su capacidad para mantener la gobernabilidad y se deben apoyar en la opinión pública que los votó para desarrollar su gestión. La pretensión de hacer reformas estructurales es frenada por su menor capacidad de gobernabilidad y ni siquiera las intentan llevar a cabo. Es el componente no populista de la trampa. Para colmo, ante la posibilidad de ser sucedido por un opositor populista los problemas de gestión se multiplican, los inversores externos, y también los argentinos, huyen del peso y se genera una crisis como una profecía autocumplida. Todos los factores que reducen el riesgo de una crisis cuando un gobierno populista abandona el poder se potencian en la secuencia inversa. En este sentido, el ejemplo del gradualismo de Macri, el resultado electoral de las PASO y la crisis de confianza posterior son de manual. Si en las elecciones de octubre se ratificaran esos resultados, parecería que nos encaminamos a un nuevo ciclo de la trampa en la que estamos sumergidos desde hace décadas. El populismo asume en medio de una crisis, exacerbada por su retorno el poder, maneja a su antojo la mayor parte de los poderes de la República y se dedica a usufructuar los esfuerzos de racionalidad económica logrados por Macri. Y de reformas estructurales no se habla.

Sin embargo, podríamos estar ante una mutación profunda de esta secuencia clásica de la decadencia argentina. He sostenido en mi libro Las trayectorias argentinas que en 2015 se inició una quinta gran trayectoria histórica en el país, que denomino la trayectoria institucional. Esta trayectoria se define por la pretensión de la sociedad argentina de conservar la vigencia de los principios formales que establece la Constitución de 1994 para elegir los representantes del pueblo y de avanzar en lograr la instauración plena de sus principios republicanos. El punto de partida de cada una de las cuatro grandes trayectorias argentinas ha estado asociado a un puñado de nuevos principios y valores enfrentados a la pretensión colectiva anterior, que significaron la pérdida del poder de la clase dirigente hegemónica a manos de nuevas coaliciones de poder. Cambiemos encarnó claramente esta pretensión, pero a primera vista el posible triunfo de Alberto Fernández en las elecciones presidenciales parecería representar un freno a la consolidación de una trayectoria institucional. Creemos que no será así. En las PASO los ciudadanos demostraron que no le dan un cheque en blanco a nadie. Si el peronismo/kirchnerismo ganara finalmente las elecciones y creyera que el pueblo le ha dado un mandato para reincidir en los errores de Cristina Kirchner se equivocará por completo. Y los argentinos se lo harán saber rápidamente. Esta vez la trampa perenne de la política argentina no les jugará a favor. Quien gane las elecciones no tendrá recursos para despilfarrar y de una vez por todas se verá obligado a materializar las reformas estructurales pendientes. La sociedad argentina le ha tendido una trampa perfecta a su clase política: las principales fuerzas deberán trabajar juntas o la inestabilidad política provocará crisis económicas y políticas que el peronismo no ha conocido en tiempos de democracia. En los tiempos que se avecinan, de resultar elegido Alberto Fernández, el peronismo también estará expuesto a sufrir una crisis de gobernabilidad. Por la presión de la sociedad y por la interna entre su ala tradicional y el kirchnerismo.

Con su voto, la sociedad argentina ha montado una trampa perfecta en la que nadie puede escabullirse de su responsabilidad. Desde el fondo de su historia, ha vivido sujeta a los vaivenes de líderes personalistas en cada cambio de trayectoria y ello ha impedido que se logren consensos básicos permanentes. Poniendo la mirada en los candidatos que han competido en las PASO, se aprecia que ha llegado la hora de los consensos económicos, en salud, en educación, en relaciones exteriores, en la búsqueda de la equidad, en políticas de seguridad y en casi todos los campos del quehacer nacional. Solo la materialización de un inédito consenso entre las fuerzas políticas tendrá la potencia suficiente para escapar de las crisis recurrentes argentinas y consolidar a largo plazo una trayectoria institucional que nos devuelva la esperanza, el progreso y la equidad. Por debajo de la superficie electoral, la tectónica de una nueva trayectoria institucional teje sus redes invisibles. Entonces la trampa no será una trampa del pasado, sino una puerta hacia el futuro.

Miembro del Club Político Argentino

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