Los decepcionados con la gestión de Macri (y con la dura realidad)

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
Una buena parte de la sociedad se siente desencantada porque nadie le anticipó que salir de la devastación producida por el populismo sería una tarea difícil y amarga
Una buena parte de la sociedad se siente desencantada porque nadie le anticipó que salir de la devastación producida por el populismo sería una tarea difícil y amarga
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14 de mayo de 2019  

Según el diccionario, el significado de decepción es: "Pesar causado por un desengaño". Por su parte, la palabra "desengaño" tiene varias acepciones. La primera reza: "Conocimiento de la verdad con que se sale del engaño o error en que se estaba". Es decir, nos sentimos desengañados cuando descubrimos la verdad y con ella el engaño o error en que estábamos. En este sentido: la decepción de muchos argentinos con el gobierno de Macri , ¿se debe a que descubrieron una verdad frente al engaño de las promesas de Cambiemos ? Antes de responder, conviene analizar otra acepción de desengaño: "Lecciones recibidas por experiencias amargas". Aquí el foco está puesto en que el desengaño, y la decepción consecuente, se producen debido a que se han recibido duras lecciones por una experiencia amarga. ¿Se debe entonces el desengaño al descubrimiento de una verdad que no era tal o a la experiencia amarga que trajo consigo esa verdad?

Creemos firmemente en esta segunda alternativa: una buena parte de la sociedad se siente decepcionada, no tanto porque haya caído en la cuenta del error en que estaba al confiar en Cambiemos, sino porque nadie les anticipó que la transición entre un país devastado por el populismo de décadas y una nación a la altura del siglo XXI sería dura y amarga. Desde la perspectiva económica, quienes defienden la ortodoxia monetaria y fiscal se confiesan decepcionados porque Macri eligió un camino gradual y ahora se estarían pagando las consecuencias de no haber encarado reformas estructurales a tiempo. Los más extremistas lo corren por derecha y hasta se animan a fundar un partido político. Nada sería más deseable para estos críticos furibundos que llegaran al poder y pudieran experimentar la aplicación práctica de sus propuestas. Mientras eso no ocurra, tiene mayor validez que nunca el teorema de Baglini: a mayor distancia del gobierno, menor la responsabilidad en las propuestas.

También existen decepcionados de buena fe con Macri por el nivel de endeudamiento. Sin embargo, olvidan que el endeudamiento era necesario para sostener un nivel de gasto público sobre el PBI que en diciembre de 2015 se ubicaba quince puntos por arriba del promedio histórico. Y que no se contaba con recursos de ningún tipo. El kirchnerismo había consumido las reservas del BCRA, agotado los stocks de energía, de servicios públicos, ganadero y de infraestructura, había dilapidado los fondos de la supersoja y se beneficiaba de no pagar la deuda externa por el default. Quizá no se dan cuenta de que en ese momento la alternativa era la que estamos atravesando estos días: un duro ajuste fiscal. ¿Era posible ese ajuste al inicio del gobierno de Macri?

Entremezclados en estos grupos, aparecen las críticas del "círculo rojo", un coro de líderes de opinión, empresarios e intelectuales que se proclaman decepcionados con Macri. Estas personas, mejor informadas que la mayoría de la población, ¿realmente creían que se podía salir del desastre económico que dejó Cristina Kirchner sin sufrimiento y en un camino de corto plazo? Parece mentira que los mismos que criticaban de modo terrible a los gobiernos K, ahora se declaren decepcionados con la única alternativa política que estaba -y creo que sigue estando- dispuesta a torcer la historia de décadas de decadencia. ¿O no llevamos setenta años de atraso permanente?

Un párrafo aparte lo merecen los jóvenes. No se puede afirmar que votaron en 2015 y en 2017 de un modo diferente al de otros sectores de la sociedad y, en consecuencia, hubo jóvenes militantes a ambos lados de la grieta que generó el kirchnerismo. Sin embargo, la gran mayoría se sienten decepcionados por estar presos de antinomias que bloquean el presente y amenazan su futuro. Sufren la crisis económica , pero por su menor experiencia histórica no han vivido las lecciones amargas del pasado y no se conforman con que les hablen de la herencia recibida. Los jóvenes apuestan al futuro y necesitan que el discurso político los entusiasme. El gobierno de Macri no los está convocando a una misión superadora de esas viejas antinomias. Son los decepcionados de la política, pero por la ausencia de un mensaje esperanzador se pueden convertir en los decepcionados de Macri.

Aun así, no son los economistas, los jóvenes ni el "círculo rojo" quienes deciden las elecciones . Las elecciones presidenciales las decide la clase media, en especial la clase media baja, que en buena parte apostó por el cambio y hoy es la que más sufre la crisis y la caída del salario real. Ellos podrían decir que están genuinamente decepcionados, porque una vez más desde que tienen memoria las soluciones no llegan y su nivel de vida cae otro poco en la prolongada escalada hacia abajo que vive la Argentina. A pesar de su decepción, me atrevo a sostener que el desengaño con Macri no proviene de que hayan descubierto el error de apoyarlo, sino de no haberles explicado con franqueza la situación del país y lo doloroso que sería comenzar a remediarla.

Porque hay que ser claros: la recesión que estamos viviendo es una pálida imagen de lo que pudo haber pasado si se optaba por el shock en vez del gradualismo. Muchas personas bien intencionadas que se quejan por la situación económica actual parecen ignorar que el país tiene restricciones de divisas desde la Segunda Guerra Mundial y que nunca hasta ahora se ha intentado corregir los desequilibrios macroeconómicos que estallan en crisis justamente por la falta de divisas. Aunque es una verdad de Perogrullo, conviene repetirla: una familia que vive gastando siempre más de lo que gana vive de crisis en crisis. El Estado las posterga un poco más porque emite moneda espuria o intenta endeudarse hasta que se corta el crédito. ¿No será hora de no decepcionarnos más y de ser capaces de capitalizar las "duras lecciones recibidas por experiencias amargas"? Si fuera así, habrá que persistir en el esfuerzo.

Pero claro está, esta vez el Gobierno tendrá que decir sin eufemismos qué planes de reformas espera llevar adelante si obtuviera un segundo mandato. Y repetir con meridiana claridad que no nos espera un camino de rosas sino de espinas. Si el Gobierno no es capaz de promover una épica del cambio, con un mensaje de futuro y esperanza que no ha existido, por lo menos tiene el deber de la sinceridad. Se podrá opinar que hablar con la verdad equivale a perder elecciones. Sin embargo, ¿de qué le serviría a Macri ganar las próximas elecciones evitando decir la verdad sobre lo que cree que el país necesita? Solo diciendo la verdad tendrá la legitimidad y el apoyo para su plan de gobierno. La sociedad argentina ha llegado a una circunstancia de su vida histórica en la que tendrá que decidir si quiere que nuevamente le prometan espejitos de colores o finalmente hará honor a la tradición de "tener los puños llenos de verdades" con que Sarmiento y su generación fundaron la etapa más brillante de la Argentina.

De este modo, nadie se sentirá en el futuro decepcionado por descubrir que la verdad es dura y amarga.

Miembro del Club Político Argentino

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