Los incansables comisarios políticos del relato

Jorge Sigal
Jorge Sigal PARA LA NACION
De la URSS a los socialismos del siglo XXI, ni la prensa crítica ni la libertad académica y de conciencia tienen cabida en los manuales del perfecto militante
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2 de octubre de 2019  

"¡Por fin! Ahora que apareció en las tapas de las revistas de Occidente, el camarada Gorbachov se va a enterar de que tiene una mancha en la cabeza". Corría marzo de 1985 y, aunque muy pocos lo sospechaban, la URSS estaba dando sus últimos suspiros. Los rusos, que a lo largo de casi 70 años de dictadura del proletariado habían desarrollado un afinado (y clandestino) sentido del humor, se divertían a expensas del extraño lunar que el nuevo secretario general del Partido Comunista tenía en su calva. El aparato de inteligencia poseía una particular destreza para maquillar la realidad. Así como los dirigentes que caían en desgracia desaparecían del mapa (Trotski fue borrado, literalmente, de textos y fotografías oficiales), los que ascendían al podio debían ser embellecidos. Así funcionaban las cosas. Y todos lo sabían.

El chiste sobre la pelada de Gorby circuló a la velocidad de un rayo y quedó registrado durante el derrumbe de la URSS como un hito en la lucha contra la asfixiante censura de aquel régimen que no creía en lágrimas. El más florido, ambicioso y custodiado relato de la historia contemporánea (construir "El paraíso en la Tierra") sucumbió casi sin emitir gemidos. La URSS dejó de respirar el 25 de diciembre de 1991. No toda la izquierda es hija de aquella maquinaria de acallar disidencias, pero casi todas las formas de absolutismo se le parecen: el nacionalsocialismo, el fascismo o los populismos autoritarios al estilo de Hugo Chávez. La tentación totalitaria asoma en los dogmas porque la política se cristaliza en preceptos cuasi religiosos: liderazgos únicos, ideologías absolutistas, superioridad moral. Ni la prensa crítica, ni la libertad académica y de conciencia tienen cabida en los manuales del perfecto militante, término que proviene del verticalismo castrense.

Es un error suponer que la mentira, la manipulación deliberada y el ocultamiento de la verdad sean el resultado de patologías perversas (que las hay). Muchas veces -si hablamos del poder absoluto- el engaño es una consecuencia "no deseada" de las causas que se consideran sagradas. Se omiten o tergiversan datos para proteger una razón superior: la revolución, la lealtad al partido, la causa de los humildes. Siempre está en juego el interés de la patria, del movimiento o del partido. De todos esos pretextos para la manipulación narrativa, la izquierda tiene particular debilidad por uno, que se ha convertido a lo largo de los años en auténtico fetiche: no ser "funcional al enemigo" (el imperialismo, la oligarquía, la reacción). Con esa excusa, intelectuales brillantes como Sartre tardaron décadas en admitir los crímenes estalinistas que padecieron, incluso, algunos de sus amigos y colegas. Con la misma pretensión, muchas almas puras relativizan hoy las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, Nicaragua y Cuba, o las ablaciones y lapidaciones de las mujeres en los regímenes teocráticos de Medio Oriente.

El 26 de julio, Página 12 publicó una curiosa nota firmada por una de las hijas del escritor y periodista Gregorio Selser, autor de una profusa obra sobre la historia contemporánea de América Latina, fallecido en el exilio en México en 1991. Irene Selser (en representación también de su hermana Gabriela) relata la odisea que están atravesando a partir de la reciente publicación en la Argentina de una supuesta biografía titulada Gregorio Selser: una leyenda del periodismo latinoamericano, escrita por Julio Ferrer. En su carta, denuncia al autor de la obra como responsable de manipular la memoria de su padre.

El episodio, lejos de ventilar diferentes puntos de vista sobre un hombre público fallecido, algo habitual en cualquier reconstrucción biográfica, apunta al corazón del maniqueísmo ideológico: baches intencionales sobre posturas críticas al dogmatismo, interpretación forzada de hechos históricos y la utilización de su ideario para justificar disputas actuales en una presunta batalla contra el mal. Según su hija, el retrato que Ferrer hace de su padre es una construcción armada con retazos y omisiones perfectamente calculadas para que la historia cierre según los requerimientos de sus mentores. "Para un lector desprevenido el periodismo de consignas del señor Ferrer -apunta Irene- puede no ser un acto de propaganda. Pero desde la introducción, este involucra a nuestro padre como ?imprescindible para la Batalla Cultural y de Ideas que necesita nuestra América Latina'. Ferrer anuncia así en forma explícita -enfatiza- una confrontación ideológica continental, con evidentes alcances geopolíticos que ni el Quijote en su mejor empeño podría haber librado solo".

El autor sería, según figura en su currículo, miembro de Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad, REDH [sic], con sede en Caracas, y que integrarían, además, el presidente de Bolivia, Evo Morales, el también argentino Adolfo Pérez Esquivel y el mexicano Subcomandante Marcos [sic]. La edición de la obra estuvo a cargo de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Plata, en la que sigue tallando fuerte la ultraortodoxa titular del bloque de diputados kirchneristas de la provincia de Buenos Aires, Florencia Saintout, decana de la carrera durante la era K, actual candidata a intendenta de la capital provincial. Se trata de la misma facultad que otorgó la distinción Rodolfo Walsh a Chávez, Hebe de Bonafini, Rafael Correa y Cristina Fernández de Kirchner, entre otros ilustres defensores de la libertad de expresión.

"¿Quién está detrás de esta ?cruzada' -se pregunta la hija de Selser- que utiliza de ?estandarte' a nuestro padre muerto, cuando él no está en capacidad para ser consultado y mucho menos de cuestionar la maniobra?" Para revelar luego que, ante la negativa del autor a subsanar omisiones en la etapa de revisión de los originales, la familia se percató de que, en verdad, lo que Ferrer buscaba era "encajonar el pensamiento y la obra de nuestro padre en una posición política acrítica que victimiza a las izquierdas de la región y culpa de todos los males de América Latina ?al imperialismo norteamericano'".

Entre las lagunas que Irene y Gabriela pidieron corregir figuran, de acuerdo con la denuncia: "el rechazo tajante de mi padre a que Cuba diera su respaldo en una declaración oficial a la dictadura de (Jorge Rafael) Videla, solo porque Argentina le vendía cereales a la URSS" y la oposición que el destacado cronista habría manifestado "al fusilamiento de cuatro militares cubanos acusados de narcotráfico, entre ellos, el general Arnaldo Ochoa, sacrificados por Fidel Castro" en 1989. Asimismo, agrega, al autor se le habrían traspapelado las duras críticas de Selser a Daniel Ortega y "la deriva autoritaria de la revolución sandinista del 19 de julio de 1979".

Stella Calloni, prologuista y exégeta del libro, fue la encargada de lanzar la contraofensiva contra las hijas del homenajeado, a quienes acusa, al mejor estilo KGB, de encarnar un odio visceral "similar al que se utiliza en las ?guerras psicológicas' en estos tiempos". Curiosa imputación que guarda un paralelo inocultable con las sospechas que esgrime Alejo Ramos Padilla, juez federal de Dolores y miembro de Justicia Legítima, contra Daniel Santoro, el periodista de Clarín procesado en el caso del falso abogado Marcelo D'Alessio, a quien quiere investigar (¡también!) por presuntas maniobras de "acción psicológica". Y, vaya coincidencia, el magistrado ha confiado la pericia técnica a la Comisión Provincial de la Memoria, organismo presidido por el Nobel Pérez Esquivel, compañero de Ferrer en la caraqueña REDH. Casualidades que, si no fueran tales, darían para pensar en los nuevos fantasmas que obsesionan a los custodios de las nobles causas libertarias. Hay gente que sigue empeñada en tapar manchas.

Periodista. Miembro del Club Político Argentino

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