Peronismo y porteños: una relación difícil

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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12 de enero de 2020  

Le sucede algo muy peculiar a la ciudad de Buenos Aires. Por ser la Capital Federal sede del gobierno nacional, los porteños se ven compelidos a ver desde primerísima fila un espectáculo para el que nunca a la mayoría se le hubiese ocurrido sacar entradas. Que los habitantes de la ciudad cabecera del país voten sistemáticamente en contra del peronismo en cualquiera de sus múltiples y contradictorias versiones a lo largo del tiempo no los releva, sin embargo, de ser los primeros en recibir en continuado las múltiples manifestaciones exuberantes de esa fuerza, asistir a la ocupación de sus calles, ver en vivo y en directo sus protestas y celebraciones, y sentir física y psicológicamente su aliento vociferante a pocos centímetros de su cara, de Perón a Cristina Kirchner.

Esa recurrente convivencia a la fuerza -22 años y medio el siglo pasado y vamos para 14 años de los 19 que ya han transcurrido del siglo actual- es tal vez la causa esencial de esas pasiones tan viscerales, a favor y en contra, que despierta el peronismo en la principal ciudad del país, en tanto que en el resto de la república no suele vivirse tan dramáticamente esa relación, primero porque en varias provincias el peronismo gana, pero aun en las otras en las que gobiernan partidos opositores al oficialismo nacional, la distancia física de los acontecimientos le baja bastantes decibeles a la polémica y la enfría.

Al peronismo, fenómeno típicamente urbano, le ha rendido (y mucho) esta confrontación. Como inevitable fuerza de ocupación de una ciudad que le niega el voto de manera explícita, en varios momentos de su historia le ha deleitado tensar esa cuerda fomentando masivas escenificaciones populistas que irritan a una porción importante de esa sociedad, estableciendo una muy precaria lucha de clases, que termina sacando lo peor de cada parte. Así, al "aluvión zoológico" con que describía a los peronistas el legislador radical Ernesto Sanmartino, se le opone el "asco" con que definió Fito Páez el sentimiento que le despertaban los porteños que votaban a Macri. Son expresiones insultantes que obturan cualquier consenso posible y ha habido toneladas de estiletazos cruzados por el estilo desde 1946 hasta la actualidad. Es muy claro que al justicialismo le resulta muy funcional esa discusión que jamás profundiza. Prefiere quedarse en la superficie del rótulo ofensivo que solo produce odio, muy potenciado en esta era de redes sociales, que se constituyen en letrinas de agresiones que se repotencian también en la vereda antiperonista, que no se queda atrás.

Mientras tanto en la principal fábrica de pobres del país, que es el conurbano bonaerense -en cuya mayoría territorial el peronismo ha sido y es rey desde 1983 hasta ahora-, se acentúa su deterioro social. Desde el 17 de octubre de 1945 en adelante, el peronismo toma allí sus "insumos" principales de movilización para derramarlos periódicamente sobre la ciudad de Buenos Aires, en marchas y protestas que dejan en evidencia el contraste entre los "descamisados" de Perón y los "grasitas" de Evita, con la opulencia de la fauna que habita los barrios capitalinos más acomodados. Sectores que en estos años empezaron a adquirir cierta gimnasia callejera, primero con el conflicto con el campo y los sucesivos cacerolazos contra la segunda presidencia de Cristina Kirchner hasta los últimos nutridos actos proselitistas de Juntos por el Cambio.

En el primer mes del nuevo gobierno peronista, el flamante presidente Alberto Fernández intentó por ahora no tensar tanto esa cuerda. Procura no mostrarse estridente ni agita banderas de odio de clases. Tampoco habla demasiado de la "herencia recibida". Su discurso, por el momento, subraya su pedido de "esfuerzo" para que pongan el hombro los que más tienen y apunta justamente hacia quienes menos lo votaron (los sectores relacionados con el campo, los jubilados con mejores haberes, los que gustan de viajar al exterior, provincias como Córdoba y Mendoza).

Ahora también le quitará recursos a la ciudad de Buenos Aires. No es algo que apareció repentinamente en su cabeza, en su acuciante afán de conseguir fondos frescos de donde sea para afrontar pagos y sostener a un aparato estatal cada vez más pesado y poco dispuesto a achicarse.

En este breve lapso de un mes, la vicepresidenta tiró más de una vez públicamente sus dardos envenenados contra la ciudad que siempre le dio la espalda, la misma a la que siendo presidenta le tiró por la cabeza subtes maltrechos, sucios, grafiteados y con una cantidad de vagones con tóxico asbesto, comprados en tiempos de Néstor Kirchner.

Ese fue un costo que se le sumó a la Ciudad (y el servicio de subtes mejoró notablemente). También se agregó el traspaso de la Policía Federal. De ahí que en 2016 creciera en la coparticipación de 1,4 a 3,75%, y que dos años después, Mauricio Macri lo bajara a 3,5 en el marco del Consenso Federal.

Axel Kicillof consiguió diez mil millones de pesos menos de los que pretendía en la reforma impositiva que le costó tanto lograr. Si el gobierno nacional le baja un punto a la Capital, esta percibiría treinta mil millones menos. Anteayer, el presidente Fernández le bajó el tono a la polémica, pero una duda quedó flotando: ¿hasta dónde, una vez más, el peronismo intentará disciplinar a los díscolos porteños, que nunca se dignan a votar al PJ?

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

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