Una rara avis camino al sillón de Rivadavia

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
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18 de octubre de 2019  

Hemos tenido en estos 36 años de vida democrática diferentes tipos de gobiernos, coaliciones que los respaldaban, liderazgos presidenciales y desafíos en términos de gobernabilidad. Y la trayectoria institucional y de desarrollo que experimentó el país está muy por debajo del umbral mínimo de mediocridad. Considerando los complejísimos desafíos que tendrá el próximo presidente, en especial (pero no solo) en materia económica, no resultará sencillo que su administración se desempeñe mucho mejor que el promedio que la habrá de preceder. Sin embargo, en el caso de que el Frente de Todos resulte victorioso, Fernández será un presidente atípico, en particular si se lo analiza comparativamente en función de los antecedentes existentes desde la reforma constitucional de 1994.

Sería el primer presidente que se desempeñó como jefe de Gabinete de ministros. Más: desde la década del 30 no vemos exintegrantes de un equipo presidencial ocupar el sillón de Rivadavia (Justo había sido ministro de Guerra de Alvear y Ortiz lo fue de Hacienda entre 1936 y el año siguiente). A pesar de que la Jefatura de Gabinete es un puesto clave en nuestro organigrama institucional (o tal vez por eso, por el desgaste que implica), nadie que haya ocupado ese cargo pudo destacarse demasiado luego de abandonarlo. Para muchos significó el final de su vida pública, como ocurrió con Jorge Rodríguez y Chrystian Colombo, que ocuparon la posición en las presidencias de Menem y De la Rúa, respectivamente. Y si bien asistimos al retorno de Capitanich como gobernador del Chaco, otros como Bauzá, Terragno, Atanasof, Aníbal Fernández o Juan Manuel Abal Medina no consiguieron reinsertarse como líderes de envergadura.

Más allá de su responsabilidad formal, Fernández fue una especie de ladero, vocero y armador político del gobierno de Kirchner: un alter ego con capacidad de seguimiento del día a día de la gestión en términos administrativos para que su jefe, intenso y obsesivo, pudiera ocuparse de los asuntos que más lo preocupaban, vinculados a la permanente construcción de poder. ¿Cómo operaría, en una eventual gestión de Fernández, esta potencial tensión entre lo micro y lo macro? ¿Existe el riesgo de que se concentre en los detalles cotidianos y se convierta en un microgerenciador? Algunos presidentes se evaden de las cuestiones de fondo con asuntos relativamente importantes que los distraen de las urgencias.

El segundo punto que lo distingue de los presidentes de las últimas décadas es que se trataría de un primer mandatario con nulo poder territorial. Es cierto que se consagró en las PASO como el CEO de los gobernadores, pero se trata de un poder delegado que carece de un sostén político autónomo. Es una sutil paradoja que el fundador de un espacio político cuasi distrital denominado Parte (Partido del Trabajo y la Equidad) se haya convertido en el líder del Frente de Todos. Son tan superficiales sus compromisos con esta ciudad que planea una reducción en la asignación de los recursos nacionales para favorecer a otras provincias.

Cristina , por mérito propio y por capitalizar el vuelco pendular que en la opinión pública genera el rechazo a Macri en el marco de la grieta, sí cuenta con esos atributos tradicionales de los que hasta ahora carece Alberto. En ese aspecto, constituye un caso inédito en el país. La tentación de compararlo con Héctor Cámpora no es adecuada: gracias a una disposición del gobierno del general Alejandro Agustín Lanusse, Juan Domingo Perón no pudo competir en las elecciones del 11 marzo de 1973.

La señora de Kirchner carece de cualquier restricción para disputar la presidencia y fue una decisión personalísima la de catapultar a su actual compañero de fórmula. Asimismo, Carlos Menem había caminado la Argentina desde los 70 para instalarse como candidato. De la Rúa, con sus tiempos, desplegó un esfuerzo minucioso con similar objetivo. Con su lógica y estilo de caudillo, Néstor Kirchner construyó poder en su provincia y la propia Cristina continuó "desde arriba" su proyecto político. Mauricio Macri se hizo fuerte en CABA y luego pactó con la UCR, de gran raigambre histórica, y la Coalición Cívica, de Elisa Carrió. Alberto Fernández , en cambio, surge como resultante de una amplia coalición electoral, con eje en el sempiterno peronismo, que es tan embrionaria como diversa y engloba una multiplicidad a menudo contradictoria de intereses y visiones. ¿Estará tentado de construir su propia base de poder directamente desde la presidencia, como en la práctica hizo el propio Kirchner? ¿Surgirá acaso en la Argentina un neologismo ad hoc , el " albertismo "? Tal vez pronto dejemos de utilizar las comillas. Pero cuidado: este modelo de liderazgo sin territorio y de frágil sustento es el que viene aplicándose en la provincia de Buenos Aires desde Carlos Ruckauf hasta la fecha. En estas dos décadas, ningún gobernador logró consolidar una estructura de poder propia y perdurable más allá de su mandato.

Finalmente, en parte como consecuencia de lo anterior, Alberto Fernández sería el primero en ejercer la titularidad del Poder Ejecutivo sin que el principal objetivo de su carrera política haya sido efectivamente ese. No integra el grupo de políticos claramente focalizados en el premio mayor (el de Sergio Massa, Horacio Rodríguez Larreta o el propio Juan Manuel Urtubey, entre otros). Tampoco el de Mauricio Macri, Carlos Menem, Eduardo Duhalde o los hermanos Rodríguez Saá, que estuvieron dispuestos a cualquier sacrificio con tal de llegar. Alberto Fernández tenía alguna aspiración de relevancia en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires (donde nunca logró afianzarse), pero siempre se sintió más cómodo como armador que como protagonista principal.

Su sentido de realidad le indicaba hasta mediados de mayo que era utópico, si no imposible, aspirar a una candidatura presidencial. Su último cargo electivo -el único en sus 40 años de carrera- fue en el undécimo puesto de una lista para legisladores de la ciudad de Buenos Aires por Acción para la República, el partido de Domingo Cavallo. ¿Implica todo esto que una vez en el cargo tomaría un rumbo diferente del emprendido por sus antecesores? ¿O los excesos propios de nuestro hiperpresidencialismo lo llevarán a repetir los mismos comportamientos predatorios que sus eventuales colegas?

Ausencia de poder territorial, una importante experiencia como jefe de Gabinete, acotadísimas aspiraciones personales de convertirse en primer mandatario... ninguno de estos tres elementos distintivos alcanza para imaginar una gestión exitosa, aunque le permitirían evitar algunos de los típicos desatinos que caracterizaron a sus predecesores. No obstante, conformarían un conjunto de rasgos muy inusuales en la Argentina contemporánea.

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