
Cómo el cacerolazo me llevó a ver la peor película argentina de la historia
La historia se repite siempre dos veces: la primera como tragedia y la segunda... ¿cómo era? Mejor empiezo de nuevo: el jueves pasado tenía que encontrarme con una amiga en la librería El Ateneo de Callao y Santa Fe. Cuando estaba por llegar, a eso de las seis de la tarde, caminando por Callao empecé a escuchar un ruido conocido (pero enterrado en la memoria) que hizo que me diera un escalofrío: eran unos pocos manifestantes golpeando sus cacerolas. Pasé rápido por ese súbito baño de tiempos pasados y me metí en la librería. Un rato después, cuando volví a salir a la calle, la manifestación se había multiplicado, la cantidad de personas ya alcanzaba para cortar el tránsito, se escuchaban gritos y se veían carteles, y yo doblé rápido por Callao hacia Córdoba, antes de que la hora, el frío y el ruido terminaran por deprimirme del todo. Mientras pensaba en que hay algo levemente siniestro en el hecho de que los jueves, históricamente asociados al reclamo de las Madres de Plaza de Mayo, hayan pasado a ser los días de los nuevos cacerolazos en Buenos Aires, un cartel me llamó la atención: era un afiche de una nueva película argentina llamada Acorralados. Tardé unos segundos en entender el juego del título con el logotipo, diseñado sobre un fondo de billetes verdes. "Un hombre dispuesto a todo por recuperar lo suyo", decía la bajada. Una leyenda aseguraba que el film estaba basado en un hecho real. A la realidad le gustan las simetrías, escribió Borges, y quizá el cartel y las cacerolas me estuvieran tratando de ofrecer la clave de algo, de pasar algún mensaje. El casting no hacía las cosas fáciles: Federico Luppi, Esther Goris, Gabriel Corrado, Gustavo Garzón. Pero me dejé llevar y terminé caminando hasta Rivadavia, y doblé a la izquierda hasta el cine Gaumont. Pregunté los horarios. No me sorprendí cuando me dijeron que la película empezaba en unos minutos. Pagué la entrada, subí las escaleras y entré.
<b> Caminando por Callao empecé a escuchar un ruido conocido (pero enterrado en la memoria) que hizo que me diera un escalofrío: eran unos pocos manifestantes golpeando sus cacerolas </b>
¿Cómo fue que escapando de los cacerolazos de la vida real me metí en un cine a ver una historia con cacerolazos de ficción? Las conté: en la sala, habitualmente vacía, éramos casi cuarenta personas. Muchos podrían estar escapando del frío, otros haber decidido de manera consciente someterse a la película, yo me dejé llevar por las circunstancias y una buena dosis de masoquismo voluntario. La historia real detrás de la ficción es esta: el 21 de enero de 2002 Norberto Roglich, un diabético de 65 años jubilado por invalidez, fue a la sucursal del banco Bansud de Tandil armado con una granada de mano (que más tarde se sabría que era falsa). "O me dan la plata o volamos todos", amenazó mientras exigía que le devolvieran sus ahorros, unos 22 mil dólares. Roglich consiguió así el dinero y volvió a su casa, aunque al otro día fue arrestado y acusado de los delitos de extorsión y tenencia de armas de guerra. Una historia más de las tantas que amasó la desesperante crisis argentina de diciembre de 2001.
<b> ¿Cómo fue que escapando de los cacerolazos de la vida real me metí en un cine a ver una historia con cacerolazos de ficción? </b>
En la película, Federico Luppi interpreta a Roglich (es una hipérbole: Luppi siempre hace de Luppi), Corrado al gerente del banco (difícilmente le creamos a Corrado nada que no sea romántico y se emita por las tardes en formato televisivo), Garzón compone al policía menos verosímil del condado y Goris, bueno, no se sabe muy bien quién es o qué hace el personaje de Goris. En la primera escena Luppi va a visitar la tumba de su ex esposa y cuando se pone una pistola en la cabeza para suicidarse es asaltado por una banda de chicos de la calle que le roban el arma, la boina y hasta los zapatos. Desde entonces, los lugares comunes se encadenan uno a otro en una violenta sucesión por alcanzar un récord Guinness: además de ser insulinodependiente y viudo, Luppi es un respetado e intachable artista; en el banco hay una joven secretaria que es la amante de Corrado y que terminará enamorándose de uno de los rehenes; también anda por ahí una pareja de padres con un chico sordo que necesita el dinero del corralito para ser operado en los Estados Unidos, y un guardia de seguridad honrado, que luego de una leve resistencia se pone del lado de Luppi. A pesar de transcurrir en Buenos Aires, casi todos los extras hablan con un leve acento puntano (la película tiene el apoyo de San Luis Cine) y en pretérito perfecto, las actuaciones y los diálogos vienen siempre remarcados por gestos que hacen explícita cualquier intención del guión y, por alguna simbología que se me escapa, los personajes que están dentro del banco (desde Luppi hasta el chico sordo) visten uniformemente de color celeste.
<b> Para ser un film que busca ofrecer una moraleja, el sustrato ideológico es decididamente confuso </b>
¿Qué querían decir, contar, exponer los guionistas y directores de esta película? Imposible saberlo, porque para ser un film que busca ofrecer una moraleja, el sustrato ideológico es decididamente confuso. Existe, por qué no, la necesidad de un documental riguroso sobre esos días de diciembre de 2001 y los meses que siguieron. Incluso vendría muy bien que alguien se decidiera a filmar una parodia acerca de los temores de clase y las luchas desatadas por entonces (con el trasfondo de la patética seguidilla de cinco presidentes en una sola semana). Pero la crisis fue un suceso demasiado doloroso como para que sea algo como Acorralados lo que dé cuenta de ella. Con un poco de suerte, sus responsables verán cómo esta ficción alcanza alguno de sus tres destinos posibles: el de convertirse en alguna de esas películas de trasnoche que grupos de amigos alcoholizados van a ver para reírse hasta quedar exhaustos, como compendio para estudiantes de cine de primer año sobre todas las decisiones equivocadas que pueden tomarse en apenas una hora y veinte de película o el último, y tal vez el más benévolo, el olvido inmediato. Por mi parte, la noche no terminó siendo del todo negativa. A la salida del cine, caminando por Rivadavia hacia Callao, en una librería de saldos encontré Ébano (las crónicas africanas del cronista polaco Ryszard Kapuscinski) a apenas quince pesos. Todavía debe quedar por ahí algún ejemplar disponible.






