
Como una tragedia griega
Por Marcelo Gioffré Para LA NACION
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En Micenas, reinaban Agamenón y Clitemnestra, que tenían tres hijas, Ifigenia, Electra y Crisótemis, y un hijo varón, Orestes. Agamenón decidió ir a combatir a la guerra de Troya, pero tuvo la terrible revelación de los dioses de que, para que los vientos volvieran a soplar y las naves pudieran partir, debería sacrificar a su hija Ifigenia. Después de una ardua deliberación en el teatro de su conciencia, en la que sopesaba de un lado el amor por la hija y del otro la responsabilidad de gobernante, accedió a esa dura exigencia. Durante la larga espera de la guerra, Clitemnestra amasó un gran odio contra su marido, por aquella decisión que la privó de su hija, y mitigó su forzada soledad intimando con el cuñado, Egisto. Cuando Agamenón regresó triunfante de la guerra de Troya, los amantes le dieron muerte y, para quedarse con el trono, añadieron otra iniquidad: desterraron a Orestes. Las dos hijas restantes adoptaron una actitud contrapuesta: Crisótemis fue sumisa ante el poder; Electra, rebelde y vengativa. De manera tal que la obra plantea una tensión contenciosa entre el poder, representado por Clitemnestra y el tío arribista, Egisto, y Electra y Orestes, que no perdonan el asesinato de su padre. Orestes se enfrenta al dilema ético de vengar a su padre y para ello atacar a la madre, o bien dejar impune el crimen del padre. Como se sabe, después de un largo tiempo, Orestes volvió subrepticiamente, se complotó con Electra y mató a Egisto y a su madre, por cual fue perseguido y juzgado por las Erinias, lo que de algún modo otorgó a la secuencia de venganzas un marco más institucional.
Pero la pregunta que cabe formularse es si la situación no hubiera tenido alguna otra salida menos cruenta y más tolerante. Imagino a los personajes como jugadores que dirimen su conflicto en una mesa de negociación. Si Orestes permanecía en el destierro, quedaba intacta la ética de la madre y de Egisto y suprimidas la de Electra y la suya. Si actuaba como lo hizo, matando, vencía la de Electra y la suya, pero suprimía la de la madre y la de Egisto. Matar sólo a Egisto no habría sido solución. ¿Hay alguna tangente que permita un acuerdo moral entre los personajes? Definidas las preferencias en juego, hay que determinar cuál es el poder que ostenta cada uno. Orestes tenía el poder que le infundían la clandestinidad y el deseo de venganza; Clitemnestra y Egisto disponían del poder efectivo del gobierno. Una solución razonable podría haber sido que Orestes volviera a Micenas a ocupar el cargo que por herencia le correspondía y la madre efectuara un acto de contrición frente a Electra, a cambio de que los hermanos suspendieran toda beligerancia y le permitieran a Clitemnestra y Egisto una vida retirada, tranquila y digna de su estirpe.
El problema es que en la tragedia, por definición, no hay posibilidad de acuerdo moral, porque entonces dejaría de ser una tragedia y pasaría a ser un mero drama.
¿Es el caso argentino una tragedia en la cual sería impensable algún acuerdo moral? El peronismo, que en 1945 se apropió de los resortes del país, produjo el asesinato simbólico de la República imperfecta pero dinámica, nacida al abrigo de los próceres decimonónicos y la Constitución liberal de 1853, e introdujo el populismo, la cultura de la dádiva y las técnicas de movilización de masas. Como Clitemnestra, el nuevo régimen quedó manchado con un pecado original; irrumpieron los Egistos trepadores, vulgares y dispendiosos, encarnados en Juan Duarte, en sindicalistas o en piqueteros, y las clases intelectuales fueron relegadas y exiliadas, como Orestes, o vilipendiadas como Electra. Sólo algunos colaboracionistas se amoldaron, a lo Crisótemis, en los pliegues lábiles del régimen peronista. Ese fue el caso de Arturo Frondizi, la CGE, los entrismos de izquierda y derecha, o Domingo Cavallo. Los estertores de las Electras argentinas resuenan aún hoy en los llamados aislados de Carrió o López Murphy, cuando impugnan el sistema instaurado por Juan Perón y agravado por sus seguidores. Como a Electra, las Crisótemis domésticas les sugieren transar y aliarse con el único partido que dispone de herramientas para manipular electores, huelgas, programas periodísticos y desbordes populares y, ante su reticencia, los ridiculizan y desdeñan. Ya se ha probado, por lo demás, que ni siquiera un éxito electoral garantiza a la oposición la gobernabilidad, ya que el peronismo lo toma como un mero hiato de descanso en medio del régimen cristalizado.
Si el caso argentino es también una tragedia, entonces no hay solución mediante un acuerdo moral. Pero aún es posible vislumbrar la idea de que el peronismo no siga alentando la llama de la venganza de Orestes e invite al renacimiento de esa idea de República que fue diezmada en las últimas seis décadas. No lo hará sólo por benevolencia, ya que son campanas de palo las razones de los pobres, lo hará por temor a perder sus privilegios. Todo comerciante quiere tener un monopolio y no estar obligado a competir, todo político quiere gobernar sin oposición, a menos que esas ventajas lleven a una gran crisis que termine aun con ellos.
Quizás haya llegado la hora de que el "no peronismo" converja, ofreciendo una versión alternativa con unas pocas consignas nítidas: que los colaboracionistas abandonen su postura mezquina y que por fin el peronismo empiece a atisbar un riesgo concreto como, por ejemplo, la amenaza de una abstención patriótica de grandes dimensiones que evidencie los desafueros y las pústulas del régimen. De que el peronismo perciba un peligro así depende nuestro futuro. Sólo entonces se apurará a tolerar las reglas de un sistema pluralista y republicano, dimitirá de sus intromisiones abusivas en las cortes, abdicará de su penetración en los medios, descolonizará los sindicatos y pasará a ser una alternativa más dentro de la democracia, con frenos y contrapesos como requería Montesquieu.
El estallido peronista fue fruto, entre otras cosas, de que los conservadores abusaron de la trampa y no dieron cabida a las clases emergentes, a pesar de las advertencias de Carlos Pellegrini y de la reforma de 1912, de Luis Sáenz Peña. Quizás el peronismo esté incurriendo en un pecado simétrico. Es probable que no lo adviertan y culminen su borrachera con una justificación discursiva de su monopolio político; en tal caso, más temprano que tarde, se encenderá la furia de Orestes.




