Complejo de superioridad moral

Fernando Diez
Fernando Diez PARA LA NACION
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5 de febrero de 2016  

Usualmente confiaríamos más en quienes dicen tener fuertes convicciones morales que en quienes nada dicen al respecto. Pero la historia no siempre da la razón a esta percepción, que puede resultar equivocada, tanto en el terreno de las relaciones personales como en el de las relaciones sociales y, en especial, en el de la política. Implícita en gestos y comentarios del trato social, somos sometidos a la prueba de nuestra estatura moral por quienes dejan ver que su superioridad radica en ideas y propósitos, aunque no necesariamente coinciden con su estilo de vida y conducta económica.

Aunque es verdad que conocemos más a las personas por sus actos que por sus dichos, la construcción psicológica de un sentimiento de superioridad moral se sustenta tanto en estos gestos individuales como en figuras retóricas repetidas, por una creencia social cuya afirmación colectiva tiene forma ideológica o religiosa.

El sentimiento de superioridad moral es compartido por ambos extremos del espectro político. Aquellos ubicados en el centro son despectivamente calificados como tibios por quienes se consideran portadores de más altas y más firmes convicciones morales. La duda es objeto de burla, como si cada decisión política no debiera discutirse y sus consecuencias, analizarse con cuidado. A falta de esas certezas incontrastables, el centro es más propenso a la duda y por eso está más dispuesto a transigir, siendo más proclive a los acuerdos y los consensos. Lo comandan tanto la convicción como la duda.

En contraposición, el sentimiento de superioridad moral dominante en los extremos de la izquierda y la derecha alienta una intransigencia proporcional a la certeza de convicciones que son esclavas de una cosmovisión totalizadora, de una explicación de los acontecimientos que incluye la historia pasada y futura. Los discursos están siempre atados a un pasado que se reescribe como forma de legitimación del presente y a un futuro promisorio y virtuoso que se enuncia como coartada de maniobras políticas oscuras, arbitrarias o abiertamente en contra de la ley. Las coartadas cambian: la de la derecha es revolucionaria en la restauración de un orden perdido, la de la izquierda es revolucionaria en la promesa de una utopía que nunca llega, pero ambas exigen sacrificar los medios a los fines.

Lo que podemos llamar "complejo de superioridad moral" es la explicación por la cual las mismas actitudes personales o decisiones políticas están mal en los demás y bien en quienes se sienten justificados por fines superiores. Son quienes están convencidos de la excepcionalidad de sí mismos.

No debemos subestimar el poder destructivo de tan fuertes convicciones. Este complejo entramado de psicología y política produce lo que podemos llamar "la obnubilación moral", que lleva a personas educadas y de gran formación intelectual y política a respaldar decisiones arbitrarias, comportamientos autoritarios y, en los casos más extremos, las más horribles aberraciones en contra de la libertad y de los derechos humanos. Aldous Huxley nos dio una aguda descripción de ese tipo de connivencia colectiva en Los demonios de Loudun, al mostrar la alineación de la mentira con los peores intereses individuales y colectivos en aquel juicio por brujería en la Francia del siglo XVII.

La obnubilación produce la imposibilidad crítica, porque la superioridad moral de cada uno depende de la superioridad moral del partido. Éste chantajea moralmente a sus seguidores, pues ver o nombrar la arbitrariedad los convierte en traidores a la causa. Cuando se entrega el propio raciocinio al partido de gobierno, se termina por aceptar como verdad la falsedad en lo que Guy Debord había llamado la autorrepresión colectiva de la percepción, negando la inflación o el desabastecimiento, las prebendas o el fraude electoral (como sucedió con el "fraude patriótico"), negando la existencia de presos políticos o la desaparición de personas.

El siglo XX nos ha dado muchas pruebas de que el complejo de superioridad moral puede llevar con gran facilidad a un enceguecimiento aún mayor, lo que llamo "la alucinación moral colectiva". La creencia absoluta en un destino de redención, en un final de la historia donde sólo triunfarán los virtuosos. Para alcanzarlo, es necesario atravesar el infierno, derrotando a los traidores, los genéticamente espurios, los enemigos de la patria, los infieles. La historia ha condenado el fascismo, el nazismo, el estalinismo o el régimen camboyano de Pol Pot, pero no debemos confundirnos: sus protagonistas se consideraban virtuosos, creían que obraban en pos de un bien superior. No pensemos que eso es cosa del pasado. Hoy mismo sufrimos las consecuencias de la alucinación moral en la guerra santa que EI ha desatado contra los que considera los enemigos del islam. La coartada moral ha sido, innumerables veces, la razón de los peores crímenes. Pero la alucinación moral no surge de la nada, como ha ilustrado Ingmar Bergman en El huevo de la serpiente, evoluciona desde el simple sentimiento personal de superioridad moral sobre los demás.

Arquitecto y editor

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