
Compre un teatro y haga negocio
¿Cuál es el mejor negocio del momento? Si algún inversor sagaz y clarividente tuviera la feliz respuesta en sus manos, de seguro no se arriesgaría a compartir su hallazgo con los demás buscadores de fortunas.
Se ha oído decir, sin embargo, que el gran negocio del día es invertir en el mundo del espectáculo, y sobre todo en el mundo del teatro. El plan de inversiones arranca con la compra de una majestuosa y elegante sala, alguna de esas joyas de intrincado y laborioso estilo italiano que hicieron historia en el país.
El segundo paso es conseguir dinamita o un par de topadoras y hacer volar el teatro por los aires; demolerlo sin misericordia, reducirlo al escombro absoluto hasta pulverizar el cimiento más mísero y arrasar con el recuerdo más insignificante.
Cuando ya todo sea una masa informe de polvo y astillas habrá llegado el momento decisivo, la hora de llevar a buen término la tercera y última etapa del plan maestro: la construcción de un estacionamiento, un supermercado u otro local que se ocupe de borrar de la memoria colectiva el esplendor de los espectáculos perdidos.
Tal parece ser la gran contribución de la actividad teatral a la economía nacional: las salas van desapareciendo del mapa urbano y dan paso a un desenfrenado torrente de automóviles que se derrama a toda velocidad sobre los antiguos escenarios. Cuando se corra el telón, en vez de aplausos se oirán motores; en vez de actores, se verán manchas de aceite.
Antes de mitad de siglo habían desaparecido de la faz de la Capital los viejos teatros San Martín, Ateneo, Mayo, Porteño, Victoria, Casino y Buenos Aires, entre los más importantes. Luego fueron demolidos el Apolo, el Politeama y el Odeón, entre otros.
Ambición demoledora
El episodio del Odeón es el caso más desconcertante, pues fue una sala que llegó a ser declarada monumento histórico nacional, con lo cual parecía a salvo de cualquier ambición demoledora. Pero en 1989 el teatro perdió misteriosamente esa condición de privilegio, meses antes de sufrir una metamorfosis (¿irreversible?) que acabó por convertirlo en un estacionamiento.
Una ley nacional de tiempos de Frondizi, la 14.800, pretendió evitar la muerte por knock out de los espacios teatrales. Su texto, muy breve, señala sucintamente que todo propietario de un teatro tiene la obligación, si llega a derribarlo, de levantar una nueva sala de similares características.
Sin embargo, como la ley no impone plazo alguno para la soñada reconstrucción, cualquiera puede tirar abajo un teatro con la eterna promesa de volver a levantar uno nuevo, sin necesidad de tomarse el trabajo de cumplir con su palabra. De manera que todo el mundo actúa dentro de la más perfecta legalidad: tal cual está, la ley a nadie ofende y a nadie beneficia; es como si no existiera.
Derogar de prepo
Por si algo faltaba para asegurar su inexistencia, el Ministerio de Economía dictó a fines del año último una resolución que "derogaba" la ley 14.800; una aberración jurídica a todas luces inconstitucional, que pretendió facilitar las cosas a las implacables topadoras de quienes construyen estacionamientos. Como suele decirse, hecha la ley, hecha la resolución.
Hace pocos días, el juez federal Martín Silva Garretón hizo lugar a un recurso de amparo que vuelve las cosas para atrás y restaura la vigencia de la ley. Así y todo, la norma, mientras no se reglamente, seguirá flotando en el limbo de las leyes sin ejecutar.
Según Carlos Rottenberg, empresario teatral, la ley tiene que garantizar la buena salud de los teatros ya construidos, pero no por ello debería impedir que una persona que levante una sala por cuenta propia pueda, si el negocio no le rinde, derribar el edificio y cambiar de rubro. Es una manera de cuidar el patrimonio y la vida escénica sin desalentar nuevos emprendimientos.
Hay otros caminos para la salvación. "En general, los teatros están en los centros de las ciudades; son espacios muy buscados para los negocios inmobiliarios", dijo Magdalena Faillace, presidenta de la Comisión Nacional de Museos. La funcionaria está trabajando en un "decreto ómnibus" que declare monumentos históricos a buena cantidad de teatros del interior, hoy en peligro de extinción, y los ponga bajo resguardo.
Puede que el decreto ómnibus acabe salvando a los teatros de los automóviles, pero los funcionarios cambian y cualquiera puede redactar un contradecreto, en el momento menos pensado, como pasó con el Odeón.







