Confesiones sentimentales en pleno vuelo

¿Cuánto hay que trabajar en la pareja para que el amor supere los obstáculos de la rutina, los enojos, el temor a entregarse al otro?
La pregunta –y su respuesta- no la escuché en un consultorio sentimental o psicológico, sino en la cabina de un avión. Es que los viajes en el aire provocan, a veces, una involuntaria intimidad retórica con quien viaja en el asiento de al lado. En ocasiones, uno esquiva ese compromiso hundiéndose en la lectura, en una película o en la música. Pero otras -como me pasó días atrás regresando de Brasil- decidimos afrontar el diálogo con quien nos acompaña por unas horas y que probablemente no volvamos a ver.
Voy a llamar Silvina a la protagonista de este relato, para que resulte verosímil pero no tan incómodo como si apelara a su nombre real.
Los viajes en el aire provocan, a veces, una involuntaria intimidad retórica con quien viaja en el asiento de al lado
Ella es la madre de tres hijos pequeños, que tenía que cuidar y atender al mismo tiempo durante las cuatro horas del vuelo, mientras uno quería ir al baño, otro usar la Tablet y el tercero pedía comida a los gritos. “Viajo sola -me contó-bah, acompañada por mis padres y hermanos”. Mi lentitud llevó a que tardara casi una hora para entender que Silvina está separada. Le conté entonces que estaba en la misma situación –sorprendentemente ambos estuvimos casados el mismo tiempo, casi 10 años- y que poco a poco me estaba acostumbrando a viajar solo con mi hijo.
Acordamos en que la situación no es fácil, pero que a la vez podía resultar muy placentera para reforzar el lazo más hermoso del mundo.
Luego, la charla amagó con ponerse un tanto melancólica cuando Silvina me preguntó cuánto había luchado yo por superar los problemas con mi ex pareja antes de llegar a la separación. Le dije que hice todo lo que pude, aunque uno nunca sabe si realmente fue así. Ella me respondió que todavía recordaba cuando prometió, al casarse, estar unida a su marido hasta que la muerte los separara. Y que, aunque tenía claro que el vínculo con su ex ya estaba terminado, no podía dejar de pensar en sus padres, que, como los míos, estaban juntos desde hacía mucho tiempo y que por lo tanto habían aprendido a superar, justamente, enojos, vacíos y temores.
Entonces coincidimos en recordar que varios de nuestros amigos que se habían separado ya “reincidieron”, porque la búsqueda del amor es permanente. Y también, porque aunque uno se vuelva más cínico y precavido luego de un fracaso sentimental fuerte, sobre todo porque pensábamos que aquella primera experiencia duraría “toda la vida”, la sensación de querer construir otro vínculo forma parte del hecho de sentirse vivo.
Así, con frases a medio terminar, el avión aterrizó y cada uno tuvo que ocuparse de sus respectivos hijos y del equipaje de mano. Solo restaba decirse “Chau, suerte”, para pisar tierra firme y pensar -mientras cada uno esperaba en la fila para hacer el trámite de migraciones- cuándo será la próxima vez que nos enamoraremos. Y cuándo será que estaremos dispuestos a brindarnos nuevamente a otra persona, con los ojos cerrados.









