Consenso en política exterior

Andrés Cisneros
Andrés Cisneros PARA LA NACION
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29 de septiembre de 2017  

Un artículo del ex vicecanciller y experto en el tema Roberto García Moritán publicado aquí hace unas semanas destaca nuestro perfil de voto en las Naciones Unidas según nuestra coincidencia con Estados Unidos y su comparación con vecinos sudamericanos y la Europa occidental.

Las cifras que aporta comienzan en 2015, pero es justo recorrer el camino desde el momento en que dimos el primer paso hacia la cercanía del momento actual.

Existe un destacado desarrollo de Francisco Corigliano en el tomo XV de la Historia general de las relaciones exteriores de la República Argentina, obra que codirigí con Carlos Escudé, en la que se trabajó exhaustivamente en el nuevo perfil de voto.

Para 1983 votábamos con un 13,3% de coincidencias, y para 1990, cuando comenzamos a cambiarlo, nuestro voto era el más antinorteamericano de la comunidad internacional, sólo superado por Cuba, Yemen y Sudán, luego de decenios de desalineamiento automático respecto de Washington.

A partir de ese año, toda la región sudamericana comenzó a elevar sus coincidencias. Para 1995, Brasil ya llegaba al 41,1%, y Colombia, al 38,7%. España, herencia del socialista Felipe González, lo hacía al 52%. Italia, en el 74,2%, y la Argentina, el 56%, para descender al 44,4% al finalizar la gestión de Guido Di Tella, momento en el cual Brasil se mantenía en un 38,7%, Chile en 40,3% y Colombia en el 34,7%.

Cito aquella obra: "Si bien la Argentina aumentó sus coincidencias de voto con Estados Unidos, su perfil no fue el propio de un alineamiento automático. En todo caso, pudo ser alineado, pero no automático. Mantuvo un porcentaje de mayores divergencias que aliados de Estados Unidos como Gran Bretaña e Israel (del 73,5% al 85%), e incluso del 97% del israelí para 1995. Vale acotar que entre 1997/99 la Argentina ni siquiera figuró entre los diez países con mayores coincidencias de voto con Estados Unidos (curiosamente, alcanzó porcentajes inferiores a los de Francia, tradicionalmente percibida como antinorteamericana, que en esos años osciló entre el 73 y el 78,3% de coincidencias con Washington)".

A partir de estos datos, se continúan los aportados por García Moritán: para 2015 votamos un 39,5% en coincidencia, "mientras que Brasil lo hizo en un 37,7% y Chile, en un 39,7%". Por si no bastara: "...en lo que hace a los temas que más interesan a EE.UU. en las Naciones Unidas, la Argentina lo hizo en un 66%; Brasil, en 58,3%, y Chile, 61,5%". Esto es, aun en pleno kirchnerismo, acompañamos más a Washington que nuestros principales vecinos, y por cierto mucho más que durante los años 90.

Termina bien García Moritán al señalar el equilibrio que existe hoy entre nuestros votos y los de Brasil y Chile, porque ello constituye un índice por demás elocuente de que tanto adentro, entre los argentinos, como hacia afuera, con la región, nos encontramos construyendo coincidencias que comenzaron 30 años atrás, con otros gobernantes, pero cuyas bondades los gobiernos posteriores parecen ir reconociendo, cada uno con su grano de coincidencias, esas que constituyen la argamasa de cualquier política de Estado. Argamasa que no se inventó ahora, sino que comenzó en los años 80 y 90.

El actual gobierno recibe ataques a menudo feroces en prácticamente todas las áreas excepto la de las relaciones exteriores, donde las críticas apuntan a procedimientos, no al centro conceptual de nuestra relación con el mundo. Está tomándonos 30 años, pero por fin parecemos prudentemente encaminados hacia una política exterior de Estado.

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