
Controversia sobre el fin de la ciencia
Por Eitel H. Lauría Para LA NACION
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En una nota anterior (LA NACION, 6 de marzo de 2006) se expuso el tema de la evolución de la ciencia a través de la historia de la civilización, señalando el carácter progresivo y acumulativo de los conocimientos científicos. Esto hace de la ciencia una actividad social ascendente, caracterizada por el creciente rigor de sus estructuras conceptuales y el aumento constante de la precisión de sus evaluaciones. Es oportuno recordar que se trata de la ciencia pura o búsqueda del conocimiento por el conocimiento mismo, con particular énfasis en las ciencias naturales, tales como la física y la biología, cuando el tema es el fin de la ciencia.
Por otra parte, el siglo XX ha sido escenario de una controversia planteada en los siguientes términos: por un lado se sostiene que la ciencia continuará evolucionando en forma progresiva y acumulativa, y por otro, que la ciencia, más tarde o más temprano, se enfrentará con barreras infranqueables y detendrá su marcha ascendente.
Un libro que expone exhaustivamente esta última posición es El fin de la ciencia (1996) de John Horgan, un escritor americano de temas científicos. Horgan después de realizar entrevistas y consultas con científicos de primer nivel expresa lo siguiente: "Los científicos se están topando contra los límites del conocimiento, desde los físicos de partículas que sueñan con una teoría final de la materia y la energía hasta los neurocientíficos que investigan los procesos cerebrales que dan soporte a la conciencia".
En especial, en el área de la física de las partículas, los científicos han desarrollado un coherente y preciso modelo estándar que, según lo expresado por el premio Nobel Sheldon Glasgow, en 1989, no ha mostrado "ni la más pequeña grieta" y que "no tenemos evidencia o pista experimental alguna que pueda guiarnos en la construcción de una teoría más ambiciosa".
Asimismo, es evidente que los avances concretados en relación a la mecánica celeste, o a la tabla periódica de los elementos químicos, o a la estructura del ADN, indican que "la época que vivimos es la edad en la cual estamos descubriendo las leyes fundamentales de la naturaleza y que esa época nunca volverá", según expresó el premio Nobel Richard Feynman, en 1965, en su libro El carácter de la ley física.
La era científica
El fin de la ciencia ha tenido defensores anteriores a Horgan, destacándose entre ellos Gunther Stent, un biólogo de la Universidad de California, en Berkeley. En su libro La llegada de la Edad Dorada: una visión del fin del Progeso (1969) sostiene que la ciencia puede estar avanzando a una velocidad sin precedentes, justamente poco antes de chocar contra sus impasables límites. Cuanto más rápido progresa, más cerca está de su final". Ese final, según otros estudiosos del tema, será no sólo científico sino económico, dado que los costos del instrumental están creciendo exponencialmente.
En forma resumida, la posición que sostiene un no muy lejano fin de la ciencia pura se basa en el argumento siguiente: la ciencia ha avanzado extraordinariamente en los últimos cuatro siglos y no podrá continuar haciéndolo así para siempre. Visto desde una perspectiva histórica, la era del progreso científico ha sido un fenómeno singular. Según este enfoque, la "revolución científica" podría equiparase a la Edad de Bronce, o a la "explosión de la población", tarde o temprano llegan a su fin.
Desde otro ángulo, el fin de la ciencia pura no implica el fin de la ciencia aplicada y de sus realizaciones tecnológicas. En efecto, es probable que en materia de computadoras muchísimo más veloces, basadas en otros principios físicos –o de aplicaciones de ingeniería biomédica revolucionarias en la cura de enfermedades y en la creación de tejidos y órganos, o en la utilización de nuevas energías inocuas para el ambiente, o en la invención de robots casi humanos– exista todavía muchísimo camino por recorrer.
Por otra parte, las profecías sobre el fin de la ciencia pura son causa de polémica en la comunidad científica. Un argumento utilizado frecuentemente para poner en duda esa eventualidad es el siguiente: muchos físicos de fines del siglo XIX, después de casi tres siglos de éxitos sin precedente de la física iniciada por Galileo y Newton, pensaban que habían alcanzado la cumbre del conocimiento y que no restaba nada fundamental por conocer. Pocas décadas después, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica produjeron un inesperado y dramático cambio en la evolución de la física.
Además, la historia de la ciencia muestra que a veces el surgimiento de observaciones y hechos experimentales inesperados y sorprendentes tiene fuertes implicancias teóricas. Por ejemplo, un muy pequeño corrimiento del perihelio de la órbita de Mercurio, imposible de explicar en el marco de la teoría de la gravedad de Newton, pudo ser explicada con una nueva y revolucionaria teoría: la relatividad de Einstein. La historia registra otros casos similares que restan validez a las predicciones sobre el futuro de la ciencia. Es célebre la afirmación del filósofo Augusto Comte (1798-1857) sobre la imposibilidad de conocer la composición química de las estrellas. En la actualidad se tiene un conocimiento detallado del tema y un elemento químico –el helio– fue descubierto primero en una estrella –el Sol–y después en la Tierra.
En resumen, la historia de la ciencia encierra una compleja trama en la que se entrelazan un cúmulo impresionante de conocimientos sólidamente comprobados, teorías rigurosas –aunque generalmente reemplazadas por otras de mayor alcance–intuiciones geniales de algunos científicos e hipótesis que después de algún tiempo se revelan falsas. De ahí la necesidad de adoptar una actitud prudente respecto del futuro de la ciencia pura.
Además, existen importantes interrogantes en materia de procesos naturales aún no dilucidados o de incógnitas no develadas. Ejemplos pertinentes son, respectivamente, los siguientes: ¿cuál es el proceso que permite transformar una célula fertilizada en un complejo mamífero? ¿Existe vida más allá de la Tierra? La eventual dilucidación de interrogantes como los precitados puede originar, tal vez, replanteos cientificos profundos. Sólo el futuro podrá decirlo.






