
Corea y Japón: el fútbol logró unirlos
La historia en común de los dos anfitriones asiáticos suma un rosario de desacuerdos y contradicciones que aún no cesa
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TOKIO
Para los cerca de un millón de aficionados que visitarán por primera vez Japón y Corea del Sur con motivo de la Copa del Mundo 2002 de fútbol, los dos anfitriones asiáticos quizá parezcan una pareja tan cómoda y similar como, digamos, España y Portugal.
Desde su proximidad geográfica hasta sus idiomas relacionados entre sí, tradiciones comunes de budismo y confucionismo, y sus cocinas caracterizadas por el arroz y los palillos, Corea y Japón efectivamente comparten tanta cultura como los vecinos europeos más cercanos.
Pero para estos dos milenarios rivales asiáticos, trenzados en una tensa y un tanto embarazosa sociedad como los primeros coanfitriones de la celebración deportiva más grande del mundo, una analogía europea más adecuada sería la de Francia y Alemania antes de que la Unión Europea forjara una amistad que finalmente superó su larga rivalidad.
Después de más de dos milenios de una historia estrechamente ligada, incluyendo los amargos años de 1910 a 1945, cuando Japón gobernó a Corea como colonia, los dos países aún se destacan como la más eminente pareja despareja de Asia. Alianzas de seguridad con Estados Unidos e intereses económicos mutuos los obligan a convivir. Pero para los visitantes que viajen de un país a otro, prácticamente todo lo demás -desde el sabor de sus comidas y los temperamentos nacionales, hasta la geografía rudimentaria- parece separarlos marcadamente.
Como una pareja que tiene graves diferencias, los dos países nunca han logrado ponerse de acuerdo en muchas cosas, incluso en aspectos tan básicos como el nombre del estrecho brazo de mar que los separa. (Es el mar de Japón para uno, y el mar Oriental para el otro.) Sus papeles compartidos de anfitriones sólo les han proporcionado nuevas oportunidades para criticarse y atacarse, y para tratar de superarse mutuamente.
Las dos naciones han gastado en forma extravagante, invirtiendo entre nuevos estadios y obras relacionadas con la Copa del Mundo, nada menos que 8000 millones de dólares y, en cada caso, cada nación ha tratado de superar lo hecho por la otra.
Corea del Sur se opuso a la elección de los nombres para las mascotas por considerar que eran excesivamente japoneses. En tanto Japón, que rechazaba la posibilidad de ocupar un segundo lugar ante un país al que siempre ha considerado su vecino más pobre y pequeño, luchó tan denodadamente por el orden de los nombres de los países en el título oficialmente decretado por la FIFA -Copa del Mundo Corea-Japón 2002-, que los acuerdos en cuanto a los hospedajes y los partidos estuvieron en duda durante algún tiempo.
Disputas como éstas palidecen, sin embargo, en comparación con la profunda división que persiste entre ambos países en torno de su historia. Esto fue poderosamente subrayado a finales de abril por la visita del primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, a un santuario shinto en Corea que conmemora a los japoneses caídos en la guerra.
Koizumi hizo todo lo posible para garantizar a los coreanos que no había tenido la menor intención de ofenderlos. Sin embargo, para Corea simplemente no hay forma de dejar en el olvido o perdonar los pasados 35 años de atrocidades y humillaciones padecidas bajo el régimen colonial nipón, que para los coreanos están simbolizados en el santuario en cuestión.
"Lo que los extranjeros no pueden comprender plenamente es que entre Corea y Japón no hay una pizca de humor acerca de ciertas cosas... y en particular acerca de la historia", dice Edward J. Shultz, director de estudios coreanos en la Universidad de Hawai.
Por reputación, Japón es el hogar de la armonía, donde los intereses del grupo siempre deben prevalecer, donde los altercados públicos son casi inexistentes e incluso los accidentes automovilísticos son inusuales. Los japoneses tienen una alta preferencia por los sabores exquisitos y las texturas, y respetan tanto la reserva y el autocontrol que se necesitan a veces muchos años de amistad para que alguien sepa lo que el otro realmente piensa acerca de un asunto.
Corea, en contraste, es una tierra audaz y extrovertida que incluso podría enseñar a los neoyorquinos algo acerca de expresar sus deseos y disgustos. Es un país donde en ocasiones se recurre al tae kwon do para arreglar una disputa después de un choque de autos, y donde aquel que no expresa claramente su opinión puede ganarse la desconfianza e incluso el desprecio de sus compañeros. En pocas palabras, Corea no es afecta a callarse sus sentimientos. Sus mujeres son partidarias del maquillaje llamativo, y la sazón de sus alimentos, que va desde el ajo hasta los picantes, es igualmente audaz.
La Copa del Mundo en la que comparten el honor de ser anfitriones, la primera por cierto que se celebrará en tierras asiáticas, fue concebida allá en 1996, en lo que pareció en ese tiempo una inspirada combinación de deporte y diplomacia que lograría el milagro de unir a estas naciones vecinas. Pero Jo‹o Havelange, el testarudo ex zar del fútbol internacional -a quien usualmente se le acredita la idea de un Mundial con dos anfitriones-, quizá no haya comprendido plenamente el abismo psíquico que ha mantenido apartados a Corea y Japón.
La relación entre Corea y Japón es tan intensa y compleja porque involucra algo más que simple hostilidad. Durante medio siglo los coreanos han odiado a Japón, al mismo tiempo que han convertido en una obsesión nacional la meta de alcanzar y superar el desarrollo de su vecino.
Durante años, los coreanos han bloqueado las importaciones de autos nipones al tiempo que construyen copias cuidadosamente hechas de los mejores modelos japoneses. Los coreanos han prohibido desde hace tiempo los programas de televisión, los libros de historietas y la música pop japoneses, pero si alguien oprime el botón de "mute" en un programa televisado de variedades en Seúl, cualquier japonés pensaría que está en su patria.
El monumental resentimiento que impulsa a los coreanos en esta competición es fácilmente uno de los más antiguos del mundo. Inmigrantes coreanos ayudaron a poblar el archipiélago hace miles de años. La realeza coreana ayudó a establecer el linaje imperial nipón en el siglo VII. Y los coreanos también se encargaron de transmitir la escritura y la religión a las islas niponas.
En el siglo XVI, artesanos coreanos secuestrados crearon las más prestigiadas escuelas de cerámica de Japón. Y en el siglo XX, decenas de miles de coreanos, trabajando como esclavos laborales y sexuales, ayudaron a sostener el impulso expansionista de Japón en Asia durante la Segunda Guerra Mundial.
Aunque Corea ha padecido un complejo de inferioridad respecto de los japoneses durante siglos, la década pasada ha registrado un cambio radical en los papales de ambos países. La economía de Japón ha estado estancada y su vida política es cada vez más disfuncional, al grado de que el antes tan temido Japón cada día se ve más marginal.
Corea del Sur, en cambio, ha estado registrando un auge económico y su democracia, con apenas 15 años de existencia, se ve cada día más vigorosa. Las incertidumbres siguen siendo enormes, pero las suertes divergentes de ambas naciones han permitido que muchos surcoreanos ahora sueñen que si finalmente se logra una integración sin problemas con la comunista Corea del Norte, sumida en la pobreza, el país resultante, de 70 millones de habitantes, finalmente podría estar a la par con Japón.
En cambio, se prevé que la población de Japón, actualmente de 126 millones, se reducirá a la mitad durante el siglo actual.
Muchos coreanos, viendo con optimismo estas tendencias, encuentran imposible no jactarse y se sienten tentados de ofrecer lecciones a un vecino que antes los humilló una y otra vez.
En estos días, los diarios coreanos están llenos de lo que antes era imposible concebir: consejos para Japón.
"El pueblo japonés espera que el gobierno resuelva sus problemas, y cuando su gobierno se muestra poco dispuesto al cambio, sufre -dice Chung Chin-sung, catedrático de la Universidad Nacional de Seúl y un experto en Japón-. En Corea, nosotros nunca hemos creído que nuestro gobierno se encargará de todo por nosotros. A eso se debe que seamos más dinámicos." En un nivel popular, sin embargo, los japoneses muestran escaso resentimiento. Los films coreanos tienen actualmente una gran popularidad en Tokio, y entre los japoneses más jóvenes todo lo coreano se considera muy elegante.
"Es muy probable que haya más japoneses estudiando coreano en estos momentos que en la última década completa -dice Ronald P. Toby, historiador en la Universidad de Tokio-. Hay una enorme cantidad de cosas por las que deberíamos sentirnos deprimidos en estos tiempos, pero lo cierto es que ahora hay en Japón una nueva conciencia acerca de la cultura coreana, que va mucho más allá de lo que se enseña en el sistema de educación pública y mucho más allá de la postura del liderazgo.
"A lo largo de los próximos 10 a 20 años -añade-, esto va a transformar absolutamente la forma en que se relacionen ambos pueblos... y quizá la gente, en el futuro, vuelva la mirada hacia la Copa del Mundo 2002 y diga que eso ayudó mucho."





