Coronavirus. ¿Dónde está el sector privado?

Fernando J. Ruiz
Fernando J. Ruiz PARA LA NACION
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2 de junio de 2020  • 19:35

Los historiadores aún discuten si la peste negra parió al Renacimiento. Fue un virus mortal del siglo XIV que viajó de Asia a Italia y mató a alrededor de un tercio de la población de la Europa medieval, un impacto superior a cualquier guerra. Según la gran historiadora Barbara Tuchman, para las elites esa pandemia fue producto de los astros -en especial cierta convergencia entre Saturno, Júpiter y Marte-, y para los pueblos fue un enojo divino por los pecados humanos. Por eso, los llamados flagelantes recorrían las ciudades castigando sus cuerpos para pedir el perdón de Dios, y luego terminaban su ruta de sangre acorralando judíos para asesinarlos por la fake news de que envenenaban los pozos.

En esa época, el rol de la Organización Mundial de la Salud lo cumplía el médico del papa. Guy de Chauliac rodeó a Clemente VI de barriles de aceite ardiendo para evitar con nubes de vapor que el virus matara al pontífice. Claro que no era una medicina para todos. Siete siglos después, varias de las explicaciones de la actual ola de muerte también dicen que es un castigo a los hombres por sus acciones. Entre las acusaciones más moralistas hablan de codicia o frivolidad, y entre las más politizadas, de capitalismo, iniciativa privada o neoliberalismo. Usan la pandemia para ajustar cuentas con aquello que no les gusta. Pero una cosa es que tengamos que cambiar para defender mejor la salud colectiva y otra, que la culpa sea humana.

Por eso, no es tiempo de flagelantes, que crean chivos expiatorios para destruir lo que detestan, sino de incentivar la imaginación sobre lo público. Esa sería la revolución de la pospandemia, nuestro Renacimiento: encontrar una nueva hibridez en la relación público-privado que potencie las energías sociales.

En China, la mordaza estatal agredió la salud de su población. Y todos aprendimos que la falta de libertad de expresión en China es un problema para la salud mundial

Esta discusión ya ocurre. En China, la mordaza estatal agredió la salud de su población. Y todos aprendimos que la falta de libertad de expresión en China es un problema para la salud mundial. Por otra parte, los Estados asiáticos democráticos pudieron aplicar técnicas de contención diferentes que las de los países europeos, entre otras cosas por un diferente tramado de lo público. Los alemanes dudaban de las técnicas de trazado digital de la proximidad que usaron en Corea del Sur por temor a su intromisión en la privacidad. Aunque sabemos hace rato que vivimos en una sociedad bluetooth, donde los dispositivos dialogan más que las personas, todavía no lo asumimos.

En Estados Unidos, esa hibridez entre lo público y lo privado recorre distinto cada estado hasta ver escenas distópicas en las que familias con fusiles de asalto protestan, frente a la legislatura, contra una gobernadora que les exigía la cuarentena. Al ver esas imágenes tuve que confirmar que no estaba viendo la serie Sobreviviente designado en Netflix; mientras, en Nueva York, las fosas comunes remiten a La guerra de los mundos, de Orson Welles. Es hora de reconocer que la ficción ayuda a entender algo de estos sucesos extraordinarios. En la geografía de América Latina se tensa al extremo la hibridez entre lo público y lo privado, y se ve, desnudo, el real tejido colectivo. Insertamos un fraseo de ciencia ficción como aislamiento social y obligatorio en la Argentina, jornada nacional de sana distancia en México, inamovilidad social obligatoria en Perú o el estado de excepción constitucional de catástrofe en Chile. Pero esas órdenes emitidas desde el centro del Estado recorren en forma desigual el laberinto social.

Es transparente cómo la voz del Estado es obedecida o no, adónde llega y adónde no su real gobierno. En parte del Amazonas se habla de etnocidio, mientras en otras zonas del Perú los comités de autodefensa organizan las cuarentenas, y cada barrio popular de América Latina tiene su mezcla híbrida de organización comunitaria y ayuda estatal. Hasta la sociedad incivil participa, como las pandillas salvadoreñas, tiranas de territorios, intimidando a batazos a los vecinos para que cumplan con la cuarentena. El desafío de imaginar lo público es, en gran medida, repensar el Estado. Y aquí es donde hay un actor ausente en la narrativa social, el sector privado, lo que mostraría que nuestro estatismo puede tener más que ver con una cultura extendida que con determinada posición ideológica.

En estas intensas semanas, hubo pocas iniciativas privadas de impacto en la conversación pública. ¿Será que tantos años de buscar salidas individuales a los problemas colectivos nos dejan sin saber pensarnos juntos? Hasta nos cuesta entender que no hay contradicción entre un gobierno de CEO y otro de científicos. Ambos son ingredientes esenciales en una gestión eficaz de lo público, por lo que es preocupante que alguno no esté. Este país sería una potencia mundial si dejara de encontrar pantanosos antagonismos donde no los hay. Pero, a pesar que pareciera que desde la sociedad solo surgen microgestos de "responsabilidad social", sabemos que pensar la producción, la salud o la educación son ejercicios constantes del sector privado. Por ejemplo, según el Ministerio de Salud de la Nación, alrededor del 70% de los contagiados por el virus tienen cobertura de obras sociales y prepagas, mientras que el 30% tienen cobertura estatal exclusiva. Este es un buen ejemplo de que una de las claves del progreso es tener gran parte de nuestro interés colectivo gestionado en forma privada.

Esto es lo que la doctrina social de la Iglesia llama principio de subsidiariedad. La sociedad no está regida por una centralización estatal ilustrada, sino por el esfuerzo de todos en un trabajo subsidiariamente organizado, donde la instancia superior no reemplaza lo que la inferior puede hacer. Si se piensa lo público como coto exclusivo del Estado se mutila la fuerza social. Por eso, recrear lo público es, sobre todo, dinamizar el mercado y la organización social.

También desde el periodismo podemos tener una visión Estadocéntrica, dejando en la sombra la gestión privada de lo público. Por ejemplo, ese rol esencial de la medicina privada en la lucha contra el virus queda subestimado en el discurso público, como ocurre con la educación privada, la creación de empleo, la economía popular y muchas áreas de la vida social.

Una cosa es que el Estado sea la última instancia de protección de lo social, como dice con razón el reconocido intelectual boliviano Álvaro García Linera, y otra, que subsumamos y ninguneemos lo privado en la construcción de lo colectivo. El esfuerzo privado para los objetivos públicos no tiene una equivalencia narrativa en nuestros debates con el lugar de lo estatal. Y eso es también por una estatización del discurso donde los actores privados no logran articular voces fuertes y creíbles.

Ya estábamos en emergencia económica antes del virus, por lo que el apilamiento de tormentas podría competir por ser una de las mayores crisis desde la organización nacional. Pero en esta nueva hora cero la sociedad parece estar dándole una oportunidad a la política para un acuerdo real, una de cuyas claves es pensar que el déficit de imaginación pública es más grave que el déficit fiscal. Dice Tuchman en Un espejo lejano, su análisis del origen de la sociedad occidental moderna, que la peste negra "tal vez fue el comienzo no reconocido del hombre moderno". Hoy este abismo quizás ayude a una reinvención de lo público que evite un recurrente fracaso al que nos llevarían los falsos flagelantes.

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