Coronavirus: ¿la oportunidad de pensar un nuevo sistema de producción y consumo?

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21 de abril de 2020  • 17:36

Habiendo transcurrido un poco más de un mes desde el arribo de la pandemia generada por el coronavirus a nuestro país, no parece haber ya mayores dudas sobre la gravedad, relevancia y dimensión planetaria de la crisis que ha provocado.

Primero, se manifestó como crisis sanitaria, pero ahora vemos que abarca la economía, el ambiente, la cuestión social, la ciberseguridad, y que incluso toca principios civilizatorios. Debido a su enorme alcance, es probable que tenga efectos duraderos que impacten en la sociedad y en la cultura, lo que obliga a prever el futuro.

Por eso, parece conveniente realizar una reflexión sobre el significado que la misma tiene para nuestra civilización y tratar de extraer alguna enseñanza que nos permita enfrentar el mundo que viene.

Así pues, consideramos que estamos frente a una interpelación de la misma naturaleza al hombre como tal. Especialmente, al actual sistema de producción y consumo que erigieron al ser humano en el centro, a la naturaleza como objeto cuantificable y al hombre como explotador de ella y también del mismo hombre.

Resuena muy actual la reflexión de Theodor Adorno y Max Horkheimer referida al sentido de la ciencia y la técnica moderna: "Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres".

Cuando aparece un virus que amenaza a toda la humanidad por igual, tanto a ricos como a pobres, son los Estados Nacionales los únicos garantes de la salud y el cuidado de los ciudadanos, no los mercados

La crisis del coronavirus cuestiona seriamente el criterio de desarrollo basado en la racionalidad instrumental económica. ¿Qué significa esto? Que el sistema de producción y consumo planetario, funciona principalmente con un criterio de obtención de la mayor tasa de ganancia posible y, paralelamente, de acumulación permanente de capital.

Esta lógica hizo que se expandan los mercados y que se achiquen los Estados. Pero cuando aparece un virus que amenaza a toda la humanidad por igual, tanto a ricos como a pobres, son los Estados Nacionales los únicos garantes de la salud y el cuidado de los ciudadanos, no los mercados.

Hasta ahora vivimos en un sistema que privilegia la ganancia por encima del valor de la vida. Como dijo el Papa: "Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa" (Papa Francisco, Homilía en la bendición "Urbi et Orbi" del 27 de marzo de 2020.

Frente a esto, la crisis nos presenta una oportunidad porque el mundo va a ser diferente cuando esta acabe. Sabemos que va a ver muchos cambios, pero a través de nuestras decisiones, tenemos que buscar que dichos cambios se dirijan hacia un sistema de producción y consumo más humano, que respete las leyes de la naturaleza y que su criterio de desarrollo esté cimentado en la valoración de la vida como principio ético fundamental.

La naturaleza es vida, los seres humanos somos parte de la naturaleza y tomamos conciencia de que si, como humanidad, ponemos en cuestión las condiciones de reproducción de la vida, destruyendo la naturaleza y provocando una crisis social irresoluble, entonces es probable que no tengamos futuro como humanidad.

El derecho/deber de vivir de todos, presupone un hecho previo, que es que los seres humanos nos reconozcamos como seres corporales y necesitados los unos de los otros

¿Cómo se puede realizar socialmente ese principio ético? ¿Cómo se traduce en términos políticos? Nos parece que para que pueda realizarse tiene que funcionar como un criterio fundante y orientador de las instituciones políticas, económicas y sociales.

Este criterio orientador significa que existe un deber/derecho fundamental: el deber de vivir de cada uno y como contrapartida, el correspondiente derecho de vivir de todos y cada uno. Nada puede estar por encima de este principio: privilegiar la salud y el cuidado de la vida, especialmente de los más débiles, por encima de una lógica económica que no está al servicio del hombre, forma parte de este criterio.

Asimismo, el derecho/deber de vivir de todos, presupone un hecho previo, que es que los seres humanos nos reconozcamos como seres corporales y necesitados los unos de los otros. Precisamente, en pleno encierro doméstico, sin posibilidad de salir a la calle, comenzamos a tomar mayor conciencia de la interdependencia, de la común vulnerabilidad, de la necesidad del otro, de la importancia del encuentro, del vínculo afectivo, de la compasión. En palabras de Francisco "Nadie se salva solo" (Papa Francisco, Homilía en la bendición "Urbi et Orbi" del 27 de marzo de 2020).

A partir de ahora, no podemos perder de vista el rostro concreto de cada persona y reducir su existencia a una fría estadística. No somos números y no somos descartables.

Esta realidad se nos hizo patente a raíz de la pandemia con el peligro que genera y con su secuela de enfermedad, muerte y dolor. Y muchas veces es el dolor lo que nos hace comprender con más fuerza esta verdad.

Como dice Miguel de Unamuno "El dolor es el punto del que surge toda posibilidad de amor, ya que cuando oímos el grito de las entrañas del prójimo, este se hace real comunicando con mi íntimo dolor". Es el hombre herido, sufriente, el que nos revela la humanidad dentro y fuera de nosotros.

La paradoja es que, posiblemente, a partir de esta dura realidad, se vislumbre la figura de un nuevo "ethos" comunitario, que nos permitirá construir un modelo social más justo y más humano, que respete a la naturaleza reafirmando el valor de la vida como bien supremo.

Desmond Tutu , el obispo anglicano de Sudáfrica, ha hecho una formulación sucinta de este argumento: "Yo soy solamente si tú también eres". No se trata de una simple afirmación moral o ética. Es una afirmación sobre la realidad en la que vivimos como seres humanos, es un juicio empírico, un postulado de la razón práctica y el fundamento de la vida en sociedad.

* El autor es abogado, docente universitario e investigador

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