Cósmicas y cómicas
De pronto se nos agrandó el vecindario cósmico. De chicos recitábamos de memoria el nombre de los ocho planetas de más cerca a más lejos del Sol: Mercurio, Venus, Tierra (¡nosotros!), Marte, Jupiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Sin olvidar a la Luna, nuestro romántico y poético satélite natural. Y eso era todo.
Entonces James Webb se pavoneaba por la NASA al frente del programa Apolo. Eran los felices años 60.
No fue de un día para el otro, pero la cosa se fue complejizando: aparecieron nuevos planetas enanos, galaxias lejanas, estrellas que se prenden y apagan. Pero nada comparado con la cantidad de fotos, un estallido de colores y destellos, que desde hace unos días nos viene ametrallando James Webb (no la persona humana, q.e.p.d.), sino el telescopio de la NASA que lleva su nombre.
Mientras aquí seguimos con nuestras pequeñeces microscópicas -guerras inútiles, ambiciones estúpidas y ruindades patéticas-, allá afuera el Universo se vuelve cada vez más profundo, con grupos de galaxias que danzan, exoplanetas, estrellas agonizantes y nebulosas que funcionan como viveros estelares donde se forman las nuevas estrellas. A años luz de nuestras cómicas (no cósmicas) nebulosas nacionales.









