
Cristina-Scioli, un conflicto que viene de lejos
C ada vez es más evidente el conflicto político que envuelve a La Plata con la Casa Rosada por la sucesión presidencial. Hoy esta confrontación aparece encarnada en las figuras de Scioli y de Cristina, pero en rigor no es un problema inédito ni tampoco inesperado; es un conflicto que podía anticiparse y no registra novedad. Pues aunque las épocas, las situaciones y las biografías no sean las mismas, basta con revisar el nudo de la cuestión para rastrear sus raíces hasta la vieja política criolla del siglo XIX, en este punto siempre reactualizada.
Un repaso histórico debe detenerse en la figura insoslayable de Julio Argentino Roca. Pero antes de hacerlo es útil evocar el último intento, frustrado, de llegar a la presidencia de la República desde el sillón de Dardo Rocha. Corría 1999, y el desafío presidencial de Carlos Menem con su proyecto anticonstitucional de una re-reelección quedó finalmente frenado, pero no obstante tuvo fuerza suficiente para erigirse en una barrera infranqueable en el camino del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, que aspiraba a reemplazarlo. Durante meses, Duhalde agitó frente a la opinión pública que él derrotaría el antiguo maleficio que había impedido a todo gobernador bonaerense el acceso directo al sillón de Rivadavia. No lo logró, fue el candidato perdidoso del oficialismo frente a la Alianza y Menem entregó -aliviado- el gobierno a Fernando de la Rúa.
No era un maleficio bonaerense, sino un ejercicio del poder presidencial de turno.
Para entender su origen es necesario remontarse a 1862, porque después de Bartolomé Mitre, que saltó de la gobernación a la presidencia de la República ese mismo año, la provincia de Buenos Aires nunca volvió a tener un gobernador-presidente. Pero hasta 1880, parecía que esta carrera podría repetirse sin grandes obstáculos.
El presidente Roca rompió ese molde y escribió en el aire esta suerte de ley de hierro que respondía a las nuevas reglas surgidas en 1880 y apoyadas en un presidencialismo fuerte y cada vez más concentrado. El primer episodio lleva su firma y sello político. Roca sabía lo que hacía cuando, en 1883, le bajó el pulgar a Dardo Rocha, primer gobernador de la provincia de Buenos Aires después de la federalización, y fundador de la nueva capital provincial: La Plata. Con semejantes pergaminos, todos lo consideraban el sucesor natural, por cierto él también lo creía. Pero en su lugar, y sin dar más explicaciones, Roca promovió a Juárez Celman, el gobernador de Córdoba y su concuñado. ¿Habrá medido lo que significaba la acumulación de poder del candidato que pasaba de La Plata a la Rosada sin solución de continuidad? En efecto, con las mañas de la política criolla, ¿quién podría vencer al candidato de Buenos Aires, respaldado por los aparatos de ambos Ejecutivos? El sueño de los gobernadores bonaerenses era una amenaza para todos los demás.
Esta concepción del poder se convirtió en un legado que perduró mucho más allá del propio régimen político que lo creó. La huella indeleble del general Roca se observa como una sombra en el desarrollo posterior de las estrategias para llegar a la presidencia. Veamos otros ejemplos del pasado siglo XX.
En 1922, Hipólito Yrigoyen dejó el gobierno después de imponerle a su partido, la UCR, la candidatura de Marcelo Torcuato de Alvear, hasta ese momento embajador argentino en París. Seis años después, Alvear intentó sin éxito neutralizar la candidatura del viejo caudillo radical, y hubo quien le recomendó intervenir la provincia de Buenos Aires para vencer al "Peludo". Alvear no lo hizo, también era cierto que la fuerza de Yrigoyen no se hallaba en el Ejecutivo provincial, sino en el dominio territorial que tenía sobre el partido radical.
Después de 1930, y durante los pocos intervalos de vida constitucional que dejaron los recurrentes golpes militares, ninguno de los gobernadores bonaerenses que se postularon como candidatos a la presidencia logró su cometido. En 1950, Juan Domingo Perón vetó al gobernador Domingo Mercante y se postuló a la presidencia por segundo vez, ya habilitado por la Constitución de 1949. Vale recordar en este contexto que la desconfianza de Perón hacia Mercante creció hasta el extremo de hacerlo expulsar del Partido Justicialista en 1953. También es interesante evocar lo sucedido en las elecciones de 1963: la fórmula alternativa a la del Partido Radical del Pueblo, que llevó a la presidencia a Arturo Illia, era la del Partido Radical Intransigente, encabezada por Oscar Alende, que había sido gobernador de la provincia de Buenos Aires hasta un año atrás. Alende esperaba organizar con el peronismo un frente popular electoral para presentarse como candidato a las elecciones, pero Perón, desde su exilio en Madrid, propuso para integrar la fórmula a un conservador como Vicente Solano Lima. Como era de esperar, Alende no lo aceptó como compañero de fórmula y se postuló con Sylvestre Begnis, mientras el peronismo se abstenía de votar.
Finalmente, ya en tiempos recientes, la crisis institucional y política de 2001 le dio a Eduardo Duhalde, a través del voto de la Asamblea Legislativa, la posibilidad de llegar a la presidencia de la República, para cumplimentar el período interrumpido por Fernando de la Rúa. Sólo así llegó el hombre fuerte de la provincia de Buenos Aires a ocupar el sillón de Rivadavia, pero por un plazo determinado. Una excepción a toda regla, que por cierto, la estrategia de poder de Néstor Kirchner se encargó de enmendar.
No cabe duda de que estamos acercándonos a otra sucesión presidencial que reedita por sí misma esta fuerte confrontación entre los Ejecutivos bonaerense y nacional, cuestión que ha marcado la historia nacional desde 1883.
En definitiva, no hay un maleficio bonaerense de inexorable cumplimiento, sino una dura y más que secular disputa de poder.
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