
Crueles y sensuales
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Esta es una historia de tribus de mujeres. Las rapadas, las anfibias, las gárgolas. Las rapadas practican mutaciones y detestan las celebraciones compulsivas; las anfibias son constructoras febriles y saben que los cuerpos son ingobernables; las gárgolas buscan posarse en la distancia para encarnar lo desconocido.
Algunas son mujeres que pueden respirar debajo del agua pero también las hay que caminan erguidas. Pueden ser niñas crueles o infantas de una bondad exquisita. A tal punto que la niña protagonista, la santa rapada, pide que se celebren bodas entre solteros difuntos, "dicen de ella que conoce la pena de los ausentes".
Su lema es: hasta que la muerte los una, descree del matrimonio en vida, lo considera un accidente, "la chispa de una alteración, no un estado perdurable." Pero esa misma niña es la que enfurece locamente, la del atroz berrinche. Sólo su padre la calma con un beso después de un día de caza. La filiación salva y a la vez condena.
Anfibias , la novela de Flavia Costa, es extraña, potente. Se la toma (como un elixir) o se la expulsa (como un veneno). Todo sucede en un lugar llamado Beliston, y todo indica que es un lugar creado en la lengua, en la exploración de eso que ocurre cuando la escritura se desboca.
Lo femenino se despliega en busca de formas nuevas. Porque, como dice el narrador, "las mujeres sólo son sensibles a padecimientos abstractos". Y cuando esta abstracción se convierte en una trama, los conceptos se vuelven personajes. Así, la autora hace hablar a la Insistencia y a la Tenacidad porque prefiere dar cuenta de los efectos de un concepto que de su definición.
Si bien la novela parece situarse en una zona hecha de residuos de la cultura, postula una trama mitológica, una especie de ciencia ficción poética de espectros sin futuro. La única esperanza de vida son los sueños. El sueño de un niño que se duerme llorando; el sueño de una viuda joven; el sueño de una princesa; el sueño de un homicida. El sueño es a Beliston lo que los anillos a Saturno, forman parte de su constelación. Nadie parece estar despierto y los que despiertan, hubieran preferido no hacerlo.
La novela no escatima crueldad, pero no sabemos si realmente es feroz lo que está pasando en Beliston o son las mismas palabras que exhiben su poderío. El libro está hecho de palabras que se tocan unas a otras, provocando un lenguaje sensual al tiempo que conceptual.
"¿En qué momento caímos en el tiempo?" se pregunta un personaje. Es el tiempo de la narración, de lo narrado. De eso se trata, de la historia hecha y deshecha de eso que nos han contado, de las escrituras y de las habladurías. En una nota final, la autora comparte con el lector la secreta confección de esta novela: "Este libro contiene citas, casi siempre modificadas, de James Ballard, Samuel Beckett, Italo Calvino, Luis Chitarroni, Heráclito, Kafka, Pavese, Lao Tsé" (entre otros).
Retazos de textos que se convierten aquí en ovillos de nuevas tejedoras.





