Cruzar los Andes doscientos años después

Gabriel M. Astarloa
Gabriel M. Astarloa PARA LA NACION
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18 de febrero de 2017  

Haber vivido en estos días la maravillosa experiencia de cruzar la cordillera de los Andes a caballo por la misma ruta que siguió el General San Martín en febrero de 1817 permite no sólo tener una dimensión más acabada de esa epopeya, sino que también nos genera múltiples impresiones y algunas reflexiones sobre su significado actual.

Junto con la Revolución de Mayo y la Declaración de la Independencia, este acontecimiento completa la tríada de celebraciones bicentenarias más significativas. El genio político y militar de San Martín es admirable. Por un lado, consigue afianzar nuestra libertad y obtener la emancipación de Chile y Perú. Por otro, lleva adelante una acción que es considerada una de las grandes hazañas bélicas de la historia universal.

Se trató de una verdadera proeza para lo cual debió previamente organizar un ejército durante más de dos años, con los limitados medios que contaba. El cruce tuvo lugar por seis pasos distintos con el fin de desorientar al adversario. Casi 6500 hombres recorrieron cientos de kilómetros, llevando 10.000 mulas de las que sólo sobrevivieron la mitad. Logró tener la indispensable ayuda de baquianos que conocían el terreno, un eficaz sistema de chasquis entre las columnas y una logística propia para la alimentación.

En una muy ponderable iniciativa, desde 2005 el gobierno de la provincia de San Juan realiza el cruce de los Andes hasta el límite con Chile por la senda sanmartiniana. En esta edición del Bicentenario, más de doscientas treinta personas fuimos parte de la expedición, que contó con una esmerada organización, comunicaciones satelitales, refugios de montaña con equipamiento, y la insustituible colaboración de arrieros, caballos y mulas. Durante seis largas jornadas pasamos por Las Hornillas, Manantiales, Trincheras de Soler (más conocido como "La Fría", donde soportamos una noche de 10 grados bajo cero) y el desafiante portezuelo del Espinacito, a 4750 metros de altura (el regreso por el Cañadón de la Honda resultó todavía más apremiante), hasta llegar al inmenso y bello valle de Los Patos Sur. Desde allí recorrimos las últimas cuatro horas al hito fronterizo en el paso de Valle Hermoso, donde participamos de un emotivo acto cívico-militar con nuestros hermanos chilenos. En todo el trayecto transitamos muchas veces por angostos desfiladeros, cruzamos decenas de cursos de agua, gozamos del colorido de las montañas, y hasta en un par de ventanas tuvimos a la vista el imponente cerro Aconcagua.

La cabalgata proporciona ricas y variadas impresiones, ya que en rigor sentimos realizar muchos viajes simultáneos: por la geografía, la historia, la interioridad personal y la socialización con quienes compartimos la aventura, sin excluir la estrecha relación con el caballo. Si hoy la travesía sigue implicando exigencias y dificultades, cabe imaginar cuánto mayores fueron para el Ejército de los Andes, con el aditamento de que esos hombres marcharon para entrar en guerra. En el terreno vamos aprendiendo datos básicos sobre la historia del cruce, lo que nos confirma cierta ignorancia sobre el tema que luce reprochable dada la magnitud y significación de aquella proeza.

Nos sorprende la belleza del paisaje a medida que se penetra en el interior de la montaña, del mismo modo que ocurre en las relaciones humanas cuando se profundiza el trato entre las personas. No hubo grieta alguna en la convivencia alegre, patriótica y solidaria entre tantos expedicionarios de diversos perfiles y procedencias. Durante el encuentro en el límite de los dos países acompañamos con cariño fraternal el himno chileno y no logramos contener las lágrimas al entonar nuestra canción patria. Sentimos que una mayor integración entre los pueblos sudamericanos sigue siendo todavía una asignatura pendiente.

Si hace doscientos años la gesta sanmartiniana contribuyó a la independencia de la América del Sur, esta inspiradora travesía con largas horas de marcha silenciosa nos trae a la mente un agudo interrogante: ¿cuáles son los objetivos políticos que hoy deberíamos alcanzar como nación y que requieren para su logro de los esfuerzos más ingentes?

Las respuestas no se demoran. Aunque hemos subido la cuesta que felizmente nos trajo una democracia estable hace más de tres décadas, hoy se requiere "cruzar los Andes" para alcanzar una mayor calidad institucional en todos los ámbitos, reduciendo los niveles de anomia que nos caracterizan como sociedad; también para encontrar la senda del crecimiento económico que permita mejorar la calidad de vida y sacar de la pobreza a un tercio de la población. Finalmente debemos proponernos luchar contra la corrupción en todos los frentes, para terminar con la impunidad.

Nos parece que a partir del nuevo cambio de gobierno iniciado a fines de 2015 estamos en la buena senda para intentar avanzar en el camino en dirección a estas metas. Ello requiere del esfuerzo diario de todos, y en especial de políticas públicas acordes sostenidas en el tiempo, lo que supone consenso y madurez en nuestra clase política.

Valga la paradoja. Si hoy, como hace 200 años, seguimos contando con la nobleza de los animales para trasladarnos en la montaña, la virtud que requerimos de nuestra dirigencia para estos recorridos propuestos es aquella que convierte a la política, como enseñaba Aristóteles, en la más noble de las ciencias prácticas dado que no persigue un beneficio particular, sino el bien de todos.

Definitivamente, no volvemos de la Cordillera siendo los mismos que partimos. La gesta sanmartiniana nos conmueve y predispone a renovar con mayor patriotismo y entusiasmo el compromiso de trabajar para hacer de nuestra querida Argentina el país que soñamos.

Procurador general de la ciudad de Buenos Aires

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