
Cuando la fe se vuelve líquida
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Ateos, sí, pero que cada diciembre decoran un árbol lleno de luces y nieve. Musulmanes, sí, pero que justo antes del inicio del Ramadán (en agosto, pleno verano europeo) pasan por el Winter Wonderland lanzado por el Harrod’s de Londres a comprar adornos y decoraciones navideñas con las que engalanan sus casas. Judíos, sí, pero que lo mismo organizan para estas fechas una cena familiar y tienen (si no el árbol y el pesebre) sí los regalos. Cristianos, sí, pero que lo mismo (más allá de lo que advierte el Papa sobre el avance de la Navidad comercial y la necesidad de volver al misterio del Nacimiento) acomodan un pino en el living y lo saturan de regalos y de panes dulces. Las formas en las que las religiones y creencias pueden llegar a mestizarse son, por definición, curiosas. A menudo (como tan bien apunta el investigador Félix Coluccio en su maravilloso libro Devociones populares argentinas) las cruzas inesperadas que habilitan la fe o la costumbre pueden derivar en lo que el experto denomina "santoral sospechoso". Esto es, un panteón de devociones de entrecasa crecido a espaldas del canon (mujeres muertas de manera asombrosa, como la Difunta Correa; hombres muertos en circunstancias escandalosamente injustas, como el Gauchito Gil) a las que se recurre casi como a una instancia "de mediación" entre las penurias humanas y los santos y los ritos "oficiales". ¿Por qué no habría de pasar entonces algo parecido con la Navidad? En efecto, paulatinamente separada de su contenido religioso original, ésta se fue impregnando de valores diferentes pero "universales": familia, unión, etcétera. Y todo esto en un contexto de "espiritualidad laica" que a muchos aún les resulta difícil comprender. Con estas nuevas coordenadas (analizadas en parte por Umberto Eco y Carlo Maria Martini, arzobispo de Milán, en el fabuloso ¿En qué creen los que no creen? y tangencialmente también por Zygmunt Bauman en Vida líquida), la Navidad despliega este flamante estado de cosas. Quizá de lo que se trata es de sumar, de descubrir los lazos en común más allá de las religiones. Así, a partir de ideas a las que bien o mal todos suscribimos, la Navidad se redefine como un espacio de reencuentro al que cada quien llega como puede: desde la fe, algunos; desde el amor a la familia, otros; desde la pura inercia, tantos más. Es que, en tiempos de certezas, vínculos y devociones fluctuantes, hasta las mezclas más inverosímiles se vuelven posibles. Y nada mejor que la Navidad líquida para entender de qué estamos hablando.





