
Cuento de una tarde de sol
REALMENTE, no es fácil bloquear el flujo de pensamientos y conseguir, siquiera sea por un rato, no pensar en nada. Era la consigna que vanamente intentaba imponerse Catilinario Peribáñez, echado de cara al sol, bajo un cielo límpido, sintiendo en su piel la caricia inefable de una brisa tibia. Sin embargo, ese perfecto día de verano y la placidez que lo rodeaba no lograban alejarlo de las ansiedades e incertidumbres que tenazmente revoloteaban en su cabeza.
Después de doce meses de puro estrés había vuelto a ponerse el short de playa y la comprobación de que le quedaba un poco chico, de que su panza lucía rubicunda por tanto vermicelli y tanta provoleta, le resultaba acaso tan irritante como esa otra: si no conseguía sacudirse de encima las preocupaciones, le estaría vedado el gozo de no pensar en nada y tampoco podría disfrutar sus bien ganadas vacaciones y la bendición del dolce far niente , con su mente levitando entre la fiaca y el letargo.
Echada a su lado, Hermenegilda le pidió que le embadurnara la espalda con una gruesa capa de bronceador, y él reaccionó casi como un autómata. Ocupó diez minutos en esparcir la melaza por esa piel amada, a cuyo contacto experimentó una rara sensación de gratitud y remordimiento. Acababan de cumplir veinte años de casados, de homogéneas precariedades, de sacrificios compartidos, de ilusiones en paulatina retirada, y aunque Hermenegilda jamás esbozó una queja y menos un reproche, Catilinario Peribáñez no olvidaba las promesas que le había formulado en un zaguán umbrío, aquella noche en que ella le dio el sí. Le había prometido amor eterno y una vida halagada por comodidades que serían el fruto de su trabajo.
Las ilusiones perdidas
Sin embargo, el fruto de su trabajo nunca fue suficiente para aliviar privaciones y disfrutar esa otra felicidad, la que se compra con dinero y no es menos digna. De a poco, el carácter de Catilinario Peribáñez se volvió más y más agrio, a medida que la realidad fue arrinconándolo contra las cuerdas hasta convertirlo en un vapuleado guiñapo, vacío de esperanzas, con los nervios de punta y horrorosos moretones en el alma. Se transformó, inevitablemente, en un gruñón de entre casa, aunque todavía capaz de gestos de ternura como ése: la espalda de Hermenegilda era ya una vasta planicie acaramelada, sobre la que su mano vagabundeaba dulcemente, con gratitud y remordimiento.
Al rato apareció Leticia, se repantigó junto a ellos y Catilinario Peribáñez comenzó con su previsible monserga: que el biquini era demasiado audaz y provocativo, que una chica decente debía ser más pudorosa, que patatín, que patatán... Primorosa criatura de dieciocho años, Leticia era su hija única, la luz de sus ojos y, desde luego, un valor agregado a sus quejumbrosas cavilaciones. La chica hizo oídos sordos a la perorata, hasta que su padre se llamó a silencio y los tres sucumbieron al plácido encanto de esa azotea rebosante de sol, sin nubes a la vista... Una azotea de baldosas rojas, de macetas con malvones y sábanas tendidas que flameaban a la trémula brisa, en la que Catilinario Peribáñez no atinaba a poner la mente en blanco.



