Reseña: Historias tardías, de Stephen Dixon

Cuentos que dan forma a la novela de una vida
Pedro B. Rey
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20 de enero de 2019  

Borges estuvo a la vanguardia cuando eligió "Wakefield" como uno de sus cuentos preferidos de todos los tiempos. En Estados Unidos, el relato de Nathaniel Hawthorne todavía hoy es considerado secundario en el canon del autor de La letra escarlata. Borges, en todo caso, legó con ese gesto una vocación por armar, contra lo establecido, mapas personales de una literatura ajena. No es tan raro entonces que el fabuloso neoyorquino Steven Millhauser haya sido más leído en estas costas que Don DeLillo, maestro de la paranoia contemporánea.

Después de Cynthia Ozick o David Markson, una nueva contraseña americana para los lectores locales es el veterano Stephen Dixon (Nueva York, 1936), un creador de tranco intimista que domina silbando bajito, casi escondiéndola, una reserva inmensa de recursos narrativos. Historias tardías es el cuarto libro de él que se publica en la Argentina (todos por la misma editorial y con el mismo traductor, algo decisivo para el tono). Editado en inglés en 2016, no debió ser arrancado de ningún viejo arcón: es contemporaneidad pura.

Aunque publicó novelas, Dixon -un autor menor, pero en lo menor se esconde muchas veces lo mayor- es conocido como un compulsivo cuentista en su país, donde obtuvo, entre otros premios, el O'Henry. Historias tardías tiene, sin embargo, una particularidad: el sistema que arman los 31 relatos es tan cerrado que una lectura en orden disgrega el efecto individual y produce la ilusión de una novela episódica y distraída.

Para lograr ese artificio, Dixon propone un mismo personaje principal, incluso un mismo narrador, use la primera o la tercera personas, que van y vienen de manera pendular. Philip Seidel es un escritor octogenario de origen judío, anclado en Baltimore. Perdió a su mujer, Abby, especialista en literatura rusa, hace pocos años tras una larga enfermedad, y tiene dos hijas que viven lejos. En el día a día, deambula por ahí sin dejar nunca de escribir a la antigua, tipeando a máquina, atento a su gato. Dixon se toma el pelo por medio de su apenas velado álter ego. "Escribe -se lee en "Terapia"- todos los días, siempre logra hacer algo [?]. Que los editores -los grandes editores y los pequeños y prestigiosos- no estén interesados en su trabajo tampoco le molesta [?] Todavía se divierte escribiendo".

Esa mezcla de inercia lúdica y morosidad cotidiana moldea cada página de Historias tardías. Hay continuas referencias al oficio de escribir, aunque nada de eso estanca el libro en una pretenciosa colección de máximas. Seidel podría haber sido ingeniero y el libro sería igual de atractivo.

Leídas individualmente, las historias proponen sobre todo una forma. Pueden funcionar como clásico relato de juventud americana ("La chica") o reformular la idea de Georges Perec sobre las listas en una narración articulada (en "Recuerda", entre tantos otros). También homenajea a Chéjov ("En o Por el camino") con una inteligencia que hace empalidecer a los muchos epígonos estadounidenses del ruso. En "Lo que van a encontrar" el narrador se anima incluso a proponer su propia muerte (rápida, casi intrascendente) e imagina la precisa distribución de objetos que encontrarán sus hijas en su hogar.

Leídos en conjunto, en cambio, los relatos construyen la autobiografía de Seidel (si no es Dixon, se nutre de sus experiencias) a la manera de un cubo Rubik. El perfil de Abby revive en la escritura. Con el correr de los relatos se pueden recobrar los momentos clave de su relación: el día que se conocen, el casamiento, los años de enfermedad o la fenomenal revelación, de parte de Phil, de que antes de conocerla, por solo una tarde, se había sentido atraído por una chica casi idéntica a ella. Hay vecinos que se preocupan por su soledad, el retorno de algún amor potencial, unas cuantas historias hospitalarias, mucha literatura, arte y música (Abby, como se revela en "Intermezzo", sabía tocar al piano Brahms).

A Historias tardías, un libro extenso, no le falta monotonía, pero es el riesgo colateral de su experimento: cómo conjugar lo informe de una larga vida con la perfección estructural de un relato. Su condición bifronte, que permite leerlo a los saltos, como una rayuela, ya sin preocuparse por el género a que pertenecería, es la vuelta de tuerca perfecta.

Historias tardías

Por Stephen Dixon

Eterna Cadencia. Trad.: Ariel Dilon. 382 págs./ $ 499

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