
Darwin y la conducta criminal
Primarosa Chieri Para LA NACION
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Entre las múltiples y variadas noticias que han trascendido últimamente en los medios periodísticos, hay dos que, si bien parecen ser completamente disímiles, podrían, a mi parecer, estar vinculadas. Por un lado, los homenajes en conmemoración del sesquicentenario de la publicación del libro de Charles Darwin El origen de las especies y, por otra parte, los innumerables crímenes cometidos por jóvenes con el fin de robar un auto o un celular a todo tipo de víctimas.
¿Por qué tal asociación? Respecto de la teoría evolucionista desarrollada por Darwin en su libro, el autor explica que la evolución está basada en la lucha por la vida, en la que sobreviven sólo aquellos individuos que, por algunas características heredadas por azar -como podrían ser rapidez, fuerza, agresión- los ha hecho más aptos que los demás individuos de la misma especie y de la misma generación. De este modo, podrán llegar a la edad adulta reproductiva y perpetuar la especie.
Es importante destacar aquí cómo trabaja la evolución y cómo los organismos se adaptan a un particular medio ambiente, donde determinadas características son seleccionadas sobre otras. Estas características, o estos rasgos, no solamente abarcan los aspectos estructurales de los organismos, sino también el de los diferentes tipos de conductas, por lo que se entiende que, finalmente, somos el producto de nuestra biología y del medio ambiente al que hemos sido expuestos desde la concepción y durante el transcurso de toda nuestra vida. Ambos están estrechamente vinculados y no puede asegurarse si hay más de uno o de otro, y es, posiblemente, la mezcla de ambos.
En una forma simple y fácilmente comprensible, la conducta puede definirse como "lo que se hace y cómo se hace". Y es aquí donde se podría asociar su evolución y cómo factores diversos pueden virarla y llevar al individuo a cometer actos criminales. Existen fundamentalmente dos tipos de conducta; por un lado, la innata, gobernada enteramente por la biología, y por otro, la aprendida, que si bien requiere una participación genética, está fuertemente determinada por las experiencias vividas. Basta recordar que los primeros homínidos, observando la conducta de los animales y sus hábitos, aprendieron no sólo cómo encontrar alimentos, sino también cómo librarse de los depredadores.
Si bien el acto criminal se conoce desde la Prehistoria, aún hoy no se termina de comprender por qué se comete, y es probable que el número de criminales sea mucho mayor de lo que arrojan las mejores estadísticas, no solamente de nuestro país sino de todo el mundo.
Múltiples y cambiantes teorías fueron emitidas al respecto, desde la época medieval -en la que se pensaba que la conducta criminal era el producto de la existencia de humores anormales producidos por distintos órganos del cuerpo-, siguiendo con la teoría de César Lombroso -que se basaba en determinadas características físicas, los llamados atavismos, hoy por hoy totalmente descartados- y, finalmente, las de Marx y Freud, que aparecen a fines del siglo XIX y que interpretan la conducta criminal desde lo psíquico y lo social.
Siendo la biología la ciencia de la vida, es lógico pensar que ella también participa en la determinación de la conducta, pero no aisladamente, sino por medio de múltiples factores, y la genética es sólo una parte de ella. Sin lugar a dudas, no podríamos aprender a escribir si no tuviéramos un maestro que nos enseñara, pero ¿cómo podríamos hacerlo, si nuestro cerebro (elemento biológico) no envía las órdenes a la mano y el pulgar opuesto para lograrlo? Es esta una característica biológica sin la cual jamás podríamos aprender a escribir y, tampoco, entender lo que escribimos y lo que escriben los demás.
Veamos, ahora, algunos mecanismos que pueden dar lugar a una conducta criminal.
Por ejemplo, se ha observado que ciertos varones muestran una conducta antisocial en edad temprana, incluso antes de la pubertad, y cometen actos de delincuencia transitoria, como ser robos, crueldad con los animales, destrucción de la propiedad, etc., y que en la edad adulta desarrollan una conducta criminal. Por otra parte, diversos trabajos de investigación han demostrado que niños sometidos a abusos físicos y sexuales en la edad adulta fueron abusadores y criminales, lo que se interpreta como el resultado de tales padecimientos. Sin embargo, muchos otros niños que tuvieron los mismos tipos de vivencias no se hicieron ni abusadores ni criminales y desplegaron una vida altamente productiva.
¿Dónde está, entonces, la diferencia; existe el gen asesino? Desde luego que no, y convengamos que el ADN no es nuestro destino final. El color de los ojos, por ejemplo, no está determinado por un solo gen, sino por varios; por lo tanto, un rasgo tan complejo como es la conducta no puede nunca estar determinado por un solo gen; y así, todos estos solamente determinarán la predisposición a tal o cual conducta, la cual podrá cambiar total o parcialmente en la medida en que cambie el medio ambiente con el que interactúa.
Este es el motivo por el cual son tan importantes los estudios de gemelos idénticos criados juntos, en los que hay casi un 100% igual tanto de lo biológico como de lo ambiental.
Uno de los estudios más famosos es uno que se realizó en Dinamarca, por el hecho de que ese país lleva registros oficiales, que incluyen la actividad criminal, el alcoholismo y los trastornos mentales. Sobre 3586 pares de gemelos idénticos, se observó que el medio ambiente tenía una importante influencia en la conducta criminal temprana (antes de los 15 años) mientras que el factor genético predominaba en la conducta criminal tardía con múltiples arrestos.
Estos estudios también abarcaron la investigación del alcoholismo, por ser no sólo un problema médico muy serio, sino por el hecho de que un gran porcentaje de crímenes se cometen bajo los efectos del alcohol, en especial del alcoholismo tipo II, que es el que comienza en la adolescencia y está altamente vinculado al factor genético.
Nada actúa en forma aislada en nuestro organismo; los genes, las hormonas, los mensajeros cerebrales, todos interactúan entre sí y se influyen mutuamente.
A partir de los grandes avances de la neurobiología, ya se han identificado numerosos genes vinculados con los llamados neurotransmisores (sustancias químicas producto de nuestro cerebro, como son la serotonina, la dopamina y muchos otros) cuyos desequilibrios pueden dar lugar a estados de impulsividad, hostilidad, irritabilidad, características altamente vinculadas con crímenes violentos.
Las fluctuaciones hormonales que pueden dar lugar a una depresión posparto pueden afectar la conducta, de tal modo de llevar a realizar un acto criminal. El caso legal mejor conocido es el infanticidio, cuando la madre asesina a su propio hijo.
Vale decir que, si en un futuro las investigaciones científicas lograran descifrar totalmente los posibles efectos de las alteraciones de la química de nuestro organismo, los tratamientos podrán ser tan simples como lograr su ajuste.
Por otra parte, siendo el cerebro el asiento principal de todo tipo de conductas, es lógico pensar que cualquier daño en él puede afectar nuestro accionar; el más severo es el que se produce durante el desarrollo fetal. Por tal motivo, debe otorgárseles suma importancia a los cuidados pre y posnatales del binomio madre-hijo, así como a la nutrición y la crianza.
Los traumatismos, los abusos en la infancia, el alcoholismo durante el embarazo, sustancias tóxicas, dietas insuficientes son todos factores sumamente importantes que pueden predisponer a que un individuo manifieste una conducta criminal. Por ejemplo, se ha observado que los niveles de glucosa se hallan ligados a la agresión y a los niveles de serotonina y alcoholismo.
Un importante trabajo, en el que se redujo durante un mes el azúcar en la dieta a varones adultos encarcelados y propensos a la hipoglucemia, se pudo demostrar una notable acentuación de la paranoia y de la depresión.
Finalmente, el mensaje es tener en cuenta que la acción criminal no es sólo consecuencia del abuso en la infancia o del "paco"; existen tantos otros factores biológicos que también deberán ser tomados muy en cuenta, ya que son aun más fáciles de comenzar a tratar que, por ejemplo, el abuso sexual, que no se olvida nunca.
Niños, jóvenes y adultos son actualmente nutridos con actos violentos; expuestos desde la primera infancia con los aparentemente inocentes dibujos animados y, más adelante, envenenados con las películas más sanguinarias y con horrorosas perversiones. Una verdadera enseñanza con los títulos taquilleros como Nacido para matar , El juego del miedo o Eden lake .
Sólo teniendo en cuenta todos los factores que pueden conducir a la acción criminal podrán ser exitosos los programas y las leyes para la lucha contra el crimen, y así lograr, por fin, la tan anhelada "seguridad".
Y la pregunta del millón: ¿queremos realmente eliminar el crimen? ¿Hacia dónde se dirige la conducta de la supuesta especie superior? © LA NACION




