De tigre industrial a ñandú tecno
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Mientras las fuerzas políticas se pelean por ver cuál es más desarrollista, como si se tratara de una cuestión de grado, la ciudadanía debería preguntarse más bien qué tipo de desarrollismo representa cada una y luego evaluar cuál de esos tipos es mejor para la Argentina del siglo XXI.
El desarrollismo se puede definir en relación con tres estrategias económicas: industrialismo, activismo estatal y contextualismo. Para la primera estrategia, la industria es superior a la agricultura, la minería y los servicios como motor del desarrollo económico. Para la segunda, la acción del Estado es superior a la dinámica del mercado. Para la tercera, las políticas económicas que se acomodan al contexto histórico, local y global son superiores a las recetas económicas únicas y universales.
No hay desarrollista que no defienda al menos dos de las tres estrategias. Pero no todos los desarrollistas priorizan las mismas dos. No hay nada más fácil de distinguir que un "paleodesarrollista" y nada más difícil de encasillar que un "neodesarrollista". El paleodesarrollista defiende a rajatabla las primeras dos estrategias, industrialismo y activismo estatal, y rechaza la tercera, contextualismo (aunque está en el ADN de uno de sus padres fundadores, Gerschenkron). Llueva o truene, en llanura o montaña, el Estado tiene una misión permanente: subsidiar la industria nacional a expensas de los demás sectores de la economía. El ejemplo dilecto del paleodesarrollismo es Japón y los tigres asiáticos. Industrialistas y activistas estatales, los tigres fueron los únicos países que lograron cerrar la brecha de ingresos con los países avanzados del Atlántico Norte. Para el paleodesarrollismo, no queda otra: todos los demás países deben seguir el ejemplo.
El neodesarrollista, en cambio, privilegia el contextualismo. Adaptando la estrategia de desarrollo a cada caso, puede defender el activismo estatal y a la vez rechazar el industrialismo. La política económica que sirvió a los tigres asiáticos no hubiera servido al "canguro australiano" ni servirá a los "leopardos africanos". Los subsidios a la industria nacional dan resultados mientras los precios internacionales de las materias primas estén en un declive prolongado. Pero esos mismos subsidios pueden ser contraproducentes bajo otras condiciones. A comienzos del siglo XXI, el apetito por materias primas de gigantes industriales como China e India invirtió los términos de intercambio de forma duradera. A la vez, la producción de energía y alimentos puede incorporar tanta tecnología de punta y crear tanto empleo como la manufactura, y también generar múltiples eslabonamientos hacia sectores que le provean insumos o procesen sus productos.
Según un libro reciente, en el nuevo contexto económico y tecnológico mundial, la mejor apuesta de la Argentina es una forma de activismo estatal que, por medio de la inversión pública en investigación aplicada y diplomacia comercial de última generación, incentive la incorporación masiva de tecnología de punta en la agricultura, la agroindustria, la producción de energías, fósiles y renovables, y la oferta de servicios exportables (Argentina: una estrategia de desarrollo siglo XXI, de Rozenwurcel y otros, editado por Turmalina).
La Argentina debería abandonar los intentos por transformarse en un tigre industrial y buscar convertirse en un "ñandú tecno". Más factible. Y más rendidor.
El autor es profesor de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín
Sebastián Mazzuca









