Del rock barrial a la Bogotá barroca
Una muestra sobre Viejas Locas en Villa Crespo, un festival de música clásica en la capital colombiana
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Del tablón al Colón. Quizás esa sea la frase que resume una traza posible de mi educación sentimental. De los tablones de la popular visitante de Nueva Chicago al concierto del Kronos Quartet en el gran Coliseo porteño. De los bodegones con manteles de papel a los elegantes salones del señorial restaurante La Emiliana. Así me criaron mis padres, así me gusta vivir.
Pensé en eso porque unas horas antes de viajar al V Festival Internacional de Música Clásica de Bogotá, pasé por una muestra casi secreta, en un galpón de Villa Crespo. En Historia visual de una banda, la diseñadora Gabriela L. Gómez Giusto y el fotógrafo Roy Di Tursi exhiben parte de su archivo, acompañando el camino de Viejas Locas desde sus comienzos y hasta su disolución, a fines de los 90. La muestra consiste en una serie de afiches, flyers, fotografías, el arte de portada de algunos de sus discos y el clásico ojo intoxicado que fue icono de una de las bandas que definió la estética del rock barrial. “Estas creaciones, estas imágenes, son la obra de dos jóvenes en plena experimentación artística”, explican los autores en un breve texto. De fondo, sonaban los clásicos del grupo liderado por Pity Álvarez, y era como transportarse a esas noches de Cemento, otros tiempos, otros ámbitos.
Escribo estas líneas en mi cuarto de hotel de la capital colombiana, que por estos días celebra la edición de un festival que propone otro viaje en el tiempo. En este caso, al período barroco, a través de tres mayúsculos compositores: J.S. Bach, A. Vivaldi y G. F. Händel. “El Festival propone una mirada en profundidad de un compositor o de una época musical”, me cuenta Yalilé Cardona Alonso, una de sus directoras. “Escogimos el barroco y lo que queremos es tener una inmersión general. Ofrecerle al público embeberse no solamente de la sonoridad, sino también de la estética. Porque los instrumentos de esa época son tan hermosos, así que no sólo va a ser una delicia auditiva, sino también visual”.
El programa incluye la posibilidad de apreciar a intérpretes de instrumentos historicistas, como Julia Boucaut, de Francia, y su trompeta natural, o el ruso Sergei Malov, gran exponente del violoncello da spalla. Pero, además, el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, adquirió dos clavecines, del experto constructor holandés Titus Crijnen y un órgano, diseñados en los Países Bajos por la compañía Klop, bajo las instrucciones del organero colombiano Nicolás Alexiades, que acrecientan el patrimonio musical de la ciudad.
La imagen de los instrumentos llegando desde Europa me recordó el inicio del film El acordeón del diablo (2000), dirigido por el alemán Stefan Schwietert, donde se escucha el relato de una voz en off: “Mi historia comienza con un naufragio. Era un barco alemán que estaba lleno de acordeones, iba rumbo a la Argentina y encalló en nuestra costa. Fue así como el acordeón llegó a nuestro país. Hasta entonces lo único que teníamos eran los tambores de los negros y las flautas de los indios. Aquí no había nadie que pudiera enseñarnos a tocar el acordeón, así que inventamos nuestro propio estilo”.
Sin embargo, el benemérito Jaime Andrés Monsalve, director musical de la Radio Nacional de Colombia, me apunta en una tertulia trasnochada que compartimos con Luis Daniel Vega y Daniella Cura en la barra de Matik Matik que en el libro Acordeones, cumbiamba y vallenato en el Magdalena Grande: una historia cultural, económica y política, 1870-1960, el catedrático, economista y doctor en historia Joaquín Viloria De la Hoz aporta un primer, sorprendente y curioso dato: durante el año fiscal 1869-1870 entraron 51 “kilos de acordeón” a Colombia. Así llegaron los primeros 17 instrumentos Hohner al país del realismo mágico. El mismo donde por estas horas se mezclan las melodías de Bach con las de José Barros y Lucho Bermúdez.









