Derrida, contra el yo soberbio y dominador

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
A noventa años del nacimiento del filósofo francés de origen argelino, su fértil obra enriquece aspectos de la política, la ecología y la vida en común
Jacques Derrida nació en El Biar, Argelia, el 15 de julio de 1930
Jacques Derrida nació en El Biar, Argelia, el 15 de julio de 1930 Crédito: Archivo
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11 de julio de 2020  • 00:00

En una de las tantas entrevistas que concedió, Jacques Derrida, filósofo francés nacido en El Biar (Argelia) el 15 de julio de 1930, reveló que uno de sus objetivos era dejar huellas en la historia de la lengua francesa. "Vivo de esa pasión, si no por Francia, al menos por algo que la lengua francesa ha incorporado desde hace siglos -dijo-. Creo que si amo esa lengua como amo mi vida, y a veces mucho más de lo que la ama un francés de origen, es porque la amo como un extranjero que fue acogido y que se apropió esa lengua como la única posible para él". Sobrepuesto a los rigores del colonialismo y el antisemitismo (que padeció en carne propia), abrazó así una de las ideas que sustentan su obra: una lengua no pertenece a nadie. Con pasión y, como admitió, con cierta violencia, creó en ese idioma un léxico para pensar el mundo: différance, deconstrucción, diseminación, archiescritura, fantología, falogocentrismo.

En 1967, a los 37 años, se dio a conocer a los lectores con tres libros clave: La escritura y la diferencia, La voz y el fenómeno y De la gramatología. En el primero, criticaba en tiempo real el método estructuralista ("la forma fascina cuando no se tiene ya la fuerza de comprender la fuerza en su interior"); en el segundo, examinaba la teoría del signo de uno de sus precursores, Edmund Husserl, y en el tratado final, reivindicaba el "papel" (más tarde recuperado como soporte conceptual) de la escritura en el desarrollo del pensamiento. El desafío de deconstruir la metafísica occidental se había puesto en marcha en el contexto de las luchas de liberación nacional, de movimientos antibélicos, feministas y antirracistas, y de oposición a los regímenes totalitarios. No obstante, y a diferencia de amigos y colegas, el horizonte político de su pensamiento siempre fue la democracia: "Nunca existe en el presente -declaró-. Es un concepto que lleva consigo una promesa, y en ningún caso es tan determinante como lo es una cosa presente. Cada vez que se afirma que la democracia existe puede ser cierto o falso. La democracia no se adecua, no puede adecuarse, en el presente, a su concepto".

Su obra, lúcido archivo viviente, arroja luz en este atípico siglo XXI. "Poco antes de su muerte, en 2004, dictó en Italia la conferencia '¿Cómo no temblar?', en la que se refirió a la experiencia pasiva e imprevisible del temblor, como espacio del no saber y de la exposición de la vulnerabilidad -señala Mónica Cragnolini, doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y compiladora del volumen Por amor a Derrida-. Estamos en época de seísmos y temblores, lo que debería permitirnos cuestionar nuestro yo presuntuoso y dominador, ese modo de ser sobre el que nos hemos erigido en la creencia de la disponibilidad del mundo para el hombre. En el tiempo de la pandemia de Covid-19, en que nos hace patente de qué modo las zoonosis se vinculan con el modo de tratamiento que damos a los animales, la idea derridiana de guerra contra el animal nos conmina a exponernos a ese temblor, que deconstruye nuestro lugar de superioridad sobre todo lo que existe".

Derrida fue uno de los primeros en denunciar que la cultura se ha construido como opuesta al mundo animal. "Hemos fundado nuestro modo de ser en lo que Derrida ha denominado 'carnofalocentrismo': la idea del sujeto masculino que se erige sobre la realidad toda autoafirmándose a partir de la extracción, la explotación y el dominio del planeta -afirma Cragnolini, autora de Extraños animales-. Devoramos al otro, a todo lo otro, en la ingesta sarcofágica, pero también en gestos apropiativos y asimiladores de las diferencias. Traemos a la vida a millones de animales solo para destinarlos a nuestras supuestas necesidades: los encerramos en espacios estrechos, los atiborramos de alimentos y medicamentos, y los matamos. Esas condiciones de vida estresantes que debilitan sus sistemas inmunológicos permiten la aparición de virus que se convierten en patógenos para nosotros, los humanos. En el seminario La pena de muerte, Derrida habla de 'hematohomocentrismo' para señalar de qué manera el concepto de hombre se vincula con la sangre, neutralizada e invisibilizada en el mundo de la cultura. Vivimos de la sangre de otros y naturalizamos que así ha de ser: si un filósofo que en estos días cumpliría noventa años nos permite pensar la situación actual, lo hace exponiéndonos a ese temblor ante la vulnerabilidad de la vida del otro, viviente humano o animal. Temblor que conmueve y deconstruye". En el prólogo de Cada vez única, el fin del mundo, que reúne textos de despedida a pensadores como Maurice Blanchot, Sarah Kofman y Emmanuel Lévinas, Derrida escribió que cuando se acaba una vida es el mundo el que se acaba. Razón última para, como invocaba, "preferir la vida" humana, animal y divina: él consagró la suya a la amistad y la filosofía.

Enwww.redaprenderycambiar.com.ar/derrida/ se pueden leer textos de Jacques Derrida y entrevistas al autor

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