
Desprolijidades
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Hay palabras que para el idioma académico son inexistentes y que, empero, a fuerza de uso están incorporadas al habla coloquial. Desprolijo es, por cierto, una de ellas..., ¡y vaya si hay motivos para emplearla en esta Buenos Aires!
Según el diccionario editado por la Academia que allá en España tiene sede y realeza, las acepciones de prolijo son "Largo, dilatado con exceso/demasiadamente cuidadoso o esmerado/impertinente, pesado, molesto". O sea que desprolijo vendría a ser, por aquello del contrario sensu, lo demasiado descuidado o carente de esmero..., y que, como se verá, también es impertinente, pesado y molesto.
Hace unas cuantas décadas, cuando los Pérez cincuentones estaban en su cada vez más lejana infancia, desprolijos eran los escolares que solían tener malas notas, por su apariencia impresentable y sus cuadernos sembrados de borrones. Hoy en día, lo desprolijo ha invadido a esta metrópoli para desmerecerla y afearla. Sobran los ejemplos.
En la vía
Desprolijo es, sin vueltas, el abusivo e insistente quehacer de los pseudovendedores ambulantes, que proliferan una y otra vez, como los hongos después de las lluvias, so pretexto de caducas autorizaciones y dudosos desempleos.
Sometidos casi siempre a la tutela de sospechosos mayoristas de la venta a cielo abierto, los cuentapropistas de la oferta de baratijas y de otros artículos no tan económicos sientan sus precarios tinglados en las veredas e impiden el libre tránsito de los peatones, entablan desleal competencia con los indefensos comerciantes y dejan regueros de desperdicios como agraviante recuerdo de su paso, dando pie para que , avanzada la noche, puedan hacer su agosto otros desprolijos, los cuentapropistas de la recolección clandestina de residuos.
De tan desprolijos que son, los vendedores callejeros ni siquiera reparan en las molestias que les causan a sus prójimos. Tanto es así -relato de una Pérez a quien no se le escapa detalle- que uno de los tantos mercachifles que por Retiro andan no tiene mejor ocurrencia que armar su mostrador al paso sobre la vía que sale a la calle entre dos de las terminales ferroviarias, vía esa que no es muerta ni cosa que se le parezca; pues bien, días atrás, una imponente locomotora debió esperar pacientemente que el oportunista de marras sacase de su camino el endeble mostrador..., para poder continuar la marcha.
¡Qué me importa!
Mal que pese, la desprolijidad va del brazo con la incultura del ¡qué me importa!
Desprolijos son, entonces, los repartidores al paso de volantes publicitarios, quienes les encomiendan esa tarea y quienes aceptan los ínfimos papeluchos y ni los miran..., pero los arrojan al suelo.
Ostentosa y bárbara desprolijidad es la de quienes agreden con enchastres las paredes ajenas y los monumentos, que son patrimonio de todos.
Absurda cuando no criminal es, por cierto, la desprolija conducta de los automovilistas, los motociclistas y los ciclistas que hacen caso omiso de las reglas de tránsito y de la señalización..., y también la desaprensión de los peatones que atraviesan las calles por donde les viene en gana: por caso, dos adolescentes que para cruzar Corrientes casi esquina Carlos Pellegrini prefirieron pisotear una plaqueta recordativa antes que caminar dos pasos más y hacerlo por la senda peatonal.
La nómina de las desprolijidades que por aquí son padecidas no está agotada. Hay más, muchas más, está dicho. Entre ellas, las de tantos funcionarios que pueden hacer algo para corregirlas, pero prefieren mirar para otra parte e ignorarlas.




