
Después de Bush
Pasado el periplo de Bush por el Sur, las aguas siguen recibiendo el impulso de su ventolera, en ocasiones en rizos suaves pero persistentes, con alguna ola en otros momentos. Como de costumbre con cualquier primer mandatario norteamericano, los cinco países visitados vivieron el episodio con el doble sentimiento de un orgullo nacional gratificado por la distinción de la mayor potencia y el inevitable dolor de cabeza que generan las protestas consabidas, casi rituales, en esta extraña relación entre los latinos y los sajones americanos. (Y digo extraña porque, por un lado, nos quejamos del "abandono" norteamericano, como si estuviéramos necesitando siempre su presencia, y por el otro, el recelo de su influencia).
En Brasil, el tema protagónico fue un acuerdo para producir etanol; en Uruguay, la ampliación del comercio; en Colombia, su lucha contra el terrorismo y un tratado de libre comercio; en Guatemala, fortalecer una alianza política, y en México los temas migratorios. No hubo -ni se esperaban- decisiones dramáticas. Apenas diálogos y avances en líneas que se venían trabajando desde tiempo atrás, aun cuando el acuerdo con Brasil pone un subrayado de mayor valor.
Lo que sí está claro es que los Estados Unidos, pese al alicaído momento de su gobierno, enredado en ese interminable infierno de Irak, intentan mostrar su interés en un continente que, se dice, viene derivando hacia la izquierda. La verdad es que hoy gobiernan presidentes electos, y quienes alguna vez pensaron en radicalismos de Lula, hace tiempo que se frustraron. El principal país de la región transita un camino, si se quiere, conservador, y en este caso ha dado un paso importante en el desarrollo de un proyecto estratégico de largo plazo, como es la incorporación al mundo de la energía de ese alcohol en el que los brasileños son expertos. En la otra punta geográfica, México, con Calderón al frente, sigue siendo un socio polémico pero confiable para Estados Unidos. Transitando entonces por ese sendero los dos más grandes, no se advierte ningún factor realmente relevante de un desbalance.
Puede parecer extravagante esta tranquilizadora conclusión, cuando Venezuela, Ecuador y Bolivia viven una extraña nostalgia sesentista, una suerte de romanticismo revolucionario pleno de arrebatos, que naturalmente requiere inventarse un enemigo poderoso, para que el heroico papel del pequeño David pueda aglutinar los sentimientos nacionales. No estamos más en la Guerra Fría, pese a los intentos del presidente venezolano de reconstruirse una a su medida, visitando al presidente de Irán y hasta trayéndolo -como un sapo de otro pozo- a la asunción del presidencial ecuatoriana. El hecho es que es tan ajena a los intereses latinoamericanos esa aproximación, que no significa nada en los hechos.
Por cierto, Venezuela agita y reparte dinero, por aquí y por allá, pero Chávez no es Fidel Castro, la revolución bolivariana no es la cubana, no hay una gran potencia mundial detrás ni tampoco hay una doctrina vigorosa que pueda encender la utopía de las juventudes. Que compra armas de un modo descontrolado y eso preocupa no hay duda, pero a los vecinos, no más. Y éstos, Colombia y Brasil básicamente, no están demasiado nerviosos, porque han logrado detener los arrebatos del locuaz coronel. Por cierto, no es bueno que intente con Bolivia una aproximación militar peligrosa, pero aunque Chile se precave, en el fondo nadie cree en una aventura bélica.
Quien ha salido más deslucida de este periplo es la Argentina, usada como sede para que el presidente venezolano organizara el mentado acto de masas, plagado de insultos contra los EE.UU. y su presidente. Incluso se llegó a la irreverencia de que Chávez invitara al acto al presidente boliviano, como si la Argentina fuera su coto privado. Por cierto, el presidente Kirchner no asistió al acto, pero no debió reiterar la provocación que ya había realizado en Mar del Plata, cuando en la Cumbre Iberoamericana organizó también un acto paralelo, a estadio lleno, para vituperar a uno de los invitados. La Argentina es un país demasiado importante para dejarse usar de ese modo en actos que son, simplemente, expresiones de incivilidad diplomática, molestas para países hermanos que estaban recibiendo al presidente norteamericano, e insustanciales en su contenido; porque el mundo entero sabe que la riqueza del gobierno venezolano viene de que el 95% de su comercio exterior está radicado en los EE.UU.
Si algún saldo dejan estas actitudes, es que un Mercosur ya de por sí en crisis, agrava su situación, pues no ayuda con Brasil y va alejando a un Uruguay cada vez más incómodo en el acuerdo regional. Es más: el presidente uruguayo, viejo socialista, agradeció públicamente a Bush el trato a los inmigrantes y especialmente la salvadora ayuda financiera que le dio a su país cuando la terrible crisis argentina de 2002 lo arrastraba hacia un abismo. Este gesto de Vázquez resaltó particularmente porque él era oposición en aquel momento y porque, además, Bush públicamente le ofreció su teléfono para cualquier emergencia.
El reciente comentario crítico venido desde Washington bien tardíamente, no agrega demasiado a la sensación, ya instalada, de que Chávez está abusando de quienes le brindan hospitalidad para montar agresivos espectáculos, incompatibles con los tiempos que corren en el mundo.
Mirando este periplo con algo más de perspectiva, digamos que EE.UU. nunca planteó en América un proceso de integración como el europeo. No lo fue la Alianza para el Progreso ni el fallido intento del ALCA. Su propia estructura le impide ir en esa dirección. Su arma es el comercio y a su través ha desarrollado con México y Canadá un vigoroso Nafta; y, lentamente, con acuerdos de ese mismo tipo, fue aproximando a Dominicana, América Central, Colombia, Perú y nada menos que a Chile, la economía más abierta y dinámica de la región. Desde ese punto de vista, su influencia ha crecido, porque incluso en el Cono Sur, históricamente mucho más vinculado a Europa, ha aumentado sustancialmente el comercio con el Norte.
La debilidad en la relación está hoy en su extraviada política exterior, porque luego de aquel 11 de septiembre de 2001, en que todos fuimos Nueva York, la malhadada acción en el Oriente le ha enajenado las simpatías generales, convocando a los viejos fantasmas por su acción unilateral, desapegada de la organización internacional. Gobiernos que en general podrían tener una relación mejor, toman discreta distancia, al advertir que su opinión pública mira de nuevo hacia el Norte con recelo. Y esto no es bueno para nadie, en tiempos de globalización en que China es el gran prestamista de los yanquis (¡quién lo diría!) y estamos precisando nuevas reglas para el comercio mundial.






