Desvincular las afinidades ideológicas de la política de derechos humanos

Santiago Cantón
Santiago Cantón PARA LA NACION
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30 de julio de 2020  • 22:40

La isla de Milo no sólo nos regaló la representación del amor y la belleza, sino también el idealismo de enfrentar el brutal poder de la fuerza con principios morales y con justicia. En la Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, en el Diálogo de los Melios, narra el intento de los atenienses de convencer a los habitantes de la isla de que entregaran sus armas. Por su parte, los habitantes de Milo buscaban convencer a los atenienses de que respeten su neutralidad. Los atenienses dejaron su posición bien clara apenas iniciado el debate: "Les recomendamos que traten de alcanzar lo que es posible, pues ustedes saben tan bien como nosotros que, en las cuestiones humanas, los conceptos de justicia y derecho dependen de la igualdad de fuerzas, o del poder que cada uno posea; y por eso, el más fuerte hace lo que quiere, mientras los débiles sufren lo que deben." El brutal realismo ateniense triunfó sobre los idealistas de Milo y todos los hombres mayores de 14 años fueron asesinados, y las mujeres y los niños vendidos como esclavos. Por los próximos 2 milenios y medio el ser humano fue testigo de las peores atrocidades del poder indiscriminado de la fuerza sobre la justicia.

En 1859, un comerciante e idealista suizo, Henry Dunant, horrorizado luego de ser testigo de la masacre de 29.000 personas en la batalla de Solferino, dio el impulso para la creación en 1863 de la Cruz Roja Internacional y para que un año después, mediante la firma del primer Convenio de Ginebra, se le pusieran límites al accionar de los países durante las guerras. Más allá del cambio de paradigma que significó el nuevo derecho internacional humanitario, su impacto se limitaba a conflictos armados entre Estados y el ser humano continuaba estando a la deriva en el oscuro océano de la soberanía estatal.

El idealismo necesitaba dar un salto más significativo, y esa oportunidad nació de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, con la aprobación en 1948 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. René Cassin, su principal autor, la concibió como el "frontispicio de un Templo", que al atravesarlo conduciría a un mundo mejor. Con el surgimiento del Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, el clamor de justicia de los Melios finalmente era respondido, y el idealismo ocupaba el centro del escenario mundial.

No duró mucho. Al mismo tiempo que se aprobaba la Declaración Universal, la guerra fría daba sus primeros pasos y las Naciones Unidas se transformaron en un campo de batalla entre Estados Unidos y Rusia. Rápidamente, los derechos humanos fueron una herramienta más de la realpolitik. La fuerza de la polarización no se hacía sentir solamente en los lujosos salones diplomáticos de la ONU, sino que también se trasladaba a todos los países. En poco tiempo, los derechos humanos pasaron de la ética de Kant, donde el ser humano era el fin último, a la ética de Maquiavelo donde es solo un medio más a disposición del Estado.

Para lograr que los derechos humanos consagrados en decenas de tratados internacionales tengan vigencia efectiva, es necesario erradicar la visión que los ubica como un instrumento más de la política exterior. Lamentablemente, en las últimas dos décadas, la política exterior de América Latina profundizó el modelo de bloques de países de la guerra fría y pasó a ubicar a supuestas alianzas ideológicas por encima de los derechos humanos. Por ejemplo, al mismo tiempo que se criticaba en bloque la situación de derechos humanos en Ecuador, Cuba o Venezuela, se ignoraban las graves violaciones que ocurrían en Colombia o México. Paralelamente, otro grupo de países aplaudía cada palabra sobre derechos humanos de Chávez o Maduro, mientras condenaba ciegamente las políticas de Estados Unidos o Brasil. Como consecuencia, mientras los países se criticaban o elogiaban según una vaga ideología en común, miles de personas eran torturadas, ejecutadas o desaparecidas. Lo mismo se puede decir de muchas organizaciones de la sociedad civil que cayeron en el mismo error de subordinar los derechos humanos a consideraciones ideológicas o partidarias. Argentina no fue una excepción a esta práctica, e históricamente las votaciones de derechos humanos en los organismos internacionales estuvieron teñidas por alianzas ideológicas.

Lamentablemente, en las últimas dos décadas, la política exterior de América Latina profundizó el modelo de bloques de países de la guerra fría y pasó a ubicar a supuestas alianzas ideológicas por encima de los derechos humanos

Es fundamental desvincular la política internacional basada en afinidades ideológicas o intereses espurios, de la política en derechos humanos. Se deben denunciar por igual las violaciones a los derechos humanos en Colombia y Venezuela, o en Nicaragua y EE.UU. En lugar de alianzas efímeras con gobiernos de turno, el fin último de la política exterior en derechos humanos debería ser una alianza permanente con las víctimas.

Un primer paso sería no abstenerse nunca de votar en los organismos intergubernamentales. Dentro de estos organismos existen muchas instituciones independientes que basan sus decisiones apegándose estrictamente al derecho internacional; como es el caso de la CIDH en la OEA, o los Órganos de Tratados y Relatores de la ONU. Vincular las decisiones de estas instituciones a una condena automática representaría un cambio paradigmático en la defensa de los derechos humanos. En palabras del filósofo Jürgen Habermas, al comentar una decisión del Tribunal Constitucional alemán, sería como "el eco del imperativo categórico kantiano..el respeto a la dignidad de todo ser humano prohíbe que el Estado trate a una persona simplemente como un medio para alcanzar un fin." Argentina podría tomar la iniciativa y transformarse en un ejemplo regional y mundial en denunciar las violaciones a los derechos humanos con los ojos vendados.

La aprobación de la Declaración Universal representó el triunfo del idealismo sobre el realismo. Pero la marea del realismo es mucho más fuerte, y si no construimos políticas e instituciones de derechos humanos ajenas a la ética maquiavélica, el ser humano continuará siendo una moneda de cambio entre los Estados.

Abstenerse de votar en decisiones que condenen las violaciones a los derechos humanos comprobadas de forma independiente, es de cómplices, timoratos y cobardes; es la energía de la picana, el gatillo de las ejecuciones y la celda sin número y sin tiempo del próximo desaparecido.

Exsecretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y exsecretario de DD.HH de la provincia de Buenos Aires

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