Diáconos casados, realidad que crece
Treinta y cinco años atrás, el Concilio Vaticano II restauraba el diaconado permanente como primer grado de la jerarquía eclesiástica que componen, según se sabe, el sacerdote (presbítero) y el obispo.
Reconocido en la Iglesia desde los tiempos de los apóstoles, el ministerio del diaconado fue declinando hasta prácticamente desaparecer, al menos en Occidente, a principios de este milenio. Perdió presencia y sentido en la Iglesia y sólo se siguieron ordenando diáconos como paso previo a la ordenación sacerdotal.
En setiembre de 1964, un año después de aquella trascendente decisión del Vaticano II (1588 votos a favor; 525 desfavorables y 8 anulados), los padres conciliares también por amplísima mayoría (1598 votos a favor y 629 en contra) aprobaban la posibilidad de conferir el diaconado permanente a hombres casados.
¿Qué es el diaconado? Un ministerio por el que se ingresa en la jerarquía de la Iglesia, imprime carácter, da su gracia particular y pertenece al sacramento del orden sagrado, explicó alguna vez monseñor Manuel Guirao, antiguo obispo de Orán, uno de los más entusiastas propulsores del diaconado en nuestro país. La constitución conciliar sobre la Iglesia consideró justo que aquellos hombres que desempeñan diversos servicios en la Iglesia, que como catequistas predican la Palabra, o que dirigen, en nombre del párroco o del obispo comunidades cristianas distantes, o que practican la caridad, sean unidos más estrechamente al servicio del altar por la imposición de las manos transmitida desde los apóstoles.
El deseo de enriquecer a la Iglesia con las funciones del ministerio diaconal, la intención de reforzar con la gracia de la ordenación a aquellos que ya ejercían de hecho el servicio propio de los diáconos y la preocupación de aportar ministros sagrados a aquellas regiones que sufrían la escasez de clero fueron las razones principales de aquella decisión, según dejaron dicho a principios de este año los cardenales Pío Laghi y Darío Castrillón Hoyos. En la actualidad son más de 21.000 los diáconos permanentes en 111 países. En América latina se contabilizan más de 3300, la mayoría de los cuales están en el Cono Sur. En la Argentina se calcula que son cerca de 500, la mayoría de ellos casados.
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Un año atrás, los obispos argentinos dirigieron una carta a todos los diáconos permanentes. "Queremos tener muy presentes a las esposas e hijos de los diáconos casados. Agradecemos de corazón que se brinden junto con sus esposos y padres al servicio de la Iglesia dando a las demás familias un ejemplo hermoso de generosidad y de comunión. Apreciamos el abnegado esfuerzo que esto significa para ustedes, ya que casi todos los diáconos casados sostienen su hogar trabajando en el ámbito civil", decia el texto firmado por monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza y presidente de la Comisión Episcopal de Ministerios.
Prueba de esa preocupación episcopal, termina de realizarse en Córdoba el octavo encuentro nacional de directivos de escuelas de ministerios y diaconado permanente, con el fin de estudiar la forma de aplicación de las recientes normas vaticanas.
En esa búsqueda de afianzar la identidad y de discernir su papel, muchos imaginan a los diáconos permanentes no sólo bautizando, en la prédica, presidiendo comunidades y ceremonias litúrgicas, distribuyendo la eucaristía o en la atención de enfermos y moribundos. También en el estímulo a colaborar con hospitales y centros de salud, en la promoción social de obreros y pequeños colonos, suscitando la reflexión ética de dirigentes y profesionales o formando a parejas jóvenes para la paternidad responsable. Un enriquecedor aporte a esa búsqueda reflexiva será presentado mañana en la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Católica Argentina. "Los diáconos permanentes en la Iglesia Católica argentina: un nuevo rol en su estructura; una aproximación sociológica", es el título de la tesis doctoral de Beatriz Balian de Tagtachian, que lleva prólogo de monseñor Arancibia.






