
Diego Maradona: lo que fue del pibe de oro
El novelista y ensayista inglés publicó en el diario británico The Guardian el siguiente perfil del ex astro del fútbol. Es una demoledora y polémica crítica a la idiosincrasia del ex jugador y de los argentinos, quienes --según el autor-- comparten el gusto por quebrantar las reglas
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LONDRES.- Hay una foto de Diego Armando Maradona verdaderamente aterradora. Data de 2000, el año de su primer ataque cardíaco. Su gorra de béisbol, con la visera hacia atrás, revela una mechón teñido al uso punk que parece un chorro de caca de bebe. Usa anteojos oscuros. Su camiseta sin mangas, de esas que llevan los que tocan el bombo en las manifestaciones, le permite exhibir el rostro del Che Guevara tatuado en su hombro derecho. Su boca floja se abre en una sonrisa desafiante y despectiva. Y llegamos a su panza formidable.
Sería difícil exagerar la ubicuidad del diminutivo en Hispanoamérica. Proviene de la deferencia indulgente concedida a los niños. Uno se cruza constantemente con hombres adultos conocidos por algún hipocorístico: fornidos Sergitos o Huguitos o, simplemente, Itos, como llaman a un amigo mío sesentón. Pero si hoy quisiéramos llamar "Dieguito" a Maradona, se nos atravesaría en la garganta. El personaje que aún vemos a menudo por televisión, bamboleándose en los aeropuertos o encajado en un carrito de golf, ya no se tiñe el pelo y su vestimenta es más sobria, pero su corpulencia sigue siendo prodigiosa. Imposible pasarla por alto; se ve que lo atormenta. Todavía se entrevé a Dieguito, encerrado en su nueva caparazón; sufre y languidece, pero no se resiste. Dicen que dentro de todo hombre gordo hay un hombre flaco que intenta salir. En el caso de Maradona, se diría que hay un hombre aún más gordo que intenta acabar de meterse.
Estaba por salir su autobiografía, El Diego, y aquí se decía que concedería una entrevista en Buenos Aires (por entonces, yo estaba en el vecino Uruguay). De pronto huyó a Cuba, su segundo hogar (o sanatorio) desde 2002, y lo seguí alegremente. Aunque ya había tenido, en abril, un ataque cardíaco inducido por las drogas, presentaron el viaje como algo rutinario: iba a desintoxicarse. Su agente, un muchacho a su imagen y semejanza, llamado Gonzalo, me recibió en su hotel; aparentemente, avanzamos en la negociación, aunque con cautela. La respuesta me llegó al día siguiente, en los diarios. Los médicos (los de Fidel) habían declarado enfáticamente en el Centro de Salud Mental que el paciente estaba conectado a un montón de cables, igual que un astronauta, y no vería a nadie.
Maradona se retiró en 1997. En 2001, jugó en un partido televisado (reconozco que estaba un tanto gordo). Ahora, en 2004, necesita autorización de los médicos para mirar un partido por televisión. Tiene 43 años. ¿Qué ha sido de Dieguito?
En América del Sur, a veces se dice, o se pretende, que la clave del carácter de los argentinos está en su evaluación de dos goles que hizo Maradona en la Copa del Mundo de 1986. En el primero, que él mismo bautizó "la mano de Dios", Maradona, en una levitación impresionante, interceptó un tiro cruzado y metió la pelota en la red con el puño izquierdo, astutamente oculto. Pero el "milagro maldito", según Bobby Robson, fue el segundo, hecho minutos después. Maradona recogió un pase en su propia área penal, bajó la cabeza, arremetió a través de todo el equipo inglés, engañó a Shilton e introdujo el balón en el arco. Y bien, en la Argentina, prefieren el primero al segundo.
El placer del ventajista
Para el macho Argie, el juego sucio es incomparablemente más placentero que el limpio. Al menos, tal es el rumor calumnioso: "Lo mismo ocurre en el gobierno y en los negocios. No sólo toleran la corrupción: la adoran". La tendencia se extiende a la arena sexual: en los círculos masculinos, se valora mucho la sodomía heterosexual. Ya lo advirtieron V.S. Naipaul, en sus viajes, y, lo que es más sorprendente, Jorge Luis Borges: en los años 20, creyó que era la esencia del culto al ventajista. Maradona usa un mismo verbo, "vacunar", cuando se refiere a hacer un gol o hacer el amor. (Qué elección extraña, dada la frecuencia con que, antes del partido, le inyectaban un analgésico en la rodilla hinchada o en el supurante dedo gordo del pie.) Si aplicamos esta lógica, el segundo gol contra Inglaterra fue una lánguida epifanía erótica; el primero, un encuentro en un callejón -de esos que hacen temblar las rodillas- y sus puntajes son diferentes. En un sentido más amplio, en esta cultura, atenerse siempre a las reglas tiene algo de humillante y abyecto.
Cuando el lector de El Diego llega al partido contra Inglaterra, la historia y el candor turbulento con que la relata Maradona ya lo han seducido por completo. Por empezar, las pasiones no fueron sólo lúdicas: "En la entrevista antes del partido, todos habíamos dicho que no se debía confundir el fútbol con la política. Pero ¡carajo si era un partido más!". Y tampoco eran sólo las Malvinas: era la revancha de un pueblo sojuzgado y empobrecido. Por eso, tras explayarse, jubiloso, acerca del segundo gol ("Quise poner toda la secuencia en tomas estáticas, bien ampliadas, sobre la cabecera de mi cama"), Maradona dice: "El otro gol también me gustó mucho. A veces pienso que casi lo disfruté más...". A esta altura, el lector no puede menos que aceptar la urbanidad satisfecha de la conclusión: "Cada uno tuvo su encanto".
En otras palabras, en el amor y en la guerra, todo es válido y placentero. Por alguna razón, así son el fútbol y las energías que exige: las del amor y la guerra.
Maradona tuvo una infancia sin aislantes, en todos los sentidos de la expresión. Si la sociedad tenía sus enfermedades, nada se interponía entre ellas y Dieguito. "Todos hablan de los modelos de roles. ¡Modelos de roles... váyanse al carajo! En la Argentina, no tenemos un modelo único de vida, así que déjense de romperme las pelotas con eso." El juego hermoso fue una salida de la barriada; difícilmente habrá sido un faro de probidad para el adolescente. El fútbol era tan corrupto y rapaz como todo lo demás. Era bien sabido que en el fútbol profesional los jugadores tenían que coimear al técnico para que los incluyera en el equipo.
En los 60, el barrio de Buenos Aires en que vivía Maradona, Villa Fiorito, era un yermo supurante (hoy es una Saddam City del crimen armado). "Mis padres eran humildes trabajadores", escribe, pero el clisé apenas si resulta adecuado. Los diez miembros de la familia ocupaban una casita de tres habitaciones; la única agua corriente era la lluvia torrencial que atravesaba el techo ("nos mojábamos más adentro que afuera"). La obsesión por el fútbol habría sido innata; no hay recuerdos anteriores ni intereses que compitan con ella. Cuando salía a hacer mandados, el pequeño Diego iba jugando con una naranja. A los 3 años, un primo le regaló su primera pelota de cuero ("dormía abrazado a ella, apretándola contra mi pecho"). A los 9, rindió la primera prueba; su juego era tan avanzado que el técnico sospechó seriamente que era un enano. Se graduó a los 15 y, con su primer sueldo, se compró un segundo par de pantalones. Hasta entonces, había usado unos de pana turquesa, con botamangas grandes.
Su carrera ascendente diríase que estuvo hecha a medida para apartarlo de la realidad. Y la realidad de entonces incluía la guerra sucia, el terror y los 30.000 desaparecidos. A una edad en que la mayoría de los muchachos oyen relatos y leen algún titular, él oía ovaciones. A los tres meses de su debut, se entrenaba con el seleccionado nacional y enfrentaba a Pasarella y Kempes. A los 18 años, después de haber vencido al Cosmos de Estados Unidos, intercambió camisetas con Beckenbauer. A los 19, marcó su centésimo gol. Ya era el rostro de Coca Cola, Puma y Agfa.
Las asociaciones de fútbol sudamericanas son instituciones marginales, relativamente empobrecidas; vienen a ser un campo de entrenamiento y reclutamiento para los clubes europeos. En 1982, como correspondía, Diego se fue a Barcelona por 8 millones de dólares. Dos años después, pasó al Napoli; para entonces, ganaba 7 millones de dólares anuales, más 3 millones de la televisión italiana y 5 millones de Hitachi. Una encuesta del International Management Group lo declaró "la persona más conocida del mundo"; el IMG le ofreció 100 millones de dólares por "derechos de imagen", pero él declinó la oferta por motivos patrióticos (IMG quería que tramitara la doble nacionalidad). En 1986, tuvo su apoteosis nacionalista: capitaneó el seleccionado argentino en la Copa del Mundo y la ganaron. Tenía 26 años.
El Diego es un relato transparente. Por sus intersticios, vemos un sorprendente caos interior: fallas agudas y crónicas en su carácter y discernimiento y, por sobre todo, una ausencia persistente del conocimiento de sí mismo. A los 14 años, Maradona cayó bajo el influjo de su primer representante, un viejo mentor con un nombre nada estimulante: Jorge Cyterszpiler. La vemos venir cuando, muy pronto, Maradona se jacta de que "manejaban todo basándose en la amistad, sin firmar un solo papel". Por cierto, al llegar a Nápoles diez años después, revela, extrañado: "Cyterszpiler había tenido tan mala suerte con los números, que yo estaba en cero". O bajo cero. La mala suerte de Cyterszpiler con los números, sus inversiones en bingos paraguayos, etc., devoraron también la tajada de Diego por su transferencia al Napoli y su casa en Barcelona (tenía diez dormitorios). "Lo hecho, hecho está", sentencia Diego. Mucho más tarde, decide hacer un curso de acondicionamiento físico y contrata como entrenador a Ben Johnson. "¡Sí, a Ben Johnson! -escribe-. El hombre más veloz del mundo, digan lo que digan."
Lo mismo sucede con la Camorra napolitana: "Me ofrecieron cosas, pero nunca quise aceptarlas por aquello de que primero dan y después piden (...). Siempre que iba a uno de esos clubes, me daban relojes Rolex de oro y autos". No quería aceptarlos, pero los aceptaba.
Farsas subsiguientes
Su veta anarquista aflora igualmente en su desprecio de la ley; me corrijo: su aversión. Las veces en que atrae la atención de la policía, apenas si se resigna a explicar el motivo. "¡Me arrestaron, me arrestaron!", exclama y describe en pocas palabras la "farsa" subsiguiente; entretanto, con una tosecilla cortés, una nota a pie de página aclara que fue por tenencia de cocaína. Más adelante, de regreso en la Argentina, sufre un acoso incesante. "Reaccioné como lo hubiera hecho cualquier otro -relata-. Sí, está bien, fue el episodio con el rifle de aire." Otra nota evasiva aclara que se refiere a aquella vez en que disparó un rifle de aire comprimido contra los periodistas congregados frente a su casa, pero no dice que hirió a cuatro y fue sentenciado a 3 años de p risión en suspenso. También hay frecuentes chispazos de lo que podríamos llamar excepcionalismo o megalomanía leve. Siempre habla de sí mismo en tercera persona: "Lo hicimos más grande que Maradona". "Es la cosa más importante que Maradona puede tener" y, aunque suene divertido, "el narcotráfico es demasiado grande para que Maradona lo frene". O bien: "Porque yo soy El Diego. También yo me llamo a mí mismo El Diego". "Veamos si podemos hacer entender esto de una vez por todas: yo soy El Diego". "Soy el mismo de siempre. Soy yo, Maradona, El Diego". Al cabo de un rato, deja de sonar a baladronada y empieza a parecer una autohipnosis.
Admite que Pasarella era "un buen capitán", pero "el gran capitán, el verdadero gran capitán, fui, soy y seré por siempre yo". En 1996, oiremos un eco de esta fraseología cuando Maradona lance la campaña nacional "Sol sin drogas" con estas palabras: "He sido, soy y siempre seré un drogadicto". Por lo común, el mantra del drogadicto recuperado es jactarse, con fingida humildad, de su continencia duramente ganada. En este caso, más bien parece la enunciación de una verdad irreductible. Maradona lleva veinte años consumiendo drogas. Resultados: quince meses de proscripción en Italia; expulsión de la Copa del Mundo en 1994 ("Me dieron [sic] efedrina, y la efedrina es legal o debería serlo") y un escándalo que puso fin a su carrera en 1997, en aquel regreso a Boca que fue su canto del cisne. Después de todo, ya no se puede decir que sea un hábito recreativo. Estamos ante un hombre que periódicamente inhala cocaína hasta provocarse un paro cardíaco. Como si una orgía con riesgo de vida fuese el único medio de recrear las intensidades -las alturas que hacían estallar el corazón, las caídas abismales- de su magnificencia esfumada.
Es un libro cargado de emoción, como una ópera, pero también excepcionalmente vívido. Las excentricidades del idiolecto de Maradona tienen por contrapeso clisés futbolísticos, llenos de palabrotas, que parecerían universales. Por otro lado, se insinúa un nivel de percepción más fuerte. En el vestuario, antes de un partido: "Sentí un silencio demasiado profundo, demasiado frío. Miré algunos rostros y los vi pálidos, como si ya estuvieran cansados". Una lesión grave: "Salí corriendo detrás de una pelota perdida y oí el ruido inconfundible del desgarro muscular, como si dentro de mi pierna se abriera un cierre relámpago". En cuanto a la emoción, Maradona llora a raudales cada dos páginas. Los poemas en prosa dedicados a su mujer y su familia son tanto más conmovedores por cuanto sabemos que los lazos afectivos no lograron mantenerlo en su órbita. Hoy está separado y apartado de sus dos hermanos.
Muchos deportistas se declaran defensores del pueblo, pero el populismo de Maradona quedó confirmado por su itinerario: los baluartes proletarios de Buenos Aires, Nápoles y, ahora, La Habana. (Dato significativo: el único club francés que cortejó fue el Marsella.) Si preguntamos por él a los porteños, siempre se muestran reflexivos, compasivos; los habaneros, que sólo han conocido al Maradona decadente, lo adorarían en forma incondicional: "Soy fanático de Maradona", dicen. Para él, Cuba es perfecta. Allí puede ser un hombre del pueblo y un hombre del presidente; allí puede codearse con ese otro gran bribón incorregible, Fidel Castro.
El gran jugador Jorge Valdano dijo algo bueno de Maradona, y lo dijo con elegancia latina: "Pobre Diego. Le repetimos por tantos años que era un dios, un astro, que olvidamos decirle lo más importante: que era un hombre". Pero todavía no hemos llegado a eso. En Italia, solían decirle: "Ti amo più che i miei figli" ("Te amo más que a mis hijos"). Suena más a blasfemia de lo que en realidad es. Con sus rabietas, su autodestructividad y su glotonería insaciable, Maradona sigue siendo Dieguito, "el pibe de oro".
Traducción: Zoraida J. Valcárcel.
© LA NACION y Martin Amis





