
Dios y los átomos
“Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene…”.
En 2025 se cumplieron ochocientos años del nacimiento de Santo Tomás de Aquino, quien escribió esto en la Suma Teológica, una de sus ciento treinta y dos obras, que, según la edición, llega a tener, ella sola, dieciséis tomos. Fue el teólogo y filósofo que más se ocupó de conciliar la fe con la razón y, por tanto, con la ciencia. Después de ocho siglos, la ciencia no solo no lo desmiente, sino que confirma cada vez más este fragmento, que forma parte de una de las cinco vías que él propone para llegar racionalmente a la existencia de Dios.
Faltaba demasiado tiempo para que John Dalton lanzara, en 1803, su teoría atómica, y más aún para que, en 1981, se obtuvieran las primeras imágenes de átomos individuales mediante el microscopio electrónico de efecto túnel.
El juego maravilloso de cuatrillones de átomos comprueba, más aún ahora que hace siglos, de qué modo seres sin inteligencia obran como si la tuvieran en su propio beneficio y en el del conjunto.
Una molécula de agua, que es de las más simples, contiene dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, como nos enseñaban en la escuela. Ninguno de ellos posee la propiedad de mojar, como sí, en cambio, la tiene un conjunto de moléculas de agua. El agua constituye un ser diferente a la mera aglomeración de sus átomos.
A diferencia del agua, una molécula grande de proteína puede contener hasta cien mil átomos, mientras que un solo cromosoma humano está formado por miles de millones de átomos.
Hay algo que convierte a la molécula en un nuevo ser independiente de la suma de átomos que la componen, lo cual ya es una realidad química que requiere de la filosofía. ¿Qué es lo que da a un conjunto de cosas un ser nuevo? No puede ser el mero amontonamiento, porque de lo contrario, no existiría una multiplicidad de seres de distintas jerarquías y especies.
Para quienes somos ignorantes en química y en medicina, el mayor asombro sobreviene al advertir qué ocurre con las células. Una sola célula puede incluir entre diez y cien billones de moléculas, en el sentido que en América hispana conocemos a los billones; en este caso: entre 1013 y 1014 moléculas. Esa cifra abarca todas las moléculas de una célula: agua, proteínas, lípidos, azúcares, ácidos nucleicos, iones y metabolitos.
Dentro de una célula se producen entre un millón y diez millones de reacciones químicas por segundo, como por ejemplo, síntesis y degradación de proteínas, reacciones metabólicas, reparación del ADN, etc. Tales reacciones son encauzadas por la información contenida en la célula. Cada célula posee una información equivalente a 1,5 gigabytes, como los que usamos para medir la capacidad de un disco rígido de computadora.
Si ahora quisiéramos avanzar hacia el organismo humano, bastaría con citar, como ejemplo, que solo el hígado está formado por entre doscientos y trescientos millones de células de cinco tipos diferentes y el conjunto produce entre diez y cien billones de reacciones por segundo.
Después de advertir que una sola persona está compuesta por un número de átomos imposible de contar, iniciemos el intento, por cierto vano, de imaginar el universo y su perfecto orden matemático y geométrico.
Al ateísmo militante le cuesta demasiado explicar que los átomos que componen el universo, en una cifra inabarcable para la mente humana, se agruparon para formar ese orden por mera casualidad. Y como les cuesta demasiado explicarlo, no lo hacen. Solo nos cuentan el mecanismo por el cual se producen las reacciones físicas y químicas, pero esas son las causas segundas. Siguen sin decirnos qué es lo que ha convocado y continúa convocando a esas partículas invisibles a agruparse en semejante orden para formar los innumerables soles, planetas, minerales y organismos que existen en la Tierra y no sabemos dónde más.
Algo de esto debe haber motivado a Albert Einstein a escribir, en una de sus célebres cartas al premio Nobel de Física Max Born, que “Dios no juega a los dados”.
Hoy se puso de moda, en el lenguaje new age, hablar del universo como si fuera un ser inteligente con voluntad propia. Se prefiere atribuir inteligencia y voluntad a un conjunto inconmensurable de estrellas, de planetas y, en definitiva, de átomos, que creer en Dios como Padre de la Creación. El hombre de hoy siente vergüenza; le parece infantil pensarse como hijo de un Ser Personal a cuya imagen y semejanza fue creado, sin considerar que lo realmente infantil es suponer un efecto superior a la causa que lo produce, en contradicción con las leyes elementales de la física.
Y, por encima de todo ese orden maravilloso, está la libertad humana.
La decisión de ir hacia un lado o hacia otro –por citar lo más elemental del libre albedrío–, de discutir sobre filosofía o de convertirse en un héroe o en un delincuente son apenas mínimos ejemplos de las inabarcables posibilidades del alma. No es un orden mecánico; es una potencialidad incomprensible si no se cuenta con la inmaterialidad del espíritu. Ya no se trata de moléculas sin inteligencia que se mueven y acomodan como si la tuvieran, sino de seres inteligentes que pueden obrar incluso en contra de su propio bien. Esto resulta tan asombroso como lo anterior: los entes sin conocimiento siempre –o casi siempre– se dirigen hacia su propia perfección, y los individuos que gozan de intelecto son capaces de arruinarse a sí mismos, a sus semejantes y a la Creación entera. Es el precio de la libertad; es el costo de no ser meramente un conjunto de átomos que integran un robot. Quienes impugnan a Dios a causa de la existencia del mal en el mundo no parecen creer en la libertad o no advierten su propia contradicción.
Por otro lado, el efecto nunca es superior a la causa y nosotros tenemos vocación de eternidad. No hay alguien que no se pregunte qué ocurre después de la muerte. Un animal no se haría esa pregunta. “Es una expresión de deseos”, sostienen quienes descreen; pero en todo caso, es justamente esa expresión de deseos lo que confirma que estamos hechos para la trascendencia. Es el anhelo de eternidad que tanto molestaba a Hannah Arendt desde su visión nietzscheana, porque sostenía que él había reemplazado a la búsqueda de la inmortalidad por medio de las hazañas. Tal vocación, como ella misma lo explicó, aunque dándole un sentido negativo, es lo más democrático que existe. Cinco siglos antes lo había escrito el poeta Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre: “Allegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos”.
No nos hemos alejado del comienzo. ¿Un puñado de átomos con vocación de eternidad? ¿Un conjunto multitudinario de moléculas imaginando su propia trascendencia? Una vez más, no se puede contradecir el “principio de proporcionalidad causal”.
“La ciencia puede determinar lo que es, pero no lo que debe ser”, escribió Einstein en 1950.
Todo esto le da un sentido personal a la famosa frase del filósofo judío Baruch Spinoza: “Sentimos, experimentamos que somos eternos”.







