Distopías: la imaginación en sombras
Libros, series y películas recrean universos oscuros y futuros catastróficos, un auge que puede leerse como crítica al presente, advertencia para construir un manaña distinto y guía en tiempos de incertidumbre
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Cuando el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spider, anunció que la audiencia que había visto la asunción de Trump no tenía precedentes, y la consejera Kellyanne Conway tuvo que salir a desmentirlo con una referencia polémica, la realidad parecía imitar al arte y no a la inversa. Así “hechos alternativos” se convirtió en muletilla obligada en los titulares, remitiendo al clásico de Orwell, 1984, y disparando toda clase de comparaciones entre ficción y realidad. Mientras Spider se despedía de su puesto, la novela de Orwell, con casi 70 años de antigüedad, volvía ubicarse en la lista de los bestsellers. Y no sólo eso, sino que a las semanas de haber asumido Trump (y después del Brexit) otros libros con similar resonancia cultural como Un mundo feliz, de Aldous Huxley o Eso no puede pasar aquí, de Sinclair Lewis, comenzaron a escalar en las listas de más vendidos también.
Para el ojo más entrenado estos relatos nunca pasaron de moda, pero es indudable que estamos viviendo un momento en el que la catalización de diversos fenómenos (un clima político y económico global adverso, el avance tecnológico, la creciente violencia de género y la crisis de distintas instituciones tradicionales, por citar algunos), provoca que muchos consumos culturales encuentren en las distopías una nueva fuente de inspiración.
La distopía como género no solamente se pone a la cabeza de la producción artística, sino también de los gustos del público. “La gente está encontrando confort en los libros distópicos, o mejor dicho, están encontrando respuestas en ellos”, explica un editor en una nota del New York Times. ¿Entretenimiento o espejo para mirarse? Ambas cosas. Pero, ¿por qué estas historias vuelven ahora y qué tienen para decirnos en 2017?
Una mirada histórica
“La construcción de una sociedad ideal a través de un artificio ficcional es una característica que viene desde las leyendas de tradición oral hasta las reflexiones de la Antigüedad, de las utopías del Renacimiento hasta las contemporáneas. La aparición de la distopía puede pensarse como la reflexión acerca del fracaso del hombre. La vuelta a las narraciones distópicas hoy responde a poner en duda un sistema social que se muestre cerrado y autosuficiente. Es la aparición de aquella voz que se mantenía callada en el ámbito utópico. Por otra parte, no podemos dejar de considerar que todo texto de estas características tiene como base la experiencia de la realidad en la cual el escritor está inserto. Si la utopía criticaba ciertos aspectos de una sociedad en pos de otra que creía mejorable, la distopía toma elementos de esa sociedad y expone las zonas oscuras de aquello que parece establecer algo similar al orden”, explica Lucas Margarit, poeta, docente e investigador de la cátedra de Literatura Inglesa en la UBA.
La distopía –como reverso de la utopía– pretende modelizar y cultivar una mirada crítica sobre los males actuales o posibles futuros, como sugiere el escritor Sebastián Robles, autor de la novela Las redes invisibles (2014). “Una de las primeras distopías, Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, fue escrita en 1921, poco después de la revolución soviética. Zamiatin tenía un pasado bolchevique, pero advirtió desde muy temprano algunas tendencias que harían eclosión más adelante en el nuevo régimen: el autoritarismo, la disolución del individuo. Durante el siglo XX, estas distopías solían expresar un miedo relacionado con las sociedades de control y con el desarrollo de la tecnología, en especial en manos del Estado”.
Ya sea como reacción al surgimiento de regímenes ultranacionalistas y tecnologías invasivas (de la NSA al avance corporativo y publicitario), la contaminación y los miedos ambientales, el control de los medios informativos o la obturación del pensamiento individual y la alienación ante la incertidumbre, los autores y creadores tienen hoy suficiente material en el que inspirarse.
“Hay distopías que se centran en el marco tecnológico, otras en el conflicto bélico, otras en el hambre, por lo tanto la elección de los tópicos variará también la perspectiva y las problemáticas de los textos. Creo que uno de los aspectos más interesantes es la insistencia en el fracaso del hombre como portador de un sistema social armónico y constante, que en muchos de estos textos se presenta como la imposición (y casi siempre con violencia) de un sistema jerárquico, de un orden social”, concluye Margarit en cuanto al aparente subtexto transversal a todas estas narraciones.
¿El origen de todos los males?
Un lugar recurrente en la mayor parte de estos productos suele ser la moraleja en torno al uso e implementación de las nuevas tecnologías, en reflejo de los desafíos de época, y también de los miedos imperantes. En su novela, Robles traza un cuidadoso estudio de redes y dinámicas actuales, y lo extrapola creando un universo paralelo en donde confluyen diversas redes sociales ficticias (para moribundos, para mascotas, para buscadores de adrenalina) que devienen en futuros más o menos catastróficos según el caso. “La vuelta de las distopías está relacionada con el desarrollo que tuvieron en los últimos veinte años las nuevas tecnologías digitales, que se presentaron como emancipadoras y estamos viendo que eso no es tan así. Donde se prometía una sociedad más transparente aparecen las aberraciones electorales que reconfiguran la geopolítica. A la libertad de expresión que parecía ilimitada se le contraponen las cazas de brujas. A la democratización del conocimiento, la manipulación del concepto de verdad. Las distopías cumplen la función de imaginar el final de esta historia. Que, desde luego, no es un final feliz”.
Por su parte, Hernán Vanoli, editor y autor de otro libro que podría inscribirse en el imaginario distópico, Cataratas (2015), en el que también se reflexiona sobre el avance de los intereses tecnocorporativos y de las grandes instituciones en crisis (academia, política, arte), sugiere pensar al género más como realismo. “Creo que estos cambios rápidos y desordenados vinieron para quedarse, y que lo que se entiende como distopía es la forma contemporánea del realismo. Cualquier realismo que no tenga en cuenta las alteraciones muchas veces monstruosas producidas por la tecnología se convierte en falso. Los cambios en la técnica y en la percepción obviamente cambian a la novela, y el realismo contemporáneo es la distopía, porque nuestra imaginación es distópica. Todo el resto de lo que se lee y se escribe puede ser pensado como novela histórica, documental, de investigación, o integrar un extraño género llamado ‘novela sobre la historia de la literatura antes de Internet’”.
Desde la expansión web y la creciente automatización, las preguntas más comunes (hacia dónde vamos, qué constituye un progreso y qué un retroceso, y cuáles son los peligros y las fronteras de la ciencia), giran alrededor de este tópico, y las respuestas, al menos hasta ahora, son en su mayoría desalentadoras. Basta mirar algunas de las producciones originales recientes como las series distópicas Black Mirror o The 100th (en donde un apocalipsis nuclear y la subsiguiente escasez de alimentos llevan al hombre a regresar a la tierra luego de un autoexilio), a los rescates como Westworld o Ghost in the Shell, ambos adaptados de materiales previos (el libro de Michael Crichton y el manga de Masamune Shirow). O la nueva producción brasileña de Netflix, 3%, donde la división de clases profundizada por el acceso a la tecnología se pone de manifiesto. Pérdida de la identidad, injusticia social, paulatina insensibilización o deformaciones genéticas y catástrofes ambientales parecen las consecuencias casi inevitables del progreso técnológico.
Podría pensarse que estos imaginarios son intrínsecos al género en sí, o bien tratar de entender de qué modo los terrores actuales y sesgos culturales operan evitando otra clase de lecturas más optimistas, y no por eso menos críticas. Quizás es el desconcierto ante lo impredecible lo que genera una pulsión irremediablemente perdidosa. De cualquier manera, tanto Vanoli como Robles concuerdan en que estos relatos no vuelven sino que se reciclan, y que nos hablan de las fantasías ante un nuevo mundo cuyas coordenadas todavía no conocemos.
Boom literario y nuevos tópicos
Aunque la ciencia ficción, y en especial su rama distópica, siempre estuvo vinculada a los cambios sociales causados por el desarrollo técnico, lo interesante de varios relatos y productos que surgen –o se reinterpretan– hoy es que habilitan debates acerca de otras transformaciones humanas que tienen que ver con los comportamientos y estilos de vida.
En este sentido el rescate de la novela de Margaret Atwood publicada en 1985, El cuento de la criada, pronta a convertirse en una serie de Hulu, protagonizada por Elisabeth Moss, no podría ser más oportuno. La novela, considerada un exponente de lo que se conoce como “ficción especulativa feminista”, relata la historia de una mujer que es secuestrada y puesta bajo las órdenes de un régimen teocrático y fundamentalista en el que las mujeres fértiles deben servir de procreadoras para hombres poderosos, en un mundo donde la natalidad ha caído estrepitosamente.
Estados en crisis por una natalidad deprimida, intervención gubernamental en los derechos reproductivos, violencia de género y lecturas retrógradas sobre el rol de la mujer con el resurgimiento religioso como condimento: si algo de esto suena familiar es porque los sucesos creados por Atwood no son del todo implausibles. “Toda utopía contiene una distopía, y toda distopía una utopía”, reflexiona la autora Naomi Alderman, al revisar la “ciencia ficción feminista” desde sus comienzos con Margaret Cavendish, pasando por Ursula Le Guin y hasta llegar a la nueva camada de escritoras contemporáneas. En una entrevista reciente, la propia Atwood resumió el tema: “La primera ola, el voto. La segunda, la imagen. Ahora se trata de la violencia, la violación y la muerte”.
Claro que las mujeres no son las únicas escribiendo, y autores como Omar El Akkad (American War), Zachary Mason (Void Star: A Novel) o Michael Tolkin (NK3), todos publicados en 2017, son otros ejemplos. Un dato no menor para ver hacia dónde se orienta la producción literaria es que la prestigiosa revista Boston Review of Books tiene abierta una convocatoria para textos distópicos “globales”, que integrarán un número editado por Junot Díaz.
En lo relativo al cine y las series, haciendo un rápido repaso de los últimos tres o cuatro años, la cantidad de consumos distópicos y posapocalípticos es sustancial: sagas exitosas adaptadas de novelas (Los juegos del hambre, Divergent, The host, The Maze Runner y The giver), series como The Man in the High Castle, The Leftovers, Revolution, Oasis (el nuevo piloto de Amazon sobre un cura que viaja a una colonia humana en un planeta lejano) o Humans (con reemplazos sintéticos incorporados a la sociedad), y films como Equals o Passengers entre los últimos estrenos.
¿Es posible encontrar esperanza en estas historias? Futurismo o realismo, advertencia o reflejo negativo sobre un determinado escenario/fenómeno moderno, escapismo o confrontación de nuestros temores más profundos, tache lo que corresponda. O tache todo. Pero antes que nada, se puede ver este auge distópico como una forma de recalibración moral y filosófica, y de potencial guía en tiempos de transición. “Un relato une fragmentos dispersos de la realidad, les da sentido. Desde este punto de vista, siempre es esperanzador. No importa tanto si lo que anuncia es un futuro sombrío, porque al fin y al cabo nadie sabe qué va a pasar mañana. A veces los relatos distópicos neutralizan futuros posibles (el Gran Hermano llegó, sí, pero no fue como lo imaginó Orwell)”, aporta Robles.
Para otros, como Vanoli, depende del tipo de lecturas y canales que se habilitan para desgranar la ficción y tener debates movilizadores.“En general creo que la literatura no es optimista ni pesimista, sino que todo depende de los protocolos sociales de lectura. Por ejemplo, una historia donde las máquinas han sometido a la humanidad en general tiende a ser pensada como pesimista, pero puede generar preguntas valiosísimas. El problema son los canales de circulación y de legitimación de la literatura”.
El escritor chileno Diego Vargas Gaete, otro autor de mundos distópicos (La extinción de los coleópteros, seleccionada en el Festival Belles Latinas de Lyon y ahora editada en Francia), tiene una visión alentadora al respecto. “Quizás el gran tema del presente es lograr descubrir las pequeñas cuotas de verdad que flotan en el mar de datos, noticias y publicidad. Creo que Orwell y Huxley se estarían sobando las manos: para crear distopías hay materia prima de sobra. Pero por más pesimista que sea un relato siempre nos está regalando algo fabuloso: una advertencia donde la imaginación y la creatividad de un autor se transforman en un faro dispuesto a alumbrar el futuro que debemos evitar. Y eso siempre es esperanzador”.










