
Dónde queda Europa central
El intenso ritmo de cambio en el bloque poscomunista crea dificultades para poner etiquetas.
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- Creciente fluidez dentro de la UE.
- Es bueno que lo que antes era fácil de definir ahora resulte casi imposible.
- Recelos de Moscú, que habla de "valores europeos", pero no del término acuñado en 1945.
LONDRES.-(The Economist) Hace tan sólo diez años existían lo que se conocía como el Este y también el llamado Oeste (o mundo occidental), y además una extensa franja gris de tierra en medio de Europa a cuyos habitantes se les decía que eran del este -y de ese modo se hallaban dentro de la órbita soviética-, pero cuya mayoría deseaba pertenecer al mundo occidental y ser libre.
Quienes tenían el coraje y la intención de hacer oír su voz a menudo se autodenominaban centroeuropeos.
Ahora, el término es insoportablemente difuso o significa diferentes cosas para distintas personas.
El lugar aún existe, casi, pero su ubicación aproximada acaso se esté extendiendo... más hacia el este.
En gran medida, Europa central era un estado de ánimo compartido por naciones cautivas situadas, por decirlo de una manera aproximada, entre los mares Báltico y Adriático.
Sus habitantes creían que había demasiados rusos (hasta que se produjo el colapso del comunismo) o demasiados alemanes (particularmente -pero no sólo- cuando Hitler estaba alborotado).
Ultimamente, en la jerga burocrática que se oye tanto en los Estados Unidos como en la sede de la Unión Europea, en Bruselas, la frase más engorrosa, "Europa del este y central", se ha puesto de moda con el propósito de hacer que las repúblicas de la ex Unión Soviética, así como sus países satélites sientan que hay interés en ellos.
Algunos países -la últimamente cercada Austria es una prueba de ello- anhelan un renacimiento de la antigua región de los Habsburgo, que alguna vez se extendió desde Viena a través de Hungría, los territorios checos, una franja del sur de Polonia, partes de Ucrania y la región norteña de los Balcanes.
La semana pasada, el canciller de Austria, Wolfgang Schüssel, volvió a referirse a la cuestión de "Mitteleuropa" (el centro de Europa). Si Austria en algún momento se aparta de la Unión Europea -aunque hay que reconocer que se trata de una posibilidad remota-, podría saltar directamente hacia un nuevo "corazón de Europa central" (ver mapa), que abarca gran parte de ese antiguo imperio.
Eso podría entusiasmar a algunos en Viena y acaso en Budapest, pero hoy casi no tiene sentido.
"Mitteleuropa desapareció del mapa mental de Alemania", afirmó Michael Mertes, que fue asesor de Helmut Kohl cuando éste era canciller de Alemania.
"Deberíamos recibir con beneplácito su desaparición", añadió Mertes ante un grupo de académicos europeos que hace poco analizó esas cuestiones en una conferencia realizada en el St. Antony´s College, de Oxford.
Allí se coincidió unánimemente en que, cuando menos, Europa central no era lo que era ya que los principales factores que han sustentado esa noción (la Unión Soviética y la división de Alemania) habían dejado de existir.
El motivo más crudo por el que hoy es más difícil que nunca definir a Europa central es la fluidez provocada por los dos grandes clubes que tratan de arrastrar y abarcar a los diversos países de la región: la Unión Europea y la OTAN.
El mapa, en ese aspecto, está cambiando rápidamente, con los polacos, los checos y los húngaros ya dentro de la alianza militar, y un montón de países, incluyendo a ese trío precoz, que enfilan a velocidad diversa hacia la Unión Europea.
Una vez que forman parte de esos clubes, los nuevos miembros tienden a autoproclamarse occidentales.
De manera que Europa central sigue siendo, en gran medida, un lugar donde la gente quiere negar su geografía.
En estos días, cambiar de gobiernos marca también una diferencia.
Los países pueden de pronto dar la impresión de ser capaces de desplazarse hacia occidente o tender súbitamente de nuevo hacia el este o el sudeste. Prueba de ellos son Eslovaquia y Croacia, los cuales enfilan hacia Occidente otra vez después del derrocamiento, el año último, de Vladimir Meciar y de la muerte de Franjo Tudjman, líderes cuyos hábitos no democráticos mantuvieron a sus respectivos pueblos alejados de la esfera occidental. Si Ion Iliescu, un antiguo comunista, llega a ser presidente una vez más, como podría ocurrir, ¿lograría Rumania deslizarse más hacia el sudeste? No necesariamente.
Además, incluso en estos últimos años, se hicieron visibles nuevas miniformaciones. Por ejemplo, los países bálticos apenas si constituyen ya un bloque: Estonia, en el patio de Finlandia, se ha vuelto escandinava; Lituania se desliza hacia Polonia, y Letonia, un caso más problemático, aún lucha por dejar de estar a la sombra de Rusia.
Más impresionante es la creciente percepción de que Polonia, la nueva usina de Europa central, se las ha arreglado para convertirse en occidental, al tiempo que surge como un imán para los países del este: Lituania; Bielorrusia, en la versión preferida por su acosada oposición, y la abominable pero potencialmente importante Ucrania, donde los empresarios polacos se están convirtiendo en figuras prominentes.
Una nueva especie de Europa central (algunos la llaman ahora "del centro-norte") conformada por eventuales países occidentalizados podría perfilarse hacia el este de Polonia.
El fragmento del antiguo bloque comunista que mayormente se cayó del mapa del centro de Europa es el de los Balcanes. Allí, los países que prosperan deciden no pertenecer más a la región balcánica: los eslovenos son la prueba más evidente, junto con los croatas de la era posterior a Tudjman.
Tanto rumanos como búlgaros se aferran tenazmente a sus respectivas candidaturas a la Unión Europea, a pesar de que saben que no se sumarán a ese club en la próxima oleada. El resto de los Balcanes ha sido relegado a un mapa casi propio.
Aunque no completamente. La guerra de Kosovo, la provincia rebelde situada en el patio trasero serbio de la antigua Yugoslavia, marcó un punto de partida para la Unión Europea.
Para los norteamericanos, aún coauspiciantes de los nuevos occidentales de Europa en términos militares, dejaron en claro que los Balcanes deben ser reconstruidos principalmente por los europeos.
Aunque el comportamiento balcánico excluye ahora ese territorio de Europa central, ha ingresado en una zona de responsabilidad de la Unión Europea, y Kosovo parece ser el primer protectorado de largo plazo de la Unión Europea.
El aspecto étnico es otro motivo de la brecha entre los balcanes y el resto de la antigua franja comunista que se desplaza hacia occidente.
En esto, también, la Unión Europa ejerce su gravitación: los eventuales miembros, como Rumania y Eslovaquia, son más conscientes ahora de que deben tratar con más ecuanimidad a las minorías (húngaros y gitanos, en su caso), y así lo hacen.
Del mismo modo, los países bálticos esperanzados en ingresar en la Unión Europea han tenido que ser más tolerantes con sus poblaciones de origen ruso.
Pero para aquellos países en los que el aspecto étnico todavía se halla en un estado de combustión, las puertas de la Unión Europea permanecerán cerradas.
Por supuesto, a los rusos no les gusta nada de esto. No hablan de una Europa central, ya que saben que el término, desde 1945, resonó con hostilidad hacia Rusia.
Los rusos con mentalidad reformista hablan con entusiasmo de los "valores europeos". Pero el nuevo presidente de Rusia, Vladimir Putin, se muestra reacio a dejar que los países bálticos, Bielorrusia o Ucrania comiencen a desplazarse hacia una zona occidental o incluso polaca, y menos aún hacia la OTAN.
Consciente de que, a principios del siglo XX, Vilna, la capital de Lituania, Lvov (en el oeste de Ucrania) y (fugazmente) Minsk, la capital de Bielorrusia, estuvieron bajo bandera polaca, los nacionalistas rusos están especialmente crispados por el resurgimiento de Polonia.
Si Europa central es una especie de limbo, que lo dejen -piensan los rusos- como está.
Una de las razones por las que a los pequeños Estados de Europa central les agrada la idea de la Unión Europea es que los miembros de ese club gozan de un elemento de igualdad (principalmente, el derecho de veto en cuestiones importantes) que los países castigados de la región nunca tuvieron.
Otra de las razones es la nueva percepción de que la Unión Europea acaso se esté convirtiendo en un club en el cual la uniformidad es menos asfixiante.
Algunos miembros -advierten esos pequeños Estados- pertenecen y responden a una sola moneda; otros a una zona de libre frontera, y otros más, a un club de defensa experimentalmente en ciernes.
Si la Unión Europea se está volviendo más dispar, una especie de sistema múltiple (pero no -según esperan esos pequeños Estados- un club de dos categorías, una para miembros de primera clase y otra para los de segunda), podría ser que esos países encuentren que se les hace más fácil pertenecer allí.
Y si ocurre eso, el mapa de Europa central podría volverse aún más coincidentemente difuso.




