Educar en un nuevo paradigma

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20 de enero de 2020  • 21:35

De tanto en tanto, sucesos como el de Villa Gesell nos golpean: volvemos a encontrarnos frente a la más patética y dolorosa expresión de la condición humana. Como en El Señor de las Moscas, la clásica novela de William Golding, se expande el imperio de lo irracional y se instala la lógica del sinsentido cuando un adolescente muere a manos de otros. Expulsados de un local, fuera de un espacio normado y en la calle, bajo la ley de la selva, sobreviene la barbarie. Los victimarios son esos otros que, actuando de forma colectiva, cuasi tribal, envalentonados por la multitud, descontrolados por el alcohol y la marcha frenética de unas vacaciones sin límites, ponen fin a la vida ajena y truncan la propia.

Mucho se podrá argumentar sobre las posibles causas de estos hechos luctuosos, que no son novedosos, sino angustiantemente recurrentes. Sabemos que no opera una sola y que las enumeraciones distan de ser exhaustivas; de ahí que las redes se llenen de opiniones encontradas y que en todas haya algo de razón, aunque la verdad completa no se agote en ninguna de ellas. Lo cierto es que el debate es positivo y nos lleva a repensarnos como miembros de una sociedad en la que hechos aberrantes como este tienen lugar. El actual estado de situación reclama una toma de decisiones que desmonte paradigmas poderosamente enraizados, desterrando una cosmovisión machista de amplia instalación que favorece la imposición por la fuerza y la victimización del vulnerable. Porque los varones también la padecen, viéndose empujados a confirmar su masculinidad con la medida de su agresividad y su resistencia física. Tales condicionamientos culturales constituyen per se una amenaza latente.

Para contrarrestarlo, la educación sigue siendo la clave. Educar en la empatía, como elemento central de las relaciones interpersonales, se vuelve indispensable. Formar la capacidad de situarse en el lugar del otro para adoptar su perspectiva y comprender en profundidad sus motivaciones, experimentar sus emociones y padecer sus heridas en la propia piel. Algunos estudios reportan una disminución creciente de la disposición empática en los últimos años y la relacionan con la expansión de la comunicación mediada por dispositivos tecnológicos, contraponiendo esta tendencia con la interacción cara a cara, que se señala como factor nuclear en el desarrollo de la inteligencia emocional. En todos los casos, está claro que la vía sería generar una mayor sensibilidad acerca del sufrimiento de los demás, para abrir la puerta a una identificación mental y afectiva que desaliente la violencia.

Del mismo modo, la educación de la libertad cobra un sitio relevante y es aquí donde las familias adquieren protagonismo. Viktor Frankl, psiquiatra austríaco sobreviviente del Holocausto, liga estrechamente libertad y responsabilidad. Porque para ser plenamente libres se impone una práctica responsable en dos facetas: la apriorística, que nos lleva a pensar antes de actuar, para anticipar y valorar las posibles derivaciones de nuestras acciones, y la que se produce ex post, que nos demanda asumir con entereza las consecuencias de nuestro obrar.

Resignificar la educación, en todos los ámbitos y niveles, se presenta como una instancia necesaria y suficiente, pero, a decir de la experiencia, esquiva y difícilmente alcanzable. Empezar por lo micro, volviendo la mirada hacia el entorno familiar, suena entonces una opción razonable. Después de llorar a gritos la pérdida, de pasar por el cuerpo el dolor, de enterrar la vida y la inocencia -como en la isla en llamas de Golding-, solo nos queda dar el primer paso.

Familióloga, especialista en educación, directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

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