
El adornismo sin Adorni, una cultura del poder
La peripecia del exjefe de Gabinete describe un modo de estar en la función pública: no concibe la responsabilidad de gobierno como un sacrificio sino como un privilegio
A solo tres semanas de la renuncia de Manuel Adorni, un sector del Gobierno hace malabares para explicar la escapada recreativa del viceministro de Justicia al Mundial de Estados Unidos.
Es un hecho menor, si se quiere anecdótico, pero habilita una pregunta incómoda: ¿se fue Adorni pero sobrevive el adornismo?
Toda la peripecia del exjefe de Gabinete describe, más allá del caso concreto, una “cultura”, un modo de estar en la función pública y de entender el poder. No concibe la responsabilidad de gobierno como un sacrificio, sino como un privilegio. En los códigos del adornismo, el funcionario que hace un viaje oficial va a “deslomarse” por el país y tiene derecho, por lo tanto, a que el Estado le pague el viaje a su mujer en el avión presidencial. Se autopercibe como un hombre sacrificado que merece compensaciones. Esa idea del “deslomado” también habilita vuelos familiares en avión privado, estadías en hoteles de lujo y otros gustos difíciles de justificar con un sueldo de ministro.

En el caso del secretario de Justicia, cuatro meses de trabajo (asumió a mediados de marzo) ya parecen justificar unas buenas vacaciones. Juran que no hubo invitaciones de la AFA ni entradas de cortesía para el circuito vip, pero la foto en el estadio, en cualquier caso, instala preguntas y conjeturas. Después del caso Adorni, además, a las explicaciones oficiales les cabe el beneficio de la duda.
El adornismo, sin embargo, es más que eso: condensa los rasgos de la arrogancia y la avivada, característicos de un modelo cultural que desde hace décadas se ha enquistado en la política, pero que no se limita a ese solo ámbito. Remite a la idea de sacar ventaja, de aprovechar en beneficio propio cualquier posición de poder y de mentir, si fuera necesario, para eludir explicaciones o rendiciones de cuentas. Además, concibe la función pública como una especie de púlpito: implica pararse arriba de la loma, ver al otro como “apenas un periodista” o, lo que es lo mismo, “apenas un ciudadano”. Preguntar “quién sos vos” para pedir explicaciones y hasta exigir unas disculpas al que se atreva a decir una cosa que incomode al funcionario.
El caso del viceministro de Justicia es muy pequeño –al menos por ahora– comparado con la dimensión que alcanzó el del exjefe de Gabinete. Sin embargo, es oportuno reparar en los síntomas. El adornismo siempre empieza por cosas que parecen menores.
¿Qué son un departamento en Caballito y una cascada en el country frente a ese mecanismo diseñado para robarle al Estado?
En una cuestión de escalas, este cóctel de privilegio, avivada y arrogancia no alcanza, ni remotamente, la dimensión de la megacorrupción que practicó el kirchnerismo. Eso quedó retratado en otra foto de esta semana: la de Martín Insaurralde fumando un habano en Puerto Madero, sin ningún gesto de sobriedad ni de pudor frente a las sospechas escandalosas que lo involucran. Esa imagen también habla de una cultura en la que negocios y política exhiben una relación promiscua.
Frente al vestidor de Insaurralde, las condenas a Julio De Vido y “el sistema” que se condenó en Vialidad y se juzga ahora en la causa Cuadernos, todo parece empalidecer. ¿Qué son un departamento en Caballito y una cascada en el country frente a ese mecanismo diseñado para robarle al Estado? La pregunta es formulada con insistencia por sectores afines al oficialismo. Y es cierto que hay una diferencia de magnitud, aunque existen causas abiertas, como la de $LIBRA y la Andis, que todavía no han sido cuantificadas. También es cierto que el adornismo existe desde mucho antes que el señor Manuel Adorni; él solo ha tenido la virtud de simbolizarlo y representarlo muy bien.

Lo que está en discusión, sin embargo, no es una cuestión cuantitativa, sino una forma de concebir la función pública. Las magnitudes importan, por supuesto, pero las acciones también. Entre el yate en Marbella de Insaurralde y el jet privado a Punta del Este de Adorni hay una diferencia presupuestaria, pero una lógica similar.
Detrás de hechos o frases anecdóticas, subyace algo más de fondo. Cuando un funcionario que acaba de asumir un cargo de máxima responsabilidad decide irse de vacaciones al Mundial de fútbol está emitiendo un mensaje: las obligaciones de Estado pueden esperar; el placer no se puede postergar; las oportunidades personales no se desaprovechan. Está diciendo algo más: no me importa que los empleados del ministerio o que los propios ciudadanos me vean paseando por Miami o en la platea de Kansas City.
Todo empieza con esas ideas, siempre vinculadas al beneficio personal y alejadas, por cierto, de las nociones de austeridad, sacrificio y ejemplaridad.
La cuestión está en reconocer la delgada línea que separa el compromiso con la función pública del aprovechamiento de una posición de privilegio
¿Está mal que un funcionario se tome unos días de vacaciones? ¿Tiene que vivir como un monje y adherir al ascetismo? Por supuesto que no. La cuestión está en reconocer la delgada línea que separa el compromiso con la función pública del aprovechamiento de una posición de privilegio. Parece sutil, pero es crucial. Es la diferencia entre servir al Estado o servirse de él.
Hay un concepto que puede sonar paradójico, pero es fundamental: asumir una responsabilidad de jerarquía en un gobierno implica, antes que nada, una renuncia: se debe renunciar, mientras dure esa función, a la comodidad personal, a una cuota de privacidad y, fundamentalmente, a “hacer lo que yo quiero” para “hacer lo que yo debo”. Nadie está obligado a asumir un cargo público; si lo hace, debería saber que implica, como mínimo, una postergación de ciertos gustos y placeres personales.
Esa renuncia expresa exactamente lo contrario al adornismo, que concibe a la función pública como una oportunidad y un derecho para darse todos los gustos; como si el juramento implicara el acceso a un pasaporte vip.
Es el funcionario el que le debe explicaciones al ciudadano, y no al revés
Cuando el exjefe de Gabinete preguntaba “quién sos vos” para indagar sobre mi patrimonio, no era solo un gesto de arrogancia individual. Traducía una alteración de las reglas republicanas: es el funcionario el que le debe explicaciones al ciudadano, y no al revés. Esta noción básica de obligación es la que el adornismo desafía.
Hay un derecho ciudadano a reparar en los síntomas, en las fotos y en las actitudes que pueden parecer pequeñas, pero que muchas veces son reveladoras de algo más profundo. El vestidor y el yate de Insaurralde tienden a llevarse la marca, como ocurrió con los bolsos de López, pero nos olvidamos –por ejemplo– que hace un año el ministro de Gobierno bonaerense, Carlos Bianco, se negó a un control de alcoholemia mientras conducía un auto oficial que arrastraba 137 multas impagas por más de 22 millones de pesos. Y que obligó a un empleado de la empresa estatal que administra la autopista La Plata-Buenos Aires a llevarlo hasta su casa. Es otro de los tantos ejemplos de esa cultura que cree que el poder equivale a un privilegio y que la función pública ubica a quien la ejerce por encima de la ley. En esa lógica, exigirle a un empleado que ponga su tarjeta de crédito para compras del funcionario parece estar permitido. El ejercicio abusivo del poder no reconoce, como se ve, fronteras partidarias.
Sería muy penoso que la discusión pase por el tamaño de los vestidores y conformarnos con que uno sea más chico que otro
La crisis que atravesó el Gobierno por el crecimiento patrimonial del exjefe de Gabinete debería servir, al menos, para promover un debate sobre la ética en la función pública. Sería muy penoso que la discusión pase por el tamaño de los vestidores y conformarnos con que uno sea más chico que otro.
La política tiene pendiente una agenda moral en la Argentina. Es una agenda que debe recuperar el valor de la ejemplaridad y el sentido de la obligación, en la que los códigos del ventajismo y la avivada deberían ser desterrados y en la que los cargos públicos no deberían verse como poltronas de privilegio.
Hay actitudes que, más allá de su dimensión anecdótica, contradicen la narrativa de un gobierno que, supuestamente, venía a combatir las prerrogativas de “la casta”. Las fotos pueden ser arbitrarias, pero simbolizan, muchas veces, algo más que la estética del poder. Detrás de esa imagen de Insaurralde fumando un habano hay una escala de valores. Detrás de ese exjefe de Gabinete alardeando de haber ahorrado en negro y de haber ocultado su patrimonio, también.
Adorni finalmente se fue. Lo hizo abrazado por el Presidente, que llegó a vivarlo en el Congreso mientras mentía a cielo abierto: “Tengo todo declarado”. El desafío ahora es desterrar el adornismo, esa cultura multipartidaria que precede al propio Adorni, pero que también lo sobrevive.





