
El arte y la ciencia
Por Antonio M. Battro
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Nos resulta difícil integrar las artes con las ciencias en los programas educativos tradicionales donde las disciplinas están dispersas y fragmentadas pero en la vida cotidiana tenemos infinidad de modelos para superar esta división.
Los museos, por ejemplo, son una buena ocasión de encuentro entre la cultura artística y la científica. En muchos casos se han convertido en lugares de aprendizaje de extraordinario valor. Cada día se exigirá una mayor preparación para poder recorrer un museo con provecho. Es más, todos los grandes museos del mundo tienen sus páginas en Internet y algunos como el Hermitage de San Petersburgo, la Galería Nacional de Washington y el Museo de Arte Moderno, MOMA, de Nueva York se han convertido en la envidia de muchas instituciones de educación superior. Por su parte los museos de ciencia han aprendido a incorporar nuevos valores estéticos en sus colecciones. La reciente reforma del Museo de Historia Natural de París es una magnífica demostración de ello.
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Quien haya visitado el Museo Guggenheim de Nueva York en estos días, a pie o por Internet, habrá gozado de la admirable retrospectiva del artista coreano Nam June Paik.
Cientos de monitores incorporados a la gran rampa espiral del museo arrojan luz y dinamismo a un ambiente colmado de visitantes, entre plantas y flores. Paralelamente, en el otro extremo, en el Laboratorio de Medios del MIT, obra del gran arquitecto Pei, las computadoras más modernas están integradas en un entorno de jardines internos y de enormes salas con accesos en varios niveles. También el lugar que ha instalado el Hospital General de Massachusetts para el estudio de las imágenes cerebrales haría las delicias de un Leonardo da Vinci. Asistimos pues esperanzados a un nuevo renacimiento, donde las ciencias conversarán con las artes bajo el amparo de Dactilia, la bella y joven musa digital.
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Es indudable que las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones nos permiten la creación de nuevos espacios de aprendizaje y de trabajo de gran belleza. Pero advertimos que impera aún una concepción arquitectónica derivada de la era industrial en la mayoría de las instituciones educativas. Para la era digital, en cambio, debemos imaginar una escuela sin aulas donde todos dispondrán de computadoras portátiles conectadas a la red en forma inalámbrica. La movilidad que resultará de este acceso libre a la información y al diálogo obligará a replantear el diseño de los lugares de encuentro para aprender y enseñar. Todo un desafío pedagógico y arquitectónico.
Los interesados en comunicarse vía correo electrónico con el autor, pueden hacerlo a la siguiente dirección:
( aprenderhoy@lanacion.com.ar)





