
El ascenso del kirchnerismo cordobés
“Que no nos vengan a explicar qué hacer los ‘pituquitos’ de Recoleta”. Con esta frase, disparada el 23 de julio tras el triunfo de su fuerza política en las elecciones para la capital cordobesa, el gobernador electo de Córdoba, Martín Llaryora, logró notoriedad nacional.
Expresiones como esta, en el imaginario colectivo, nos retrotraen a algunas como la de los “piquetes de la abundancia”, propinada por la entonces presidente Cristina Kirchner en 2008, inmersa en una guerra contra el sector agropecuario.
Mientras esa gran parte del país que adhiere a ideas de la libertad y a la República añora con ansias la salida inexorable del poder de Cristina Kirchner, a quien no le quedó otra alternativa que apostar por Sergio Massa como su candidato, el kirchnerismo, en su expresión más pura, reagrupa sus fuerzas. Paradójicamente, lo hace desde las tierras en las cuales, por más de 20 años, mayor resistencia tuvo: la provincia de Córdoba.
De hecho, desde hacía muchos años que un gobernador de Córdoba no era noticia a nivel nacional. Esto se debe, en buena medida, a las características personales del todavía gobernador y candidato a presidente, Juan Schiaretti. Se trata de un contador cercano al exministro de economía Domingo Cavallo y al expresidente Mauricio Macri, quien ha hecho del aislacionismo y de la retórica moderada, un verdadero culto. De esta manera, los cuatro períodos que estuvo en la cúspide del poder de la segunda provincia más poblada del país, una como vice y tres como gobernador, pasaron casi inadvertidos para el gran público nacional. Pero algo cambió.
Martín Llaryora, quien gobernó dos veces la ciudad de San Francisco, fue vicegobernador de Schiaretti y gobierna desde 2019 la Ciudad de Córdoba, tanto por conductas como por discursos, porta un proyecto de poder, hacia adentro y hacia afuera de la provincia mediterránea, distinto al del gobernador saliente Schiaretti.
En primer lugar, al haber anunciado y comenzado la construcción de un sistema de partido único. “El partido cordobés”, no sería otra cosa que el afán de eliminar la competencia electoral, so pretexto de unir a los cordobeses detrás de una suerte de oda irreflexiva a la “gestión” y al “hacer”, aun sin especificar en qué dirección, frente a una serie de presuntos inservibles que hablan y denuncian, porque no saben gestionar ni hacer, como sólo saben ellos. Asimismo, esta cofradía de políticos, pertenecientes en los papeles a distintos partidos e ideologías, pero, en la práctica, que reportan ante un solo líder, tendría como principal objetivo disipar toda disidencia interna para “enfrentar” así, con mayor fuerza, al principal enemigo de los intereses de Córdoba, que serían los “pitucos de Recoleta”. Esta creencia, reñida con las más elementales nociones de una democracia, que además sea republicana y liberal, se encuentra en ascenso entre los cordobeses, de la mano de un demagogo. Lo que no está claro es si el gobernador electo se refería a los precandidatos a presidente de Juntos por el Cambio, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, aunque ellos vivan en Palermo y no en Recoleta, a los vecinos de clase media y alta, a las familias tradicionales de todo el país, aunque estén empobrecidas, o al gobierno de la Nación, sobre el cual: ¿quién podría negar, atento a la actual distribución de recursos entre la Nación y las provincias, que es federal según la Constitución pero unitario en la realidad?
Lo que sí está claro es que esta propuesta política, tendría, además, el objetivo de desviar la atención frente a los numerosas tramas de corrupción que se han descubierto y no han sido siquiera investigadas, a causa de la impunidad garantizada por un Fuero Anticorrupción, por decir lo menos, ineficaz, tras 24 años de gobierno ininterrumpidos del Partido Justicialista. Sin restarle responsabilidad a las veces en las cuales la oposición concurrió dividida a las urnas, siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. En efecto, no son pocos los casos en los cuales los regímenes autoritarios recargan combustible agitando el conflicto con un enemigo común exterior. Sin dudas, para uno de los máximos ejemplos a nivel mundial de fascismo, Hugo Chávez, resultó más cómodo y fácil culpar a los Estados Unidos de la sumisión y decadencia de Venezuela que a las nefastas consecuencias de la dictadura que montó para mantener el poder absoluto por décadas.
En este orden de ideas, es más fácil responsabilizar de la pobreza, que en el Gran Córdoba alcanza al 39,5% de la población, en las deudas que el gobierno federal tiene con Córdoba, que ocuparse de mejorar la calidad institucional de una provincia cuyo estado de derecho deja mucho que desear. Pues, ¿de cuánto sirve recuperar recursos para Córdoba, si estos van a terminar siendo administrados por funcionarios que no se someten a controles públicos, ni auditorías, por inexistencia de un Poder Judicial independiente y del sistema de frenos y contrapesos?
Para la construcción de poder desde una concepción populista, es necesaria la determinación precisa del enemigo del pueblo. Ese enemigo, que será sindicado como responsable de todos los males que aquejan a la sociedad, debe tener, a los fines del relato, apariencia, atributos identitarios, intereses, valores y creencias, contrarias a los del segmento social y político que se pretende representar. Así las cosas, montado sobre las pasiones más bajas del ser humano, como la envidia, el odio y el resentimiento, los habitantes del barrio de la Recoleta, o los patrones de estancia, que serían la minoría enemiga por ser ricos y poderosos egoístas de toda la vida, se vuelven blancos inmejorables.
Hay un cambio de era en Córdoba y en el país. Por un lado, la Argentina debe tomar nota de que en Córdoba se está gestando el nuevo huevo de la serpiente. Para lo cual, el gobernador electo ha comenzado a abandonar el aislacionismo auto-impuesto por José Manuel De la Sota primero y de Juan Schiaretti después, para así pasar a competir en la gran liga dentro del peronismo nacional, con los restantes dirigentes que queden en pie, tras una eventual derrota de Sergio Massa como el candidato oficial de Cristina Kirchner para las presidenciales de este año.
La creación de un multimedios propio, el gobierno con “súper-poderes”, mediante la delegación de facultades legislativas al Ejecutivo otorgado por la ordenanza 12.991 de 2019, la puesta en marcha de la creación de un partido único, la retórica demagógica contra los “pitucos” porteños, son sólo algunos de los signos de alerta que deberían ser tenidos en cuenta a tiempo.
Cuando pasen las elecciones de este año, el trono del kirchnerismo puede quedar vacante, pero mientras las necesidades, sentimientos y creencias que lo inspiran sigan teniendo demanda de representación entre los argentinos, sólo será por un tiempo fugaz, hasta encontrar en la oferta electoral un nuevo representante, aunque provenga incluso del lugar más impensado hasta el momento.
Legislador de Córdoba electo y miembro de la Junta Ejecutiva Nacional de la Coalición Cívica - ARI (Juntos por el Cambio)






