
El atraso educativo
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EN una información reciente publicada en nuestro diario se hizo referencia a la distancia que media entre nuestro sistema educativo y el de los países de alto desarrollo. Entre otros datos señalados, algunos son muy elocuentes, como los que se refieren al nivel de inversión del Estado, por alumno, por nivel y por año (12.644 pesos en nuestro país contra 115.220 dólares en los países industrializados), según un estudio realizado para la Unesco. También son desalentadores los porcentajes de contenidos mínimos aprobados por los alumnos al término de la escuela media y otros indicadores. De esto se desprende la conclusión acerca del "atraso comparativo" en que estamos.
Sin duda, esa estimación comporta un juicio condicionado en su significado ya que depende de las variables que se empleen para fundamentarlo; por ejemplo, financiamiento o eficiencia lograda y su confrontación con los indicadores de otros países. Se advierte, además, que pueden tenerse en cuenta aspectos cuantitativos de objetiva verificación o aspectos cualitativos más difusos y arduos de comparar.
Un tratamiento amplio del tema llevaría a examinar cuestiones tan densas como los diferentes papeles asumidos por el Estado, la familia y la sociedad civil, en distintos tiempos de nuestra sociedad o las correlaciones entre las gestiones de distintos gobiernos y sus logros educativos.
Con una aspiración más limitada se pueden señalar algunas de las razones por las cuales prevalece en la opinión pública la convicción de un estancamiento y aun de un retroceso de nuestro sistema educativo en la actualidad.
La decadencia no fincaría en la cobertura de la matrícula, que ha crecido mucho, ni en un retroceso de la alfabetización, que hoy es del 96%. Lo que constituye un signo de atraso es la merma de matriculación en las transiciones de nivel, los índices de repitientes, la deserción y la desigualdad de oportunidades educativas.
En el orden de la eficiencia didáctica implica estancamiento que no se desarrollen suficientemente las habilidades de los alumnos para aprender y resolver problemas, que no se promuevan el pensamiento crítico ni la integración de los conocimientos del pasado histórico o de la geografía argentina, ni tampoco se afirmen las actitudes para el esfuerzo productivo en los estudiantes.
No debemos detenernos en la cuestión opinable de cuándo comenzó la declinación de un sistema que fue orgullo de América. Lo importante es remontar la pendiente. Hay dos protagonistas fundamentales que necesitan asistencia. Por una parte, el alumno, que debe sentir el llamado de la escuela no sólo como obligación sino también como motivación. Por otra, el docente, que necesita recuperar reconocimiento, poseer el incentivo de un salario digno y un sistema eficiente de formación y perfeccionamiento permanente.
El retroceso persistirá si se abandona a los desertores del sistema y van quedando excluidos de las posibilidades de ascenso social; si se deja al semianalfabeto sin perspectivas de educación continua que lo actualice y le abra mejores oportunidades de trabajo. También es atraso desinteresarse de la producción de conocimientos.
Ninguna sociedad puede avanzar al desarrollo pleno si el campo de la investigación no se cultiva, no se apoya ni se alienta, sea por discontinuidades de la política sectorial, por no retener al investigador o por pobreza del financiamiento oficial y privado.
En todo hay responsabilidades del pasado y del presente. El futuro es una invitación a rectificar errores u omisiones y a no engañarse con el espejismo de que modernizar es cambiar el nombre de las cosas para decir lo mismo.





