
El calvario de Benedicto XVI
Guillermo Marco PARA LA NACION
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EL papa Benedicto XVI y el Vaticano están en el ojo del huracán después de que The New York Times publicara que cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal Joseph Ratzinger encubrió al sacerdote estadounidense Lawrence C. Murphy, acusado de abusar sexualmente de unos 200 menores entre 1950 y 1970 en una escuela para niños sordos del estado de Wisconsin.
El Vaticano y los medios de la Santa Sede desmintieron categóricamente esa información, denunciando una "innoble campaña" para golpear a cualquier costo al Papa, soslayando -por no decir ignorando- la firme posición que viene adoptando Benedicto XVI frente a esta aberrante problemática. Para apoyar -desde mi humilde opinión- la postura del Santo Padre y de la Santa Sede, me referiré a un caso puntual: el del padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo. Maciel erigió el Instituto Cumbres de la Ciudad de México, primera obra educativa de la congregación. A este colegio se fue añadiendo con el paso de los años una amplia red de colegios y universidades en varios países del mundo. El padre Maciel gozaba de la confianza de la Santa Sede. En noviembre de 1994, Maciel celebró sus bodas sacerdotales: 50 años al servicio de la Iglesia y de su congregación. Con motivo de ese aniversario, Juan Pablo II le envió una carta de felicitación. Insisto: era un sacerdote de inmenso prestigio, al punto de que no se habían tomado con suficiente seriedad las denuncias de algunos ex seminaristas de su comunidad por abusos en su contra. Sin embargo, por insistencia de Ratzinger, la Santa Sede inició en 2004 un proceso de investigación más profundo. Ya Papa, Benedicto XVI confirmó el 19 de mayo de 2006 que había ordenado al padre Maciel que se abstuviera de ejercer su ministerio públicamente y se recluyera en "una vida de oración y penitencia". Es decir: aceptó la veracidad de las denuncias y le prohibió el ejercicio del sacerdocio.
Aparte de la "tolerancia cero" que decretó el papa Juan Pablo II a comienzos de este siglo, cuando se conocieron las numerosas denuncias de abusos cometidos por sacerdotes en los Estados Unidos, la decisión de Benedicto XVI ante el caso del fundador de los Legionarios constituyó la primera decisión relevante referida a denuncias por abusos sexuales que involucraban a una figura prominente de la Iglesia. En otras palabras: al actual Papa no le tembló la mano a la hora de enfrentarse con la verdad.
La comunidad de los Legionarios de Cristo no terminó de digerir la penosísima verdad hasta hace unos días, cuando a través de un comunicado reconocieron que su fundador, el mexicano Marcial Maciel, abusó sexualmente de seminaristas, tuvo una hija con una mujer y otros dos con otra, por lo que pidieron perdón a "todos los que fueron perjudicados, heridos o escandalizados por su reprobable actuación".
Fue este papa quien decidió, más allá del costo en la imagen de la Iglesia, sacar este tema nefasto a la luz, con la clara intención de evitar los silencios cómplices. Creo que hay un riesgo que está dispuesto a correr: que al hablar y enfrentar el tema le pregunten por qué lo hace ahora y por qué no lo hizo antes. La respuesta es simple: antes no era Papa.
En el credo, nosotros recitamos: "Creo en la Santa Iglesia Católica". Muchos dudan hoy de esa santidad, a causa de que algunos de sus miembros resultaron ser lobos disfrazados de corderos. La Iglesia es santa por su fundador, que es Cristo. A lo largo de los siglos han subsistido el trigo y la cizaña, que crecerán juntos hasta el día del juicio final. Ella está constituida por pecadores, hombres y mujeres como los demás que, siendo conscientes de la pobreza de sus límites, confían en la gracia de Dios, para intentar ser mejores personas. El mal siempre oscurece y empaña. Esta Pascua que estamos viviendo es particularmente dolorosa. Religiosos que en vez de ser ejemplo de vida han sido motivo de escándalo para otros. Pecados que golpean el rostro de Cristo y laceran su cuerpo, que es la Iglesia. Una Iglesia que fracasó a la hora de detectar a tiempo y corregir en forma oportuna un daño tan escandaloso, pero que quiere -de la mano de su Pastor- asumir este fracaso, para no volverlo a repetir.
El aparente fracaso de la cruz, cargada sobre los hombros de Cristo, se vuelve redentor si somos capaces de abrirnos a su misericordia. Una vez más en esta Pascua Jesús le dice a Pedro "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16-18) Y esto hay que creerlo, aunque hayamos descubierto el infierno aquí dentro.
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