Reseña: Obras, de Édouard Levé

El catálogo imposible de un futuro poeta maldito
Débora Vázquez
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18 de noviembre de 2018  

Son pocas las personas a las que la palabra "artista" no las convierte en payasos. A la mayoría le queda grande, casi como un disfraz. El Renacimiento y las vanguardias del primer tercio del siglo veinte tuvieron excepciones notables. Después pasó el tiempo y un primero de enero de 1965 nació en París Édouard Levé. Los obituarios lo recuerdan como fotógrafo, escritor y suicida; y posiblemente él, tan afecto a la síntesis, hubiera estado de acuerdo. Pero basta con leer su primer libro, Obras, para comprender que los tres sustantivos le quedan cortos.

Compulsivo e instintivamente conceptual, Levé fue capaz de imaginar 533 obras que van de la pintura a la performance, pasando por la fotografía, la música, la escritura, la escultura y la videoinstalación, y las publicó, numeradas, en formato de libro. Pasar de un proyecto a otro, sin montaje ni correlato, obliga al lector a una gimnasia mental que parecería diseñada para ahuyentar el Alzheimer.

Contra todo prejuicio, a Obras no le sobran páginas. Cada idea, además de concisa, es válida y genuina. Y es lógico que así sea porque contó con un editor de lujo, Paul Otchakovsky-Laurens, muerto a principios de este año y famoso por haber publicado a Georges Perec, otro enumerador serial ineditable y uno de los escritores preferidos de Levé, junto con Raymond Roussel.

Al igual que en esa hipnótica confesión de autómata que es su autobiografía ( Autorretrato), Levé emplea en Obras un estilo seco, casi forense. Una escritura blanca, por no decir apática, en la que la sobriedad es tan sostenida que por momentos se confunde con el humor.

El mundo del arte es impredecible y a veces se asombra por demás ante un puro efecto de márketing como fue la autodestrucción de la última pintura de Bansky, tras ser vendida en una subasta. Sin tanto revuelo, Levé había imaginado varios años antes un montón de obras prontas a desinflarse, derretirse, erosionarse o pulverizarse en tiempo record: "139. Se prende fuego un andamiaje hecho de fósforos."

Otras obsesiones recurrentes en Obras son las cartografías, las metamorfosis, lo inconcluso, impuro o intervenido, las percepciones alteradas ("282. Se realizan dibujos bajo el efecto de una migraña oftálmica, que oculta al dibujante el centro de lo que ve"), la incitación al error ("30. Se construye una casa sin usar un metro"), la desincronización, la disociación ("510. Se compone una pieza para piano en la que la mano izquierda debe tocar una partitura de Debussy y la derecha una de Bach"), el inexorable paso del tiempo ("37. Se corta al medio una foto de la cara de un hombre, en sentido vertical. Una mitad se pone al resguardo de la luz. La otra se pega con cinta adhesiva a la pared exterior del lugar donde vive, exponiéndola sin protección al sol y la intemperie. Un año después, se reconstituye la fotografía juntando las dos partes.")

A Levé nada de lo humano le era ajeno. Lo surreal y lo real le interesaban de igual modo. Era consciente, por ejemplo, de los ardides del mercado del arte (la creación de un juego de mesa llamado Artopoly es elocuente) pero no tenía vocación de denuncia. Su energía estaba puesta en otro lugar. Le gustaba exhibir más que acusar, dejar al descubierto los estereotipos, como en su famosa serie de fotos Pornographie -uno de los pocos proyectos que fue llevado a cabo- en la que se recrean fotografías tomadas de revistas pornográficas con modelos vestidos de rostros impasibles.

Cuenta Levé que el día de la firma del contrato de Obras, Otchakovsky-Laurens no sabía bien qué género adjudicarle al libro. Al escritor esta anécdota le resultaba graciosa: "¡Cómo podía ser que fuera incatalogable un libro que era un catálogo!". Finalmente entre los dos concluyeron que se trataba de "poesía" y la decisión fue acertada. No solo porque "la poesía es el género que lo acepta todo", como justificaba el futuro autor de Suicidio, sino porque la poesía es también un lugar de excesos y, aunque aún no lo supiera, Levé ya estaba destinado a convertirse en un poeta maldito.

Obras

Por Édouard Levé

Eterna Cadencia. Trad.: Matías Battistón148 págs./ $390

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