
El caudillismo todavía atrasa
Pedro Siwak Para LA NACION
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EL caudillismo nació en la Argentina y también en el resto de América latina algún tiempo después de haberse proclamado la independencia, como una respuesta al vacío de poder producido por esos años. Los caudillos se caracterizaban por provenir de la clase alta -por lo general, eran estancieros- y conformaron un ejército propio y poderoso. Defendieron las fronteras, participaron en las luchas por la independencia, desafiaron los desbordes del debilitado poder central y contaron con el respaldo de los sectores populares de sus provincias.
En su momento, fueron los defensores de las ideas federales, que se contraponían a las concepciones de los porteños. Desde Buenos Aires, éstos favorecían la política de producir materias primas y comprar productos importados, muchas veces elaborados con nuestras exportaciones. Los caudillos decidieron, entonces, ejercer un poder autónomo, para limitar las políticas del gobierno central.
El problema es que el caudillismo se instauró hace ya doscientos años, pero continúa todavía vigente.
Howard J. Wiarda y Michael Kryzanek, dos investigadores de los Estados Unidos especializados en temas latinoamericanos, al realizar, años atrás, una investigación sobre la política en la República Dominicana, describieron las características comunes de los caudillos.
Sostuvieron que los caudillos tienden a permanecer en su puesto por un período extenso (continuismo), desprecian el orden legal y minan, dominan, domestican o cancelan las instituciones de la democracia liberal. Construyen, así, las condiciones necesarias para su perpetuación en el poder.
Casi ningún caudillo permanece poco tiempo en su puesto, y su salida siempre es forzada.
Por gobernar de una manera autocrática, suprimen la oposición, crean partidos y movimientos oficiales y favorecen la formación de partidos únicos o de movimientos que los respaldan y que se proyectan hacia el futuro.
Desarrollan políticas públicas que les permiten enriquecerse, tanto a ellos como a su clientela y a los que pertenecen al círculo de íntimos y favoritos que los rodean. Entre el pueblo reparten de manera discrecional los recursos de que disponen. Normalmente dirigen su ayuda a sectores determinados, y la cobran en obediencia.
Los caudillos tienden a ver poca diferencia entre el dominio público y el privado; ellos operan dentro de una concepción patrimonialista y con frecuencia usan su puesto y el aparato del gobierno para su ganancia personal. Esta situación propicia que algunos caudillos hayan llegado a amasar fortunas considerables.
El resultado a mediano y largo plazo es la descapitalización del país, el disparo de la inflación y cuentas difíciles de pagar a los acreedores externos e internos.
Ignacio Walker, ex ministro de Relaciones Exteriores de Chile, señaló que a lo largo del último siglo, la historia de América latina expresa la búsqueda, más o menos exitosa, de respuestas o alternativas a la crisis oligárquica, con una marcada dificultad por sustituir el orden oligárquico por un orden democrático.
"En esa búsqueda, puede decirse que la respuesta más característica de nuestra región a la crisis oligárquica y a los devaneos históricos posteriores, de oleadas de democratización y autoritarismo, ha sido el populismo. Esta es la única creación verdaderamente latinoamericana. El liberalismo ha sido más bien marginal, más propio de las elites que de los pueblos, y ha ido más de la mano del autoritarismo que de la democracia", afirma.
El político chileno Patricio Navia dice que los países donde existen formaciones partidarias estables y fuertes tienen menos riesgos de experimentar fenómenos populistas. Dicho de otro modo: las experiencias populistas en esos países sólo aparecen asociadas al debilitamiento de los partidos políticos.
"Así, la existencia de verdaderos partidos políticos es una condición necesaria, aunque no suficiente, para evitar la irrupción del populismo."
Cualquier coincidencia con la vida real es pura casualidad.
Pero el asombro surge naturalmente cuando se comprueba, al recordar nuestros doscientos años de historia, que el proceso político ha sido lo suficientemente exiguo como para que el caudillismo siga vigente en la Argentina, mientras que países como Uruguay, Chile y Brasil están dictándonos cátedra de civismo, sin que por aquí se vislumbren estadistas.
Pero quizás el mayor problema es que quienes gobiernan las provincias utilizan el poder para convertirse, prácticamente, en estancieros. Muchas de nuestras provincias son verdaderos feudos, es decir, territorios en los que la oposición, la Justicia y los medios están sujetos al poder. Este estilo de gobierno está enquistado en la mayoría de las provincias argentinas, lo cual no nos permite abrigar optimismo como para que la Argentina pretenda iniciar su crecimiento como país. Crecimiento no sólo económico, sino, fundamentalmente, institucional.
Afirman que los grandes cambios se producen desde la raíz o, como diría Alfredo Zitarrosa, desde el pie. Han transcurrido doscientos años. Busquemos en otros terrenos signos positivos que nos permitan celebrar con alegría nuestro Bicentenario. © LA NACION






