
El cerebro testarudo
Tras las elecciones, disentimos en torno de un sinnúmero de problemas, pero hay algo en lo que coincidimos: no podemos explicarnos las razones que llevan a tantos a elegir el candidato que no nos gusta a nosotros.
Semejante incredulidad seguramente surge de la creencia (errónea) de que nuestras decisiones electorales resultan de una operación racional, algo así como un cálculo en el que sumamos lo que consideramos positivo de un postulante y le restamos lo que opinamos que es negativo, y luego lo comparamos con el resto para ver cuál obtiene mejor puntaje. Pero esto dista mucho de lo que ocurre en la vida real. Lo saben desde hace tiempo los psicólogos y lo sugieren decenas de estudios neurocientíficos. Algunos, por ejemplo, indican que el cerebro evalúa en milisegundos y en forma inconsciente las ideas de un candidato, y extrae una constelación de datos importantes... de su cara. Esa primera impresión deja una huella que influye en nuestras decisiones y es por demás resistente al cambio.
En su último libro, Neurociencia para (nunca) cambiar de opinión (Ediciones B, 2019), Pedro Bekinschtein explora precisamente la biología de nuestras ideas políticas, en qué medida nuestros comportamientos se relacionan con nuestras experiencias, nuestros genes y nuestros circuitos cerebrales, cómo nuestras expectactivas influyen en nuestras percepciones, nuestras experiencias en nuestras preferencias, y nuestra historia en la manera en que vemos el mundo.
Una de las partes más interesantes es la que se refiere a cómo pasamos por el cedazo de nuestros prejuicios la nueva información que recibimos y en qué medida esta puede (o no) hacernos cambiar de opinión.
Buscando una respuesta a por qué es tan difícil adoptar otro punto de vista a pesar de tener información negativa, Bekinschtein recurre al ejemplo de lo que ocurre en el sistema científico.
Para un investigador, explica, es más fácil aceptar evidencia que apoya una hipótesis con la que coincide que otra que la refuta. "De hecho -afirma-, somos más estrictos al analizar la que está en contra que la que está a favor. A este mecanismo por el que analizamos de forma diferente la información que es incongruente de la que es congruente con nuestras ideas lo llamamos 'escepticismo motivado'. Digamos que se trata de un escepticismo del malo: dudamos cuando nos conviene dudar, no en todos los casos".
Lo mismo ocurre entre los legos, pero con el agravante de que no nos sometemos a exigencias que imperan en el mundo de la ciencia, como la revisión por pares o la replicación por otros equipos de los mismos experimentos. De acuerdo con lo que se conoce como "sesgo de no confirmación", todos somos más escépticos con los argumentos que van en contra de nuestra posición que con los que nos dan la razón. O sea, "nuestro escepticismo no es nada ecuánime y tenemos una doble vara en la cabeza que nos impide ser objetivos, a pesar de que lo intentemos -explica-. [...] Insistir en la objetividad es negar la manera de funcionar de nuestra mente".
Un hecho sorprendente que mostraron los estudios es que si se agregaba más información y se comparaban las actitudes antes y después de ver los argumentos a favor y en contra, la polarización aumentaba. En los que ya tenían creencias a favor crecía su actitud positiva, mientras que en los que tenían una actitud contraria, esta se hacía aún más negativa. "En cuanto se forma una creencia, es muy difícil que luego no influya sobre la manera en la que procesamos la información nueva -afirma Bekinschtein-. Cuando las personas se enfrentan con evidencias o información que no coincide con sus creencias, en vez de actualizarlas, fortalecen las viejas ideas".
Como observa el neurocientífico: "La objetividad no existe, pero, irónicamente, al aceptar esto nos hacemos más objetivos".






